No soy nostálgica. Por supuesto que recuerdo con cariño momentos donde fui
muy feliz. Pero no siento apego a esos momentos, siento que están ahí,
brindándome bocanadas de aire puro, que llegan en cualquier momento, de
cualquier manera, sacándome por un instante del aquí y ahora y llevándome de
prepo a un lugar inmortal. Como hoy, que sentí el aroma del algodón de azúcar,
y conecté instantáneamente con alguna plaza con calesita, o todas ellas, o la
Idea a lo platónico de plaza, o la mejor
plaza de todas. No importa si fui feliz, no se si me golpée , si lloré, o si me
fui ofuscada porque no me compraron otra vuelta más. Mi memoria con su
maravilloso selectivismo, decidió que el aroma del algodón de azúcar tiene que
ver con una plaza y esa plaza constituye un recuerdo feliz, y al recrearlo, mi alma es
feliz hoy. Pero no hay añoranza ahí, ni
melancolía. No creo que todo tiempo pasado siempre fue mejor, más bien soy del
team lo mejor está por venir.
Lo mismo siento con las personas.
Las importantes están ahí, aunque se hayan ido. La muerte no puede matar
ese recuerdo que me anega cuando leo un cuento de Cuca. Puedo escucharla, su
voz, su risa, sus ojitos cómplices. No la extraño porque me habita. Cada vez
que siento su perfume, o cuando algún recordatorio del celular me envía una
foto de ella. En otro giro estupendo de mi maravillosa mente, me olvido de
aquellas cosas que no descansan en ese cajón de recuerdos felices. No serán tan
importantes. Quizá ese dicho de que la muerte no redime a las personas, sea solamente
para las personas desconocidas. Porque a las que nos son entrañables, aquellas
que nos amaron tanto, las que nos brindaron seguridad, autoestima, cuidado, sin
duda alguna, sí lo hace.
Una vez tuve riesgo de muerte. Real riesgo. Y por bastante tiempo. Transité
un embarazo con muchas complicaciones en mucha soledad espiritual y física. No
quería morir, quería estar para mis hijos y también quería disfrutarlos. Sin
embargo, a pesar del miedo que sentí, en el momento de la cirugía, mi mente me
trajo la poesía de Amado Nervo, y entré al quirófano, repitiendo como un
Mantra: Vida, nada me debes, Vida, estamos en paz. Y así lo sentía realmente.
Dentro de tres generaciones, con suerte, nadie va a saber que alguna vez
existí. Y estoy en paz con eso. No necesito permanecer cuando no esté. No
pretendo inmortalidad. Quizá mi único anhelo sea habitar el corazón de quienes
me aman como habitan el mío los que amo yo. Y esa manera de vivir, habitando
corazones es un modo de ser inmortal. Yo
sé que la mama que tienen mis hijos no puede morir como no puede morir la mía.
Sencillamente es parte de mi.
No hay comentarios:
Publicar un comentario