miércoles, 9 de noviembre de 2022

LA FISURA






La muerte

Estaba suspendida, petrificada, dura, pasiva, helada. Respiraba, pero no vivía. Era testigo silencioso de lo que Martín hacía. Su quietud era su ruina. Victima. Sabía que él podía matarla, sabía que lo haría. Sabía que ya lo había hecho. No una, sino cien veces.

Hacía años que había cedido al miedo.  Le había ido cediendo terreno, al principio despacito, sintiéndose halagada por las muestras de posesividad que había camuflado en cariño.  Necesitó inventarse ese afecto después de haber sido invisible toda su vida. Sentía orgullo de sí misma y satisfacción plena cada vez que la celaba. Había contribuido gustosa a construir el cerco, que devino en muro, que los separaba a ella y él del resto del mundo.

Poco a poco los reclamos que habían parecido amorosos y ardientes fueron mutando a violentos y pasionales, y ni siquiera con las escenas de fingido remordimiento que los sucedían  podían ser considerados actos de amor. Sin embargo, ella, necesitada y sola siguió adelante, justificándolo y justificándose.  Lo llamaba  amor enfermo, y soñaba con curarlo. Se convirtió en una maquilladora experta. Maquillaba moretones y  dolores. Perdió a los golpes un embarazo, luego dos.  Ni siquiera los lloró.

 Cada golpe en su cuerpo mutilaba  su alma. Cada noche violada la despersonalizaba un poco más. Paola no tenía salida. Ya ni siquiera tenía miedo. Rogaba a algún Dios que quisiera escucharla, que se la llevara pronto.

Y así pasaron los días, meses, años.

 

La mirada

Tercer embarazo. Ella había sospechado de su condición, pero había callado. Secretamente anhelaba ese niño. Era lo único que tenía. Lo único de ella. Su intuición le decía que su vida dependía de él. Y si hubiera salvación para ella, también.

Cuando Martín se enteró la llevó a abortar. Paola iba al lado de él, invisible como siempre. Caminaba al hospital como la misma mujer despersonalizada, callada y dócil, que siempre le obedecía y siempre lo perdonaba.

 Pero ese día, alguien sí la vio, pero sobre todo la miró. Vio su andar lento y temeroso, su cara impávida en la cual destacaban dos ojos anhelantes. Y observo sus manos, las dos, envolviendo su vientre, en una posición que significaba posesión y protección.  Todo en ella la conmovió, también vio un moretón en el brazo, y el andar decidido del hombre. Tembló. Entendió todo. Se comprometió  en silencio. Y actuó.  

 El amor

Josefina amaba su trabajo, amaba acompañar a las mujeres en el proceso de gestación, repetía a todas sus pacientes que para cambiar el mundo había que cambiar el modo de nacer. Había sido enfermera, maestra y madre. Había militado en contra de la ley de aborto legal, pero a la vez había elegido acompañar a mujeres que habían decidido abortar. Porque su posición personal jamás había interferido en el respeto que le tenía al otro, a sus miedos y a sus decisiones.

Josefina apuró el paso, llegó al hospital y hablo con la mujer de recepción, de manera que cuando el hombre llegó y quiso imponer sus modos, nadie se lo permitió. Josefina recibió a Paola en soledad. Y le dio el tiempo de acomodar sus pensamientos. Paola expresó como pudo su sentir de que su vida y la de ese hijo se dependían mutuamente. Lloró por fin, le dijo que no quería perderlo y no quería morir. Le dijo que le tenía miedo al monstruo. Le hablo de sus dos embarazos perdidos. Josefina le hizo una ecografía y gestionó una internación. Le dijo a Martín que quedaría en observación, y que las visitas estarían restringidas, y el hombre finalmente tuvo que entender que su víctima había pasado a través de una fisura en su cárcel.

Y sentir miedo al fin le tocó a él.

 El coraje

Al terminar su internación, le escribió a Martín un mensaje diciéndole que estaba determinada a continuar con el embarazo y a terminar la relación con él. Sin escuchar la respuesta, y luchando con sus miedos, se dejó orientar por la trabajadora social del hospital, quien le consiguió vivienda para mujeres embarazadas, la puso en contacto con la psicóloga del hospital, la acompaño a hacer una denuncia policial y testificó sobre las lesiones que había encontrado en su cuerpo.

Los primeros meses en la casita municipal fueron como un paraíso para ella,  donde además de oxígeno, encontró  a algunas mujeres que estaban en situación parecida.  Y su realidad de invisibilidad y soledad que la habían definido toda su vida, rápidamente empezó a cambiar. Saber que no era sola le daba una fuerza hasta ese día desconocida. Paola estaba sorprendida de lo rápido que la desolación daba paso a la alegría. Alegría compuesta un poco por el olvido del monstruo y otro poco por esperanza de la vida en su vientre. Un segundo de escucha había bastado para comprender, y una incipiente red había bastado para darle fuerza. Se sabía frágil, pero ya no se sentía tan sola. A medida que crecía su embarazo crecían también sus ambiciones y sueños, de manera que a la inscripción de un curso de pastelería en la municipalidad, le siguió la organización de una rifa para comprar los insumos que necesitaba. Y poco a poco, con bastante ayuda, empezó a creer que iba a poder.

Antes del parto decidió enfrentarse a él. Necesitaba dar nacimiento a una mujer nueva que pudiera cuidar de sí  misma para cuidar de otro. Sabía  el riesgo que corría, y busco ayuda en su nuevas amistades para  que la contengan antes y después del encuentro. Habló también con un efectivo de la policía para que se quede a una prudente distancia, y fue a verlo.

A medida que se acercaba a su antigua morada su determinación menguaba. Su imaginación le iba  dibujado a un hombre fuerte, decidido, viril. Su mente, traicionera, le trajo a la memoria los mejores recuerdos. Su memoria le reprodujo con exactitud palabras de amor y pedidos de perdón. Recordó el día que se conocieron y aquellos primeros celos. Cuando lo vio sonreírle, se derritió. Y estuvo tentada a volver con él, oyendo embelesada sus promesas de amor, y palabras condescendientes de comprensión.

Pero cuando estuvo a punto de rendirse, sintió la patada de su bebe, y con esa patada la fuerza de la verdad. Martín no iba a ser nunca lo que ella quería que fuera. Lo miró, y esta vez detectó la manipulación, el tono de voz sedoso, la condescendencia violenta y la mirada intimidante. Se acordó de cuando le hizo perder sus embarazos anteriores, y  lo imagino pegándole a su hijo. Y el fuego por fin salió. Paola venció a su mente y esa fue la victoria que torció historia. Y con la barbilla levantada, mirándolo fijo, abrazando a su panza y recibiendo la fuerza de su hijo, le dijo: “Si te volvés a acercar a mí o a mi hijo, te juro que te mato”.

 Y Martín le creyó.

 

La vida

En la semana 42 de un embarazo sano dio a luz por parto natural a una niña de 4 kilos a quien llamó Vida. Y sí, se aferró a ella.

 

 

Epilogo

En la vida real estas historias no suelen tener este final. La muerte prevalece con muchísima frecuencia. El bien no siempre vence, al menos en el corto plazo, las Paolas siguen muriendo, las obstétricas no se involucran, los abortos están a la orden del día, y los martines son gobernantes.

Pero Paola también existe, y Josefina, y la resiliencia, y el amor.

Y la muerte que ya no es definitiva muchas veces es vencida.

Y el bien a veces prevalece.

Y el amanecer a veces da vida a un nuevo día.

Todo depende de encontrar esa pequeña fisura en el muro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario