jueves, 10 de noviembre de 2022

LA UNICA MANERA

 


 

Cuando Rodrigo llegó a su departamento todavía estaba muy confundido por la conversación que había tenido con Paulina. Él ya había terminado relaciones antes y reconocía el miedo cuando lo veía. Él tampoco había querido ser feliz, o mejor dicho, se había creído incapaz de serlo. En el pasado hubiera sentido alivio al escuchar a Paulina, pero hoy, en cambio,  sintió el ardor de un cachetazo.  Después de escuchar sus palabras fue capaz de ver lo que antes le había sido ocultado: la herida en carne viva, el dolor y el miedo. Vio la máscara de autosuficiencia estallar en mil pedazos. Vio necesidad. Vio esperanza.  Algo en esa mirada desesperada lo conmovió profundamente y lo hizo desear conocer más de ella. Paulina le estaba dando la espalda a la posibilidad de ser feliz. Y esa negativa fue la prueba de que ella también estaba rota. Y también necesitaba tiempo para juntar sus pedazos. Y supo, que por algo se habían encontrado, el todavía estaba juntando los suyos.  

La negativa de Paulina lo enmudeció. Asintió a su afirmación, y se fue sumido en sus pensamientos y recuerdos que durante el último tiempo habían permanecido dormidos. Su propia felicidad siempre había sido un oxímoron. y sentarse a ver su corazón estallar en mil pedazos, el final necesario de una historia que había nacido como tragedia.

Rodrigo había visto como su mamá soportaba gritos y golpes de su padre por cualquier motivo.  Su mamá, una mujer amorosa y débil no había sabido protegerse, y él había tenido mucho miedo del monstruo a quien debía llamar padre. Hasta que un día el monstruo la mató y su miedo se convirtió en una culpa voraz. La culpa por no haberla defendido. La culpa por no haber estado. La culpa incluso por haber nacido. Quince años tenía cuando la mató. Quince años recién cumplidos, corta edad para haber conocido el horror. Corta edad para volverse hombre. 15  no tan tiernos años tenía cuando decidió volver de hierro el corazón de lo mucho que dolía estar vivo. Los recuerdos de esos días no los llevaba en la memoria, sino en el alma. Se le habían hecho carne. Lo definían. Lo habían moldeado como un ser lleno de miedo, rencor y dolor.

Con retorcido placer recordaba cada noche el momento en que encontró a su mamá agonizante. sus ojos vidriosos, la sangre en el piso, y sus ultimas palabras: te amo bebe.

Y como un bebé abandonado cada noche se abrazaba a sí mismo, dejaba caer una lagrima silenciosa y se daba el gusto de extrañarla. Y cada noche, luego de secar la lágrima juraba vengar su muerte.  Y  con este ritual diario había encontrado una insana satisfacción en la que se compadecía de sí mismo a la vez que encontraba el sentido de su vida en el sufrimiento y en la venganza.

Sin embargo, para los poco despiertos ojos de los estándares sociales, Rodrigo era una joya exótica. Su belleza única heredada de su madre le otorgó siempre compañía femenina. El amor no era una exigencia en sus relaciones, y ciertamente la sociedad no le exigía que lo sintiera. Había terminado la carrera de abogacía con medalla de honor. La facultad no había preguntado la razón de su elección a ella le daba igual si tenía sed de justicia o de venganza. El estudió con esmero cada ley para asegurarse de que su padre quedara preso para siempre. y tras su graduación accedió a un lugar en un prestigioso estudio de abogados.  De manera que al hombre bello y estudiante capaz se le sumó el profesional exitoso, y aquel niño roto era ignorado por todos.

Cuando  finalmente consiguió la cadena perpetua para su padre, quince años después del asesinato, Rodrigo, en vez de festejar se deprimió. El motivo de su vida entera había terminado. Y los recuerdos que lo atosigaban hacía años empezaban a espaciarse. Sin embargo, esos espacios que debían ser oxigenantes los vivía con culpa, sentía que traicionaba la memoria de su mamá.

Se sentía deprimido por el vacío de sentido y para nada dispuesto a llenar ese espacio con algo nuevo. Pero muy a pesar suyo, algo dentro empezaba a ceder. Ya no acudían persistentemente  los recuerdos de su madre agonizante, sino otros más felices, de su infancia, donde el era el protagonista. Recuerdos de juegos, sabores y canciones se hacían cada vez mas frecuentes.  El amor de sus abuelos, los juegos con sus primos. Las cosquillas que le hacía el pasto cuando se acostaba en soledad a ver el cielo y encontrarles forma a las nubes. y la sonrisa de su mamá siempre acompañada con palabras de amor. Rodrigo había intentado resistirse, pero finalmente el hielo empezaba a derretirse, y no tuvo más opción que reconocer que había mucho mas en él que muerte. Y empezaba a desear conocer qué.

Un día entre la correspondencia típica de cuentas y facturas a pagar, llegó una invitación del municipio para adherirse a un programa de padrinazgo que consistía fundamentalmente en donar dinero para solventar los gastos de educación y ropa de algún niño al azar del hogar municipal, con la posibilidad de conocerlo y llevarlo a pasear o a hacer alguna actividad. Leía la propuesta sin demasiado interés hasta que sus ojos se posaron en la foto de la niña que ilustraba el folleto, en la foto la niña no sonreía. Miraba a la cámara con desgano, y esos ojos sin brillo lo sacudieron. La misma mirada que el mismo había dejado de ver en el espejo hacía poco tiempo. Rodrigo sintió como el hierro que quedaba en el corazón se fundió,  y supo que ese folleto y esa niña lo estaban llamando a él. Y tuvo la lucidez de responder. Y ese acto irracional pero brillante fue la curva de 180 grados que redireccionó su existencia toda.

Cuando Rodrigo llegó al hogar vio a dos personas. Javier y Paulina.  Paulina, la médica pediatra del lugar estaba haciendo reír a Javier y rodrigo vio como esa risa transformaba enteramente el rostro del niño. La sombra de su mirada aparecía cada vez que se iba la risa. Y Rodrigo interrumpió la escena para participar de ese momento mágico en el que la risa borraba el horror.

Y con muchísima alegría recibió luego la noticia de que Javier era el niño que le habían asignado para apadrinar.

Y se dejó conmover. Y dejó a Javier entrar en su vida. Y fue dándose cuenta de que cuanto más el intentaba ayudar a Javier más juntos estaban los pedazos de su alma. Empezó a sentir que su corazón ya no temblaba con la autocompasión, sino que buscaba maneras de mejorar la vida de Javier. Y con el paso de los meses también se enamoró de esa medica altruista y entregada con el poder de sanar con sus manos y con su ternura. Porque el la había visto en acción. Y, testigo del poder de su  amor en otros empezó a desearlo para sí mismo. Y con un poco de paciencia y bastante miedo consiguió que Paulina accediera a salir con él.

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Y ahora todo había acabado.

Pum.

La burbuja mágica había explotado.

Rodrigo sintió la tentación de volver a aquel lugar cómodo y calentito que lo había acompañado tantos años. Casi  da inicio a aquel ritual doliente en el que se autoconvencía de que no había nacido para el amor. Pero mientras hacía el esfuerzo para sufrir por Paulina, lo que acudía a su mente era la ilusionada carita de Javier.

La cara tímida y apática de Javier cuando lo conoció, a los 9 años, triste, huraño, solo. Lleno de miedo. Casi no hablaba. Y la necesidad inmediata que sintió Rodrigo de protegerlo. Ese niño de expresión atormentada que le hizo olvidar su propio tormento. Y luego, como en una secuencia fotográfica, encontró sus ojos negros, brillantes, llenos de alegría, cuando le creyeron a Rodrigo  que  había llegado para quedarse. El rostro de Javier cambio para siempre cuando el recelo dio paso a la confianza, y Rodrigo se prometió ser digno de ella.

Ese día Rodrigo eligió a Javier sobre su dolor. El futuro sobre sobre su pasado. El amor sobre el dolor. El perdón sobre el rencor. La resiliencia sobre la autocompasión.

Ese día empezó a elegir a Javier como su familia.

Había iniciado los papeles de adopción de Javier y le iba a decir a Paulina que le iba a dar el tiempo que necesitara,  pero que el tiempo sólo no cierra las heridas.

Solo el amor lo haría. Y que contaba con el suyo.

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