jueves, 10 de noviembre de 2022

LA UNICA MANERA

 


 

Cuando Rodrigo llegó a su departamento todavía estaba muy confundido por la conversación que había tenido con Paulina. Él ya había terminado relaciones antes y reconocía el miedo cuando lo veía. Él tampoco había querido ser feliz, o mejor dicho, se había creído incapaz de serlo. En el pasado hubiera sentido alivio al escuchar a Paulina, pero hoy, en cambio,  sintió el ardor de un cachetazo.  Después de escuchar sus palabras fue capaz de ver lo que antes le había sido ocultado: la herida en carne viva, el dolor y el miedo. Vio la máscara de autosuficiencia estallar en mil pedazos. Vio necesidad. Vio esperanza.  Algo en esa mirada desesperada lo conmovió profundamente y lo hizo desear conocer más de ella. Paulina le estaba dando la espalda a la posibilidad de ser feliz. Y esa negativa fue la prueba de que ella también estaba rota. Y también necesitaba tiempo para juntar sus pedazos. Y supo, que por algo se habían encontrado, el todavía estaba juntando los suyos.  

La negativa de Paulina lo enmudeció. Asintió a su afirmación, y se fue sumido en sus pensamientos y recuerdos que durante el último tiempo habían permanecido dormidos. Su propia felicidad siempre había sido un oxímoron. y sentarse a ver su corazón estallar en mil pedazos, el final necesario de una historia que había nacido como tragedia.

Rodrigo había visto como su mamá soportaba gritos y golpes de su padre por cualquier motivo.  Su mamá, una mujer amorosa y débil no había sabido protegerse, y él había tenido mucho miedo del monstruo a quien debía llamar padre. Hasta que un día el monstruo la mató y su miedo se convirtió en una culpa voraz. La culpa por no haberla defendido. La culpa por no haber estado. La culpa incluso por haber nacido. Quince años tenía cuando la mató. Quince años recién cumplidos, corta edad para haber conocido el horror. Corta edad para volverse hombre. 15  no tan tiernos años tenía cuando decidió volver de hierro el corazón de lo mucho que dolía estar vivo. Los recuerdos de esos días no los llevaba en la memoria, sino en el alma. Se le habían hecho carne. Lo definían. Lo habían moldeado como un ser lleno de miedo, rencor y dolor.

Con retorcido placer recordaba cada noche el momento en que encontró a su mamá agonizante. sus ojos vidriosos, la sangre en el piso, y sus ultimas palabras: te amo bebe.

Y como un bebé abandonado cada noche se abrazaba a sí mismo, dejaba caer una lagrima silenciosa y se daba el gusto de extrañarla. Y cada noche, luego de secar la lágrima juraba vengar su muerte.  Y  con este ritual diario había encontrado una insana satisfacción en la que se compadecía de sí mismo a la vez que encontraba el sentido de su vida en el sufrimiento y en la venganza.

Sin embargo, para los poco despiertos ojos de los estándares sociales, Rodrigo era una joya exótica. Su belleza única heredada de su madre le otorgó siempre compañía femenina. El amor no era una exigencia en sus relaciones, y ciertamente la sociedad no le exigía que lo sintiera. Había terminado la carrera de abogacía con medalla de honor. La facultad no había preguntado la razón de su elección a ella le daba igual si tenía sed de justicia o de venganza. El estudió con esmero cada ley para asegurarse de que su padre quedara preso para siempre. y tras su graduación accedió a un lugar en un prestigioso estudio de abogados.  De manera que al hombre bello y estudiante capaz se le sumó el profesional exitoso, y aquel niño roto era ignorado por todos.

Cuando  finalmente consiguió la cadena perpetua para su padre, quince años después del asesinato, Rodrigo, en vez de festejar se deprimió. El motivo de su vida entera había terminado. Y los recuerdos que lo atosigaban hacía años empezaban a espaciarse. Sin embargo, esos espacios que debían ser oxigenantes los vivía con culpa, sentía que traicionaba la memoria de su mamá.

Se sentía deprimido por el vacío de sentido y para nada dispuesto a llenar ese espacio con algo nuevo. Pero muy a pesar suyo, algo dentro empezaba a ceder. Ya no acudían persistentemente  los recuerdos de su madre agonizante, sino otros más felices, de su infancia, donde el era el protagonista. Recuerdos de juegos, sabores y canciones se hacían cada vez mas frecuentes.  El amor de sus abuelos, los juegos con sus primos. Las cosquillas que le hacía el pasto cuando se acostaba en soledad a ver el cielo y encontrarles forma a las nubes. y la sonrisa de su mamá siempre acompañada con palabras de amor. Rodrigo había intentado resistirse, pero finalmente el hielo empezaba a derretirse, y no tuvo más opción que reconocer que había mucho mas en él que muerte. Y empezaba a desear conocer qué.

Un día entre la correspondencia típica de cuentas y facturas a pagar, llegó una invitación del municipio para adherirse a un programa de padrinazgo que consistía fundamentalmente en donar dinero para solventar los gastos de educación y ropa de algún niño al azar del hogar municipal, con la posibilidad de conocerlo y llevarlo a pasear o a hacer alguna actividad. Leía la propuesta sin demasiado interés hasta que sus ojos se posaron en la foto de la niña que ilustraba el folleto, en la foto la niña no sonreía. Miraba a la cámara con desgano, y esos ojos sin brillo lo sacudieron. La misma mirada que el mismo había dejado de ver en el espejo hacía poco tiempo. Rodrigo sintió como el hierro que quedaba en el corazón se fundió,  y supo que ese folleto y esa niña lo estaban llamando a él. Y tuvo la lucidez de responder. Y ese acto irracional pero brillante fue la curva de 180 grados que redireccionó su existencia toda.

Cuando Rodrigo llegó al hogar vio a dos personas. Javier y Paulina.  Paulina, la médica pediatra del lugar estaba haciendo reír a Javier y rodrigo vio como esa risa transformaba enteramente el rostro del niño. La sombra de su mirada aparecía cada vez que se iba la risa. Y Rodrigo interrumpió la escena para participar de ese momento mágico en el que la risa borraba el horror.

Y con muchísima alegría recibió luego la noticia de que Javier era el niño que le habían asignado para apadrinar.

Y se dejó conmover. Y dejó a Javier entrar en su vida. Y fue dándose cuenta de que cuanto más el intentaba ayudar a Javier más juntos estaban los pedazos de su alma. Empezó a sentir que su corazón ya no temblaba con la autocompasión, sino que buscaba maneras de mejorar la vida de Javier. Y con el paso de los meses también se enamoró de esa medica altruista y entregada con el poder de sanar con sus manos y con su ternura. Porque el la había visto en acción. Y, testigo del poder de su  amor en otros empezó a desearlo para sí mismo. Y con un poco de paciencia y bastante miedo consiguió que Paulina accediera a salir con él.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Y ahora todo había acabado.

Pum.

La burbuja mágica había explotado.

Rodrigo sintió la tentación de volver a aquel lugar cómodo y calentito que lo había acompañado tantos años. Casi  da inicio a aquel ritual doliente en el que se autoconvencía de que no había nacido para el amor. Pero mientras hacía el esfuerzo para sufrir por Paulina, lo que acudía a su mente era la ilusionada carita de Javier.

La cara tímida y apática de Javier cuando lo conoció, a los 9 años, triste, huraño, solo. Lleno de miedo. Casi no hablaba. Y la necesidad inmediata que sintió Rodrigo de protegerlo. Ese niño de expresión atormentada que le hizo olvidar su propio tormento. Y luego, como en una secuencia fotográfica, encontró sus ojos negros, brillantes, llenos de alegría, cuando le creyeron a Rodrigo  que  había llegado para quedarse. El rostro de Javier cambio para siempre cuando el recelo dio paso a la confianza, y Rodrigo se prometió ser digno de ella.

Ese día Rodrigo eligió a Javier sobre su dolor. El futuro sobre sobre su pasado. El amor sobre el dolor. El perdón sobre el rencor. La resiliencia sobre la autocompasión.

Ese día empezó a elegir a Javier como su familia.

Había iniciado los papeles de adopción de Javier y le iba a decir a Paulina que le iba a dar el tiempo que necesitara,  pero que el tiempo sólo no cierra las heridas.

Solo el amor lo haría. Y que contaba con el suyo.

PARÍS CON AGUACERO

 


“Bueno ya es la hora”-  Vanina se levantó y con deliberada lentitud empezó la rutina de dejar la casa. Apagar las luces, ponerle comida al gato, buscar las llaves, etc. La verdad es que no tenía ganas de juntarse con las chicas. Más le apetecía quedarse viendo una serie comiendo en gesto de autocompasión. Pero las chicas le habían insistido, y en el fondo ella sabía que a pesar de sus pocas ganas siempre le resultaba un poco reparador y otro poco alentador verlas. Así que con parsimonia empezó a caminar hacia la parada de colectivo.

Cuando pasó por el kiosco de la esquina escuchó el nuevo hit de Shakira “No fue culpa tuya, ni tampoco mía, fue culpa de la monotonía” y se le escapó una lágrima. “Que ingenuidad la de creer que la monotonía no es culpa de ninguno. Para el caso que le eche la culpa también a la rutina, si se anima a tanto”. Uff, me puse filosófica”- intentó burlarse de sí misma y seguir adelante. Pero se quedo un ratito escuchando la canción. “es un adiós necesario, lo que un día fue increíble se volvió rutinario”. “Bueno”, dijo, “al final le echó la culpa a la rutina” Se río sin risa. “Siempre tengo razón”. Pero no me sirve de nada tenerla.

Siguió caminando con la canción pegadiza resonándole en la cabeza, “Ojala ellos hubieran tenido un poco de rutina. Estaba convencida de que lo que había destruido el amor o, mejor dicho, lo que no había dejado que ese amor apasionado germinara fue justamente ello. Gastón trabajaba de noche, ella de día. No había rutina. Más bien momentos. Todos momentos apasionados. Porque así era ella, intensa. Se reía con intensidad, y lloraba con intensidad. Y por supuesto, amaba con intensidad. Gastón era igual. Eso lo había enamorado de él. Amaba la vida, Buscaba nuevas experiencias siempre, nunca repetía restaurante, nunca se aburría. Su trabajo de actor era vertiginoso y muy poco estable. Y esa falta de estabilidad le daba a el desafío y la adrenalina que necesitaba para seguir. El amor entre ellos nunca había germinado, pero qué bueno que había estado ese “no” amor pensaba Vanina mientras caminaba.

Gastón la había dejado hacía dos días, en respuesta a la demanda de ella de dar el paso. Tenía 27 años, habían estado juntos  cinco, ella ya había terminado la facultad y estaba trabajando muy bien en una empresa multinacional, había surgido la posibilidad de un trabajo en Madrid, y ella estaba muy entusiasmada con aceptarlo. Pero Gastón no compartió su entusiasmo y no la quiso acompañar. Y al día siguiente la dejó, y mientras lo hizo repitió las frases del himno que había sido de ellos: “Yo no quiero cargar con tus maletas,  yo no quiero que elijas mi champú”. Vanina todavía no había contestado la propuesta, tenía el corazón roto, no estaba para tomar esa decisión ahora, ni siquiera estaba para ver a las chicas. “Yo no quiero, Paris con aguacero, ni Venecia sin ti” repetía su traicionera mente. Qué ironía, a Shakira la mató la monotonía y a nosotros el terror que Gastón le tiene.

Llegó a lo de Flavia con todas las lagrimas contenidas detrás de la retina. Ella sabía que un mínimo comentario de cualquier índole iba a dar vida a las Cataratas del Iguazú. Esa era una de las razones por las que no quería ir, mucho más fácil quedarse en casa riéndose con una serie noventosa. Pero ya estaba acá. Toco el timbre y forzó una sonrisa cuando Flavia apareció.

Luciana, la soltera del grupo, ya había llegado. Luciana era mucho más que la soltera, era el alma del grupo. La más atenta, servicial, compañera. La mejor amiga de muchas. Era sincera e inteligente. Si ella fuera hombre o lesbiana no dudaría en estar con ella. Pero hacía bastante que Luciana elegía engancharse con imposibles y definirse a sí misma como la solterona. Luciana le tenía miedo al amor en el fondo había elegido quedarse sola y pretender una relación transatlántica que había nacido para fracasar. Porque pese a lo que Gastón deseaba, el amor estaba hecho de la rutina. De la convivencia. El amor se parecía más a una caminata por el Botánico que un salto en paracaídas. De pasos pequeños pero firmes estaba hecho. De la vida en común, de elecciones parecidas, de compartir proyectos, de acompañarse en los sueños. El amor debía “juntar para mañana y besar la cicatriz”. Y ese era el miedo que tenía Luciana. Y evidentemente el miedo que tenía Gastón.  Con todo su esfuerzo contuvo las lágrimas al verla.

De haber escuchado sus pensamientos, Luciana habría llorado con ella, pero como no lo hizo, sonrió y le dio un abrazo.

Valeria, que estaba ayudando a Flavia en la cocina,  trajo unas cervezas y una picadita y les contó que también se había separado. Que se había enamorado de un compañero de trabajo, y con una ligereza casi obscena había cambiado de modelo. Pablo era el hombre perfecto, buen mozo, respetoso, trabajador, deportista, sano, gracioso, inteligente. Y encima de todo la adoraba a Valeria, la acompañaba en todo, la admiraba, la estimulaba, y Valeria, de una manera absurda lo había dejado. Vanina se enojó con ella, un poco en defensa de Pablo y otro poco en defensa de sí misma. ¿Acaso las personas buenas, leales, fieles merecen ser castigadas por ello? Que buscaba Valeria? ¿Adrenalina igual que Gastón? “Tal para cual pensó con enojo”. Valeria con mucha sencillez le explicaba que el amor había pasado, que no se sentía igual. Y a Vanina le bullía la sangre. Y las lagrimas y el dolor que venía reprimiendo salieron sin filtro.

Vanina la increpó a Valeria, pero en el fondo ella sabía que su interlocutor real era Gastón. Le exigió explicaciones. le dijo que se merecía un hombre infiel o mezquino, para darse cuenta de lo que había dejado ir. Y Valeria, que entendía de donde venía el reclamo, pero a la vez tenía sangre que corría por sus venas, le contestó:

-        “Yo tuve el coraje de hacer lo que vos no. 5 años al lado de un tipo que no te podía dar ni un buenas noches. Yo me voy del lugar que no me hace feliz, vos te quedás. Me alegro que Gastón te haya dejado. Tenes una nueva oportunidad de construir la vida que soñas y no tenés por qué conformarte con menos, ni yo”

 

-        ¿Estás segura, Vale, que la que tomó la decisión fuiste vos y no tu terror al compromiso? ¿Estás segura de que lo dejaste porque no lo amabas y no tiene nada que ver la historia de tus viejos?

 

Valeria se levantó a buscar las empanadas, como excusa para acomodar sus ideas, y Vanina siguió diciendo:

-        Amar a alguien no debe ser siempre divertido. Como no es divertido cambiar pañales de un bebé o estudiar matemática si queres ser arquitecta.  Lo aburrido es parte, coloca cimientos, y también tiene su magia. 

-        Que bueno que lo tengas tan claro. La ultima vez que vi tenías un novio que no te conoció sin maquillaje. - le espetó Valeria.

 

Y fue la gota que rebalso el vaso. Y Vanina explotó. Y explotaron sus lágrimas. Y empezó a decir de manera incoherente que sus ideas sobre el amor evidentemente eran solo ideas. Que soñaba con un amor aburrido, lleno de pequeñas cosas cotidianas. Quería alguien con quien tomar un café todas las mañanas, y que todas las noches le pregunte como había sido su día. No tenía más ganas de salidas extravagantes, restaurantes de autor o fiestas con after. Quería solamente Ir al río a tomar mate y sentarse en piso. Y reírse de alguna pavada, y rememorar algún momento.  Quería un amor expansivo y no mezquino. Un amor que busque darse y crecer en vez de resguardarse. Quería alguien que confiara en ella lo suficiente para mostrarle sus heridas. Y ella sí quería que le besen las suyas. Estaba harta de ser una femme fatal siempre espléndida.

Mientras lloraba y se dejaba abrazar por sus amigas, buscó con la mirada a Valeria y le agradeció por la sinceridad. Ella tenía razón. Algo estaba mal en ella que deseando algo, buscaba lo contrario.

Y después de una noche intensa, de risas, llantos, abrazos, peleas y pedidos de perdón. Donde comieron y bebieron a gusto, Vanina volvió a su casa con la panza y el alma más llenas. Con la cabeza despejada, con decisiones tomadas, y con la certeza de que le faltaba el amor con el que soñaba, pero el amor que ya tenía, por ahora debía ser suficiente. Y lo era.

 

miércoles, 9 de noviembre de 2022

LA FISURA






La muerte

Estaba suspendida, petrificada, dura, pasiva, helada. Respiraba, pero no vivía. Era testigo silencioso de lo que Martín hacía. Su quietud era su ruina. Victima. Sabía que él podía matarla, sabía que lo haría. Sabía que ya lo había hecho. No una, sino cien veces.

Hacía años que había cedido al miedo.  Le había ido cediendo terreno, al principio despacito, sintiéndose halagada por las muestras de posesividad que había camuflado en cariño.  Necesitó inventarse ese afecto después de haber sido invisible toda su vida. Sentía orgullo de sí misma y satisfacción plena cada vez que la celaba. Había contribuido gustosa a construir el cerco, que devino en muro, que los separaba a ella y él del resto del mundo.

Poco a poco los reclamos que habían parecido amorosos y ardientes fueron mutando a violentos y pasionales, y ni siquiera con las escenas de fingido remordimiento que los sucedían  podían ser considerados actos de amor. Sin embargo, ella, necesitada y sola siguió adelante, justificándolo y justificándose.  Lo llamaba  amor enfermo, y soñaba con curarlo. Se convirtió en una maquilladora experta. Maquillaba moretones y  dolores. Perdió a los golpes un embarazo, luego dos.  Ni siquiera los lloró.

 Cada golpe en su cuerpo mutilaba  su alma. Cada noche violada la despersonalizaba un poco más. Paola no tenía salida. Ya ni siquiera tenía miedo. Rogaba a algún Dios que quisiera escucharla, que se la llevara pronto.

Y así pasaron los días, meses, años.

 

La mirada

Tercer embarazo. Ella había sospechado de su condición, pero había callado. Secretamente anhelaba ese niño. Era lo único que tenía. Lo único de ella. Su intuición le decía que su vida dependía de él. Y si hubiera salvación para ella, también.

Cuando Martín se enteró la llevó a abortar. Paola iba al lado de él, invisible como siempre. Caminaba al hospital como la misma mujer despersonalizada, callada y dócil, que siempre le obedecía y siempre lo perdonaba.

 Pero ese día, alguien sí la vio, pero sobre todo la miró. Vio su andar lento y temeroso, su cara impávida en la cual destacaban dos ojos anhelantes. Y observo sus manos, las dos, envolviendo su vientre, en una posición que significaba posesión y protección.  Todo en ella la conmovió, también vio un moretón en el brazo, y el andar decidido del hombre. Tembló. Entendió todo. Se comprometió  en silencio. Y actuó.  

 El amor

Josefina amaba su trabajo, amaba acompañar a las mujeres en el proceso de gestación, repetía a todas sus pacientes que para cambiar el mundo había que cambiar el modo de nacer. Había sido enfermera, maestra y madre. Había militado en contra de la ley de aborto legal, pero a la vez había elegido acompañar a mujeres que habían decidido abortar. Porque su posición personal jamás había interferido en el respeto que le tenía al otro, a sus miedos y a sus decisiones.

Josefina apuró el paso, llegó al hospital y hablo con la mujer de recepción, de manera que cuando el hombre llegó y quiso imponer sus modos, nadie se lo permitió. Josefina recibió a Paola en soledad. Y le dio el tiempo de acomodar sus pensamientos. Paola expresó como pudo su sentir de que su vida y la de ese hijo se dependían mutuamente. Lloró por fin, le dijo que no quería perderlo y no quería morir. Le dijo que le tenía miedo al monstruo. Le hablo de sus dos embarazos perdidos. Josefina le hizo una ecografía y gestionó una internación. Le dijo a Martín que quedaría en observación, y que las visitas estarían restringidas, y el hombre finalmente tuvo que entender que su víctima había pasado a través de una fisura en su cárcel.

Y sentir miedo al fin le tocó a él.

 El coraje

Al terminar su internación, le escribió a Martín un mensaje diciéndole que estaba determinada a continuar con el embarazo y a terminar la relación con él. Sin escuchar la respuesta, y luchando con sus miedos, se dejó orientar por la trabajadora social del hospital, quien le consiguió vivienda para mujeres embarazadas, la puso en contacto con la psicóloga del hospital, la acompaño a hacer una denuncia policial y testificó sobre las lesiones que había encontrado en su cuerpo.

Los primeros meses en la casita municipal fueron como un paraíso para ella,  donde además de oxígeno, encontró  a algunas mujeres que estaban en situación parecida.  Y su realidad de invisibilidad y soledad que la habían definido toda su vida, rápidamente empezó a cambiar. Saber que no era sola le daba una fuerza hasta ese día desconocida. Paola estaba sorprendida de lo rápido que la desolación daba paso a la alegría. Alegría compuesta un poco por el olvido del monstruo y otro poco por esperanza de la vida en su vientre. Un segundo de escucha había bastado para comprender, y una incipiente red había bastado para darle fuerza. Se sabía frágil, pero ya no se sentía tan sola. A medida que crecía su embarazo crecían también sus ambiciones y sueños, de manera que a la inscripción de un curso de pastelería en la municipalidad, le siguió la organización de una rifa para comprar los insumos que necesitaba. Y poco a poco, con bastante ayuda, empezó a creer que iba a poder.

Antes del parto decidió enfrentarse a él. Necesitaba dar nacimiento a una mujer nueva que pudiera cuidar de sí  misma para cuidar de otro. Sabía  el riesgo que corría, y busco ayuda en su nuevas amistades para  que la contengan antes y después del encuentro. Habló también con un efectivo de la policía para que se quede a una prudente distancia, y fue a verlo.

A medida que se acercaba a su antigua morada su determinación menguaba. Su imaginación le iba  dibujado a un hombre fuerte, decidido, viril. Su mente, traicionera, le trajo a la memoria los mejores recuerdos. Su memoria le reprodujo con exactitud palabras de amor y pedidos de perdón. Recordó el día que se conocieron y aquellos primeros celos. Cuando lo vio sonreírle, se derritió. Y estuvo tentada a volver con él, oyendo embelesada sus promesas de amor, y palabras condescendientes de comprensión.

Pero cuando estuvo a punto de rendirse, sintió la patada de su bebe, y con esa patada la fuerza de la verdad. Martín no iba a ser nunca lo que ella quería que fuera. Lo miró, y esta vez detectó la manipulación, el tono de voz sedoso, la condescendencia violenta y la mirada intimidante. Se acordó de cuando le hizo perder sus embarazos anteriores, y  lo imagino pegándole a su hijo. Y el fuego por fin salió. Paola venció a su mente y esa fue la victoria que torció historia. Y con la barbilla levantada, mirándolo fijo, abrazando a su panza y recibiendo la fuerza de su hijo, le dijo: “Si te volvés a acercar a mí o a mi hijo, te juro que te mato”.

 Y Martín le creyó.

 

La vida

En la semana 42 de un embarazo sano dio a luz por parto natural a una niña de 4 kilos a quien llamó Vida. Y sí, se aferró a ella.

 

 

Epilogo

En la vida real estas historias no suelen tener este final. La muerte prevalece con muchísima frecuencia. El bien no siempre vence, al menos en el corto plazo, las Paolas siguen muriendo, las obstétricas no se involucran, los abortos están a la orden del día, y los martines son gobernantes.

Pero Paola también existe, y Josefina, y la resiliencia, y el amor.

Y la muerte que ya no es definitiva muchas veces es vencida.

Y el bien a veces prevalece.

Y el amanecer a veces da vida a un nuevo día.

Todo depende de encontrar esa pequeña fisura en el muro.

domingo, 30 de octubre de 2022

LA MATRIARCA

 




-        Se está muriendo Filomena, María, quiere verte. ¿Por qué no vas?

 

Estas palabras, tan simples en apariencia, dichas por su madre hacía dos días, fueron como gotas que rebalsaran un vaso demasiado lleno. Fueron una cachetada, un nuevo juicio hacia su persona. Ella, la nieta ingrata, que no fue a ver a la abuela en su lecho de muerte.

La respuesta de María fue casi refleja: “Porque no tengo ganas”, y la mirada de su madre inequívoca: decepción. Otra vez María decepcionando a su mamá, y ya que estamos a su abuela, que la quería ver.

Pero ella no tenía ganas. Que cosa curiosa las ganas. Para su madre, sin duda eran algo caprichoso, para ella una manera sencilla de expresar el profundo dolor que le daba estar en presencia de su abuela. Abuela que todavía era el alma de la familia.

La Abuela Filomena, tan añosa, en una familia donde la historia era sobrevalorada. Filomena, tan vital, enérgica, potente. Ella era el ejemplo para seguir por todos, la aprobación buscada, el modelo, y el juicio. María no era exactamente lo que su abuela quería que fuera. Ni tan bella, ni tan culta, ni tan delgada. María al lado de su abuela se sentía gris y poca cosa. Porque ella siempre encontraba la manera de hacerle algún comentario que la hiciera sentir inferior a ella, a sus tías, a sus primas, a sus hermanas, y a las expectativas que todo el mundo se había hecho sobre ella en su infancia.

Y para la familia de María, que era más parecido a un clan,  las expectativas de Filomena tenía el peso de la ley. Y cuando digo peso, quiero decir exactamente eso. Peso. Eran pesadas, y bajo ese peso casi todos habían forjado músculos acordes. Casi todos habían obedecido esa ley y cumplido esas expectativas, sin medir los costos. 

Cuando digo casi todos en realidad me refiero a la parte más joven de la familia. Aquellas personas que por falta de tiempo no habían podido defraudar demasiado. Aunque siempre había estado aquel que siendo gay prefirió pretender ser feliz en un matrimonio, que aparentó ser perfecto para todos, y que a Filomena la había hinchado de orgullo. Un matrimonio casi de cuento, con el que la familia había logrado pertenecer a la aristocracia más cerrada de la ciudad. Filomena no disimulaba su orgullo acerca de su nieto y su flamante nieta política y jamás se preguntó acerca de la naturaleza de ese vínculo, ni de los deseos propios de cada parte.

Filomena misma había permanecido casada sin amor respondiendo a las expectativas que habían depositado en ella sus propios referentes, incluido el mismo Dios, quien había dejado el mandato de “ Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. De manera que cuando el divorcio se consumó, la desaprobación de Filomena fue total. Incomprensión. Juicio. Y ostracismo. Y cuando digo ostracismo, me refiero exactamente a eso. Ese nieto deshonroso tuvo que conseguir trabajo en el exterior para no seguir dañando a esa abuela tan exigente.

Otra nieta que quiso complacerla lo logró. Ella es espléndida, atleta y modelo. Vive contando calorías, nunca nadie espera nada de ella que no sea belleza, tanto que ella misma no cree que haya nada en ella que no sea belleza. Y filomena cada vez que la ve exclama orgullosa que “tiene la misma carita que a los 5”, o “ese cuerpo es la envidia de los Dioses”. Sin mirarla a los ojos y ver la desesperación de la carrera contra el tiempo que ya empezó a perder. Su prima ya paso por el quirófano varias veces, no tuvo familia para no perder su silueta, y tiene problemas de alimentación desde la adolescencia. Pero si para Filomena es perfecta, entonces lo es.

Y eso la tenía asqueada a María.

María era consciente de que la hija de mayor de su abuela jamás se había casado, porque ella le había dicho en reiteradas oportunidades que era conveniente que alguna de sus hijas quedara soltera. Pero también era testigo de la manera en que la abuela le decía que necesitaba una pareja, porque en el mundo que ella había vivido, una mujer sin un hombre no tendría chance de subsistencia. De ese tipo de incoherencias estaba hecha filomena, y la familia, y las expectativas. Imposibles cumplirlas a todas.

Una parte de María rechazaba a esta abuela y a todo lo que significaba. Muchas veces había sentido en carne el propia el juicio por no haber “explotado sus dones”. María era una mujer muy inteligente “desperdiciada” criando a sus hijos. Hijos que por desgracia no habían heredado sus hermosos ojos azules, sino el color café de su padre. Un detalle de la genética que no dudaba en recordar cada vez que la veía, sin importar si los niños estaban presentes ni si el comentario podría dolerles. “si es cierto” decía, y atrás de esa frase no paraba de repartir sus verdades. Verdades que no eran tales, ni requeridas, ni caritativas. Verdades que María no tenía ganas de escuchar. María había engordado, producto de los embarazos, pero también de su personalidad ansiosa y herida. Esa gordura era la forma que había tomado su cuerpo como defensa frente a dolores que había deseado esconder.

Y por muchos años María se odió, y ese odio crecía ante los ojos llenos de juicio de la abuela, quien parecía que la valoraba únicamente por sus dones heredados (de ella) y no por lo que ella había hecho con su vida.

Y un día María se había cansado de dar explicaciones sobre sus decisiones, se había cansado de escuchar comentarios hirientes sobre su cuerpo, y se había cansado de escuchar que sus hijos no pertenecían a la raza superior que portaba ella. Un día María se cansó de ver a cincuenta personas bailando malambo alrededor de una señora, cuyo mayor mérito era haber cumplido muchos años. María no quería ser parte de ese clan, con esas reglas, con esa líder.

 Y esa revelación la fracturó por dentro.

Por varios años la distancia física que interpuso entre su clan de origen y su familia nuclear había empezado a dar frutos. Ella era más independiente, autónoma, libre y feliz. Había criado a sus hijos lejos de tanto juicio, había elegido que hacer  con su vida y su tiempo sin dar tantas explicaciones, y había empezado a abandonar el deseo de cumplir con las expectativas de Filomena, que a esta altura eran las mismas que las de su madre.

En el fondo María también tenía miedo de convertirse en aquello que tanto la había herido.

Pero ahora había cambiado todo. La idea de la inminente muerte de su abuela le trajo a su memoria todo lo demás, lo que había estado negando tanto tiempo. Se acordó de su presencia en su vida, de la vez que encontraron un pajarito y lo curaron, y el cuento que escribieron sobre él. El primer cuento de su vida. Aquel primer cuento que le dijo que quería ser escritora, aquel primer cuento que le dijo que quería parecerse a ella.

Y vinieron a su memoria los paseos por Palermo, las veces en el cine, la primera vez que fue al Teatro Colón, los libros, las charlas. Filomena era para ella la mujer que más la había amado y cuidado, aparte de su mama. Cada fin de semana, todas sus vacaciones, cumpleaños, navidades. Su familia más cercana. La persona que la había visitado en cada casa, la que leía con avidez cada uno de sus textos.  Filomena le tenía tan alta estima que había esperado de ella lo mejor, y en el fondo su miedo de no fallarle tenía que ver con que finalmente Filomena se diera cuenta de que ella era una persona normal, ni tan especial ni tan maravillosa, ni tan bella como ella la había visto todos estos años.

María entendió finalmente que la mujer también había sido presa de las expectativas que habían depositado sobre ella. La pobre señora había tenido que ser bella, brillante, trabajadora, madre, esposa, cristiana, apóstol, voluntaria y profesional. Y había cumplido con cada uno de esos mandatos. Sintió pena por ella.

Habría querido seguir teniendo hijos después de haber enterrado a uno? O su religión no le permitió tomar esa decisión?

Habría querido vivir comiendo lechuga hasta el lecho de muerte? O la imagen que le devolvió el espejo nunca fue para ella satisfactoria, ni siquiera a sus 90 años?

 

Esas y otras preguntas que le fueron surgiendo dulcificaron su mirada sobre su abuela. Que era tan parecida a ella. Tan fuerte y ahora estaba frágil, tan bonita y ahora estaba viejita, tan vital, y la vida se le iba escapando.

Y esas ganas de verla , que le habían sido esquivas por varios años, se apoderaron de ella con fiereza. Tenía ganas de verla y de estar con ella. De decirle que la amaba, de abrazarla, de recordar la infancia juntas, de leerle un cuento, de hablar de política, de recordar algún viaje, de contarle sus proyectos.

María lloró con arrepentimiento, y deseó que el reloj se detuviera.  Y se dio cuenta de que mientras hubiera vida había tiempo. y allí fue. A su encuentro.

 

 

EL NIÑO

 

 

EL LLAMADO

Ese día Lucila entró. Hacía días, cada vez que pasaba por la puerta del ese negocio de antigüedades, el19 corazón empezaba a latir a un ritmo acelerado. Todas las veces lo ignoraba y seguía de largo. Pero esta vez, nuestra lógica Lucila dejó de lado a su racionalidad y se sumergió en el poco serio terreno de la corazonada y la intuición. Al hacerlo supo que había cruzado la línea que siempre había fijado su conducta. Cruzando esa puerta, abandonó su mundo seguro dándole entidad a aquel llamado específico que había intentado silenciar su vida entera.

 El local era pequeño y desorganizado. Muchos objetos superpuestos sin orden y sin aparente valor. Ropa raída, muebles sin lustre y objetos de uso cotidiano como vajilla, utensilios, cristalería. Lucila no sabía que estaba buscando, por eso caminaba despacio entre los objetos esperando que las señales que se habían presentado hasta ahora siguieran dirigiendo su atención. Y entonces lo vio. Un baúl viejo, conocido por ella, que se había aparecido en el sueño. Se acercó a el con mucha lentitud, aterrorizada y fascinada. Cuando llegó a él leyó grabado en la madera: OVIDIO IKENE.

Lucila se abalanzó sobre el baúl como un tesoro y  al conversar con el dueño del local descubrió que fue comprado en un remate de la Compañía Transatlántica Española tras el cierre de las oficinas en Buenos Aires.

LAS PREGUNTAS

Lucila nunca había preguntado mucho por su pasado.  Sabía que su bisabuela, Felisa casada con el General Ikene había ingresado a Buenos Aires con Ovidio, recién nacido, huyendo de una guerra civil. Ovidio había muerto hacía 15 años y nunca más se había hablado de él.

Cuando llegó a su casa, revisó el baúl con detenimiento, y su cerebro de arquitecta no tardó en encontrar un discreto doble fondo que logró abrir en cinco minutos. Frente a ella tenía la partida de nacimiento de Ovidio Ikene fechada en 1916, un pasaje para el 15 de octubre de 1923 para el Barco Infanta Isabel de Borbón, una cruz de oro y una foto muy poco nítida de un Militar. 

Su abuelo, Ovidio, había llegado con 4 días de nacido a Buenos Aires, y era de nacionalidad argentina. Bien lo sabía ella que había intentado sacar la ciudadanía española y le había sido negada por esa causa.  ¿Quién era Ovidio Ikene además de su abuelo? Si se hubiera llamado Juan Pablo García, y si el hallazgo del baúl hubiera sido un poco más fortuito, Lucila hubiera creído que se trataba de un homónimo, una casualidad. Pero la circunstancia de este hallazgo era de carácter excepcional, y ella había empezado a necesitar llegar al fondo de la cuestión.

Ese fin de semana Lucila fue a ver a su padre, quien le reveló que Felisa, su abuela, había sido una mujer atormentada y fuerte. Que había muerto con Alzheimer cuando el era un niño. que nunca la había visto reír ni sonreír. Que hablaba poco, y trabajaba mucho. Que parecía dura como el hierro. Mujer viuda, madre sola en un país extranjero. Mujer curtida. Distante. Cerrada. Mujer misteriosa.

 

LA VISITA

Lucila dejó la casa de su padre conmovida, confundida y profundamente intrigada. Hacía varios años había estado soñando con un niño, de tez clara y ojos almendrados, exactamente iguales a los de ella. Él le decía: no me olvides, y ella se despertaba. Noche tras noche. Lucila era sensata y no se enroscaba con ese sueño. Pero no dejaba de tenerlo. No creía en fantasmas ni dejaba de creer en ellos. Pensaba que de existir deberían tener cosas más interesantes para hacer con su inmortalidad que pasearse molestando humanos rechinando cadenas. Lucila no les tenía miedo, pero tampoco tenía paz.

Sentía en sus entrañas, aunque no estaba dispuesta a reconocerlo en voz alta, que las visitas nocturnas de sus sueños nada tenían que ver con las ficciones que consumía, sentía que ese niño tenía algo para decirle a ella, y que algo grande dependía de que ella pudiera escucharlo.

Lucila era lógica, cautelosa y prudente. Su vida entera había  sido esconderse de la tragedia. Que acechaba a toda hora, que estaba ahí, a la vuelta de cada esquina, en cada buena noticia que no se animaba a gozar, en cada avión que aterrizaba, en cada momento de su vida. Tragedia. Madre muerta en tercer parto. Hermano mayor muerto por infección viral mal tratada. Abuela paterna con Alzheimer. Aborto espontáneo. Donde Lucila miraba la encontraba, entonces cerraba los ojos para no ver. Y así habían transcurrido los últimos 30 años de su vida.

Pero esa noche sintió que tenía que enfrentar al niño. y siguiendo el sendero que había empezado a trazar entrando al local de antigüedades, abrió el baúl y deposito con cuidado los objetos personales sobre la mesa. Pendió una vela y le preguntó.

¿Esto es tuyo? ¿Sos familia? ¿Me necesitás?

Luego tomó un calmante para dormir y se acostó. Esa noche entre sueños, el mismo niño apareció con un gesto menos atribulado y le dijo; “A todo que sí. No me olvides”.

Pero esta vez no se despertó, siguió soñando con Carolina, con terapias, con traumas transgeneracionales, con barcos y con baúles.

 

LA VERDAD

 

Veía con nitidez el transatlántico que los trajo. El mismo que ya había visto en sueños. Muy parecido al Titanic, con esas enormes chimeneas de hierro y una presuntuosa majestuosidad de quien se atreve a enfrentar a la Naturaleza y sus designios. La veía a ella, a la Felisa embarazada con gesto adusto. Y lo veía también a Ovidio, pálido, de ojos almendrados muy parecidos a los de ella.  La imagen cambió súbitamente y apareció ella, con luto en la mirada y el niño inerte en el camarote. Luego vió como tiraban un cuerpito al mar y decían una oración y luego, en el mismo camarote el nacimiento de un niño. Sucedieron escenas inconexas pero que ella entendió perfectamente, Felisa y un recién nacido  llamado Ovidio llegaron al Puerto de Buenos Aires un 12 de noviembre de 1923.

-Bueno Lucila, por hoy vamos a dejar acá- le dijo la terapeuta. Y Lucila sintió un sacudón. Se sentía muy cerca de encontrar algo. Deseaba seguir buceando en esas aguas misteriosas que le prometían respuestas y consuelo. A regañadientes recogió sus cosas y se fue.

Los días que siguieron a la sesión hipnótica donde Lucila comprendió lo que había pasado, fue a la casa donde había vivido Felisa que ahora le pertenecía a su padre. Y encontró dibujos de ese niño de sus sueños, Ovidio. Y fue dándose cuenta de que ella era nieta de la muerte y el secreto. Y mientras veía esos dibujos empezó a sentir un dolor que le era ajeno. Sintió ganas de llorar a su hijo muerto y odio cada vez que debía llamar al neonato por un nombre que no le pertenecía. Sintió culpa por haber cambiado la identidad. Y miedo por lo antinatural de hacerlo. Remordimiento por no haberle dado digna sepultura a su hijo mayor y vergüenza por su decisión. Sentía ira por la injusticia de perder un marido y ver morir a un hijo y un temor de Dios que le auguraba el infierno. El dolor que sintió era punzante, agudo, envolvente. Y después del pico máximo de dolor fue consciente de una coraza que le endureció el corazón hasta no sentir más nada. Pensó que estaba muerta, pero no. Se dio cuenta de que estaba enferma de la enfermedad de la evasión. Bendito Alzheimer que la ayudaba a irse de este mundo. A vivir un poco en el recuerdo de su hijo, o a morir en él. le daba igual. Ella estaba bien así.

El trance pasó. Y Lucila volvió en sí.

LA LIBERTAD

Y decidió enmendar lo que debería haberse hecho casi cien años atrás.  Ofreció sepultura a Ovidio primero, redactó un obituario y epitafio, rebautizó a su abuelo Ovidio como Osvaldo. Le contó la verdad a su padre. Y ofreció una misa cristiana para Osvaldo, Ovidio y Felisa.

Nunca más soñó con el niño. Ya descansaba en paz.

 


 


 

lunes, 24 de octubre de 2022

La lámpara de Aladino





 Estaba apurado, como siempre, porque estar apurado era a esta altura de su vida una manera de ser. Siempre una urgencia, siempre un impostergable y siempre una razón para correr. Estaba apurado, decía, porque tenía mucho tiempo perdido para recuperar. Había deseado salir de pobre primeromejorar su estándar de vidadespués, y últimamente su afán era abandonar la posición de empleado. Se repetía a sí mismo que deseaba juntar la plata necesaria para estar tranquilo. Le decía a su familia que su deseo era estar tranquilo y que trabajaba para lograrlo, mañana, claro, porque hoy había algo más urgente.  No se percataba de que cada vez sus responsabilidades eran mayores y también lo eran los avisos que le daba el cuerpo. Las  contracturas, dolores de cabeza, insomnio y bruxismo eran parte de su rutina, así como el ibuprofeno, la placa de los dientes y el clonazepam 0,5 su maquillaje.

“Las cosas no van a quedar así, yo te brinde un servicio y vos me ofreces un plan de pago para mañana o inicio un embargo. Tengo compromisos que afrontar y se acabó mi paciencia. A  también me asfixia el gobierno, pero cumplo con mi palabra y atiendo mis responsabilidades" - Pablo había terminado de decir estas palabras cuando tuvo que aminorar el paso y sujetar con fuerza el teléfono que parecía que se iba a caer, la respuesta nunca la escuchó, se llevó la mano al pecho y se desplomó.


Despertó en un lugar desconocido. Una especie de playa mediterránea pero sin el calor del mediterráneo. A lo mejor era invierno pensó. Lógico, porque en Argentina es enero.  Estaba descalzo. No le disgustó la sensación de la arena bajo sus pies. Y no le llamó la atención. Lo dio por sentado, de igual manera que era invierno y estaba en el Mediterráneo. Mientras caminaba por la orilla vio a medio enterrar en la arena un objeto brillante. Lo reconoció de inmediato, era la lámpara de Aladino. Esa lámpara que lo había obsesionado en su juventud. El objeto de su deseo, de su ambición, de su búsqueda. ¡Finalmente había encontrado aquello por lo que había trabajado 20 años! Pablo conocía la leyenda de memoria. Incluso había encontrado documentos que desmentían la versión oficial de la historia. Algunos documentos habían sugerido que tenía el poder de volver cierto el anhelo más profundo de quien la hallara.  


Pablo empezó a caminar en su dirección, a paso ágil, pensando en el deseo que tantos años había pensado que iba a pedirle: solvencia económica. Acostumbrado a la pobreza en su infancia y a las injusticias como resultado de ella, siempre había tenido en claro que deseaba dinero. Dinero para vestir con ropas limpias y de su talle. Dinero para comer todos los días. Dinero para tener obra social que cubra tratamientos caros para enfermedades difíciles, dinero para tener agua caliente y potable. Dinero para que sus hijos accedan a la mejor educación. Dinero para poder solventar viajes y momentos de encuentro. Dinero que para el era el constructor de su felicidad y la garantía de su dignidad. Aminoró el paso cuando se acordó de que ya tenía el dinero, y con el la casa, el agua potable, la obra social y el viaje. Había construido una posición de poder, y ciertamente la dignidad no le faltaba. Sin embargo su salud no estaba tan fuerte como antes, y no recordaba la ultima vez que habían comido en familia. Se detuvo en seco. Necesitaba reformular su deseo, no podía desperdiciarlo. Podía pedir tiempo, que la vida le de muchos muchos años para poder disfrutar de sus hijos, y luego sus nietos. Para poder tomar las clases de golf y tenis. Para viajar a Vietnam y hacer un paseo en bicicleta. Bufó. Para eso necesitaba piernas fuertes. Bueno, puedo volver el tiempo atrás.  Ser joven otra vez, para poder viajar a Vietnam, andar en bicicleta, jugar al tenis y jugar con mis hijos”… Pero algo en esa idea de volver el tiempo atrás no lo convenció. Supuso que si volvía el tiempo atrás y reescribía su vida , la sucesión de hechos que lo habían llevado a hallar la lampara no podrían repetirse, además de que, si el hubiera encontrado la lampara en sus jóvenes, sanos y pobres 20´s su deseo hubiera sido sin duda tener dinero, y no estaba seguro de que a esa edad el conociera la existencia de Vietnam. Con un movimiento de cabeza descartó ese deseo también.


Tenía un problema serio para resolver. El problema del resto de su vida. Tenía 50 años. Estaba grande pero no muerto. Tenía familia a quien amaba sin demostrárselo. Y un capital suficiente para vivir un par de vidas más. Y tenía la lampara. Pero no sabía que pedirle.


Caminaba hacia la lampara, pero por alguna razón extraña nunca llegaba. Era como si a cada paso que él daba, ésta se alejaba la misma distancia. De manera que siempre estaba ahí, cerca pero inaccesible. Y Pablo tenía la fuerte sospecha de que era su indecisión quien le impedía el acceso a ella. Así que se sentó, cerro los ojos, e intentó concentrarse en su deseo.


No quería el amor de alguien porque ya lo tenía, su mujer lo había acompañado toda la vida. Lo había comprendido, lo había perdonado. La amaba. A veces suponía que ella estaba cansada de el, y de la vida solitaria que vivía al lado suyo. Pero tenía una gran vida interior, y tenía a los chicos, y tenía la certeza de su amor. Ojalá bastara eso, pensó. Pensó en pedirle eso a la lámpara, pero descarto el pensamiento de inmediato, no iba a desperdiciar su único deseo en algo que podía hacer por sí mismo. Él sabía lo que ella quería, lo que a ella le hacía feliz. Él sabía que, con una carta, un regalo, una tarde en familia la llama se mantenía encendida. Con culpa reconoció que la última vez que le había dado una tarde de completa atenciónhabía sido varios años atrás en un aniversario  y que esa, sin duda había sido la tarde mas feliz en mucho tiempo. Voy a darle a Julia lo que necesita, y en ese dar también voy a recibir lo que necesito yo. Me acuerdo que lo único que feliz de mis veintes fue la aparición de ella en mi vida. Y que gracias a ella la búsqueda de la lampara tomó un sentido nuevo


Cuando Pablo abrió los ojos vio la lampara al lado suyo, pero el hecho mágico no pareció llamarle la atención. Pablo sencillamente la tomó en sus manos y la miró. Era de oro bien pulido. La frotó. Nada pasó. La froto otra vez. Nada. Encontró la frase que tenía grabada en el asa que comprobaba su autenticidad: Quien encuentre esta lámpara poseerá el poder para cumplir su deseo más profundo.


Leyó las palabras en voz alta. Y todavía resonaban en el aire cuando Pablo lo vio. Su corazón se aceleró, porque supo que ese era el genio. Estaba ahí, se veía sobre el oro pulido de la lampara mágica. Su aspecto le era familiar, pero lo veía chiquito, lejos, y no podía identificarlo.

 

 

 

 Pablo despertó, estaba en un lugar desconocido, Julia dormía al lado teniéndole la mano. Tenía cables por todos lados. 


Quiso pararse, no pudo. Julia se despertó y empezó a llorar. Lo abrazó. Le dijo entre lágrimas y besos que había tenido un infarto, una cirugía y dos días en terapia intensiva.

Mientras asimilaba toda esa información, Pablo vio su reflejo detrás de ella, en un espejo dorado que tenía una frase grabada que Pablo pudo leer:


El poder siempre fue tuyo.