El avión se sacude. La luz de cinturón de seguridad se enciende. La azafata
dice las palabras de rutina: permanecer sentados, turbulencia, etc. Un hombre
en la fila de adelante se persigna con la izquierda y empieza a rezar. Mientras
lo observo sonrío y recuerdo aquella máxima de “Ateos hasta que el avión
empieza a caer”. Por las dudas, rezo yo también. No se si Dios querrá o no
evitar el desastre, pero una oración rápida no me puede hacer ningún mal.
Un sarandeo nuevo me saca la
reflexión. Se cae un carryon. Una
mujer grita. A mí me da igual. La
tensión es la pasajera estrella de este vuelo. Trato de mirar para afuera, pero
mis ojos se posan en cambio en la chica que tengo al lado. Una mujer muy joven, casi niña. Está pálida,
transpira, nudillos blancos, ojos extraviados. La veo temblar, se agarra la
cabeza, empieza a llorar. Me conmueve,
la abrazo. Se aferra a mi con fuerza, no habla. Sólo se hamaca. Trato de hacer
que me mire, no lo consigo. Le pregunto cómo se llama, Ji–ji-jimena, me
contesta. Un apagón de las luces del tablero la estremecieron. “Todo va a estar
bien” le dije. Inhaló profundamente sin dejar de temblar: “Ojalá. Ella me necesita.”
Su angustia y ella son una. Respira de a intervalos cortos, se le caen las
lagrimas. La invito a recitar algunas oraciones que recordaba de mi infancia.
Para mi asombro, ella las conoce todas y empezó a decirlas de un modo
frenético.
Después de un vuelo de 3 horas, con la espalda contracturada, el estómago
vacío, y la garganta seca, el avión aterriza, y el desahogo de los pasajeros se
hace notar con aplausos y gritos eufóricos.
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Jimena no gritó ni aplaudió solamente dejó de temblar. Algo de ella había
calado hondo en mí. No se si un latente instinto maternal afloró en mí frente a
su fragilidad o solamente la cuestión humana de empatizar con el dolor ajeno.
Pero comprendí que yo necesitaba verla llegar segura a su destino de modo que
le pregunte a dónde y cómo iba, y me dijo secamente que iba al hospital
Garraham en taxi.
-
Estas
enferma?- le pregunté
-
No,
beba prematura. Le daban ingreso hoy.
-
Vino en avión sanitario. Todavía no se si
sobrevivió a la tormenta.
Recibí la información como un cachetazo, algunas de las escenas previas
tomaron sentido para mí. Me conecté con mi Luna. Las lágrimas que hace 18 años
había llorado, inundaron mis ojos. La miré, totalmente atravesada por ella y le
pedí que me dejara acompañarla.
Ya en el taxi, Jimena miraba por la ventana, con una ansiedad absoluta. Era
flaquísima, nadie podría haber supuesto que acababa de parir un bebé. Le ofrecí
parar a comer y me dijo que no tenía hambre.
Llegamos al hospital, y esta vez fui yo la que temblé. Los recuerdos se
suscitaron en mi mente y se me confundieron los actores y las fechas, y me vi a
mi misma en ese mismo hospital 18 años atrás sosteniendo a mi única hija muerta
después de dos meses de internación. Luna
se llevó a la que alguna vez fui. Enterré junto a ella mis deseos de ser madre
y todo amor que alguna vez sentí. Murieron mi fe en un Dios sádico que se llevó
lo que más amé en el mundo, murió mi amor hacia Guillermo, y por supuesto,
murió mi amor a la vida, que yo poseía asqueada, sin coraje para quitármela ni tampoco
para vivirla. Luna y su muerte me volvieron oscura, solitaria y gris. No se si
morí con ella y quedé zombie o si sencillamente me convertí en otra persona. Después
de llorarla los primeros días, nunca más derramé una lágrima. Nunca más hable
de ella. Nunca más cuide un niño. Nunca más pasé por la manzana del Garraham.
Hasta hoy.
Esperamos en la sala de espera, cada una con nuestros fantasmas, pero
tomadas de la mano, hasta que la neonatóloga se acercó para decirnos que Sol se
encontraba estable. Que había llegado bien. Y que el panorama era muy
alentador. Que se avecinaban meses duros pero que la beba estaba muy aferrada a
la vida y respondía bien a todos los estímulos.
Por primera vez en todo el día, Jimena sonrió. La esperanza ilumino su
carita y lloró, esta vez con alivio. Y una calidez que yo ya había olvidado
empezó a emanar de mi interior. Los muros construidos alrededor de mi alma se
fisuraron, y algo distinto empezó a brotar a través de ellos. Yo también estaba
emocionada. Yo también estaba aliviada. Yo también estaba esperanzada.