Cuando Rodrigo
llegó a su departamento todavía estaba muy confundido por la conversación que
había tenido con Paulina. Él ya había terminado relaciones antes y reconocía el
miedo cuando lo veía. Él tampoco había querido ser feliz, o mejor dicho, se
había creído incapaz de serlo. En el pasado hubiera sentido alivio al escuchar
a Paulina, pero hoy, en cambio, sintió
el ardor de un cachetazo. Después de
escuchar sus palabras fue capaz de ver lo que antes le había sido ocultado: la
herida en carne viva, el dolor y el miedo. Vio la máscara de autosuficiencia
estallar en mil pedazos. Vio necesidad. Vio esperanza. Algo en esa mirada desesperada lo conmovió
profundamente y lo hizo desear conocer más de ella. Paulina le estaba dando la
espalda a la posibilidad de ser feliz. Y esa negativa fue la prueba de que ella
también estaba rota. Y también necesitaba tiempo para juntar sus pedazos. Y
supo, que por algo se habían encontrado, el todavía estaba juntando los suyos.
La negativa de
Paulina lo enmudeció. Asintió a su afirmación, y se fue sumido en sus
pensamientos y recuerdos que durante el último tiempo habían permanecido
dormidos. Su propia felicidad siempre había sido un oxímoron. y sentarse a ver
su corazón estallar en mil pedazos, el final necesario de una historia que
había nacido como tragedia.
Rodrigo había
visto como su mamá soportaba gritos y golpes de su padre por cualquier motivo. Su mamá, una mujer amorosa y débil no había
sabido protegerse, y él había tenido mucho miedo del monstruo a quien debía
llamar padre. Hasta que un día el monstruo la mató y su miedo se convirtió en una
culpa voraz. La culpa por no haberla defendido. La culpa por no haber estado.
La culpa incluso por haber nacido. Quince años tenía cuando la mató. Quince años
recién cumplidos, corta edad para haber conocido el horror. Corta edad para
volverse hombre. 15 no tan tiernos años tenía
cuando decidió volver de hierro el corazón de lo mucho que dolía estar vivo. Los
recuerdos de esos días no los llevaba en la memoria, sino en el alma. Se le
habían hecho carne. Lo definían. Lo habían moldeado como un ser lleno de miedo,
rencor y dolor.
Con retorcido
placer recordaba cada noche el momento en que encontró a su mamá agonizante.
sus ojos vidriosos, la sangre en el piso, y sus ultimas palabras: te amo bebe.
Y como un bebé
abandonado cada noche se abrazaba a sí mismo, dejaba caer una lagrima
silenciosa y se daba el gusto de extrañarla. Y cada noche, luego de secar la lágrima
juraba vengar su muerte. Y con este ritual diario había encontrado una
insana satisfacción en la que se compadecía de sí mismo a la vez que encontraba
el sentido de su vida en el sufrimiento y en la venganza.
Sin embargo, para
los poco despiertos ojos de los estándares sociales, Rodrigo era una joya
exótica. Su belleza única heredada de su madre le otorgó siempre compañía
femenina. El amor no era una exigencia en sus relaciones, y ciertamente la
sociedad no le exigía que lo sintiera. Había terminado la carrera de abogacía
con medalla de honor. La facultad no había preguntado la razón de su elección a
ella le daba igual si tenía sed de justicia o de venganza. El estudió con
esmero cada ley para asegurarse de que su padre quedara preso para siempre. y tras
su graduación accedió a un lugar en un prestigioso estudio de abogados. De manera que al hombre bello y estudiante
capaz se le sumó el profesional exitoso, y aquel niño roto era ignorado por
todos.
Cuando finalmente consiguió la cadena perpetua para
su padre, quince años después del asesinato, Rodrigo, en vez de festejar se
deprimió. El motivo de su vida entera había terminado. Y los recuerdos que lo
atosigaban hacía años empezaban a espaciarse. Sin embargo, esos espacios que
debían ser oxigenantes los vivía con culpa, sentía que traicionaba la memoria
de su mamá.
Se sentía
deprimido por el vacío de sentido y para nada dispuesto a llenar ese espacio
con algo nuevo. Pero muy a pesar suyo, algo dentro empezaba a ceder. Ya no
acudían persistentemente los recuerdos
de su madre agonizante, sino otros más felices, de su infancia, donde el era el
protagonista. Recuerdos de juegos, sabores y canciones se hacían cada vez mas
frecuentes. El amor de sus abuelos, los
juegos con sus primos. Las cosquillas que le hacía el pasto cuando se acostaba
en soledad a ver el cielo y encontrarles forma a las nubes. y la sonrisa de su
mamá siempre acompañada con palabras de amor. Rodrigo había intentado
resistirse, pero finalmente el hielo empezaba a derretirse, y no tuvo más
opción que reconocer que había mucho mas en él que muerte. Y empezaba a desear
conocer qué.
Un día entre la
correspondencia típica de cuentas y facturas a pagar, llegó una invitación del
municipio para adherirse a un programa de padrinazgo que consistía
fundamentalmente en donar dinero para solventar los gastos de educación y ropa
de algún niño al azar del hogar municipal, con la posibilidad de conocerlo y
llevarlo a pasear o a hacer alguna actividad. Leía la propuesta sin demasiado
interés hasta que sus ojos se posaron en la foto de la niña que ilustraba el
folleto, en la foto la niña no sonreía. Miraba a la cámara con desgano, y esos
ojos sin brillo lo sacudieron. La misma mirada que el mismo había dejado de ver
en el espejo hacía poco tiempo. Rodrigo sintió como el hierro que quedaba en el
corazón se fundió, y supo que ese
folleto y esa niña lo estaban llamando a él. Y tuvo la lucidez de responder. Y
ese acto irracional pero brillante fue la curva de 180 grados que redireccionó
su existencia toda.
Cuando Rodrigo
llegó al hogar vio a dos personas. Javier y Paulina. Paulina, la médica pediatra del lugar estaba
haciendo reír a Javier y rodrigo vio como esa risa transformaba enteramente el
rostro del niño. La sombra de su mirada aparecía cada vez que se iba la risa. Y
Rodrigo interrumpió la escena para participar de ese momento mágico en el que
la risa borraba el horror.
Y con muchísima
alegría recibió luego la noticia de que Javier era el niño que le habían asignado
para apadrinar.
Y se dejó
conmover. Y dejó a Javier entrar en su vida. Y fue dándose cuenta de que cuanto
más el intentaba ayudar a Javier más juntos estaban los pedazos de su alma.
Empezó a sentir que su corazón ya no temblaba con la autocompasión, sino que buscaba
maneras de mejorar la vida de Javier. Y con el paso de los meses también se
enamoró de esa medica altruista y entregada con el poder de sanar con sus manos
y con su ternura. Porque el la había visto en acción. Y, testigo del poder de
su amor en otros empezó a desearlo para
sí mismo. Y con un poco de paciencia y bastante miedo consiguió que Paulina
accediera a salir con él.
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Y ahora todo
había acabado.
Pum.
La burbuja
mágica había explotado.
Rodrigo sintió
la tentación de volver a aquel lugar cómodo y calentito que lo había acompañado
tantos años. Casi da inicio a aquel
ritual doliente en el que se autoconvencía de que no había nacido para el amor.
Pero mientras hacía el esfuerzo para sufrir por Paulina, lo que acudía a su
mente era la ilusionada carita de Javier.
La cara tímida y
apática de Javier cuando lo conoció, a los 9 años, triste, huraño, solo. Lleno
de miedo. Casi no hablaba. Y la necesidad inmediata que sintió Rodrigo de
protegerlo. Ese niño de expresión atormentada que le hizo olvidar su propio
tormento. Y luego, como en una secuencia fotográfica, encontró sus ojos negros,
brillantes, llenos de alegría, cuando le creyeron a Rodrigo que
había llegado para quedarse. El rostro de Javier cambio para siempre
cuando el recelo dio paso a la confianza, y Rodrigo se prometió ser digno de
ella.
Ese día Rodrigo
eligió a Javier sobre su dolor. El futuro sobre sobre su pasado. El amor sobre
el dolor. El perdón sobre el rencor. La resiliencia sobre la autocompasión.
Ese día empezó a
elegir a Javier como su familia.
Había iniciado
los papeles de adopción de Javier y le iba a decir a Paulina que le iba a dar
el tiempo que necesitara, pero que el
tiempo sólo no cierra las heridas.
Solo el amor lo
haría. Y que contaba con el suyo.
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