lunes, 4 de septiembre de 2023

Vida estamos en paz

 


No soy nostálgica. Por supuesto que recuerdo con cariño momentos donde fui muy feliz. Pero no siento apego a esos momentos, siento que están ahí, brindándome bocanadas de aire puro, que llegan en cualquier momento, de cualquier manera, sacándome por un instante del aquí y ahora y llevándome de prepo a un lugar inmortal. Como hoy, que sentí el aroma del algodón de azúcar, y conecté instantáneamente con alguna plaza con calesita, o todas ellas, o la Idea a lo platónico  de plaza, o la mejor plaza de todas. No importa si fui feliz, no se si me golpée , si lloré, o si me fui ofuscada porque no me compraron otra vuelta más. Mi memoria con su maravilloso selectivismo, decidió que el aroma del algodón de azúcar tiene que ver con una plaza y esa plaza constituye un  recuerdo feliz, y al recrearlo, mi alma es feliz hoy.  Pero no hay añoranza ahí, ni melancolía. No creo que todo tiempo pasado siempre fue mejor, más bien soy del team  lo mejor está por venir.

Lo mismo siento con las personas.  Las importantes están ahí, aunque se hayan ido. La muerte no puede matar ese recuerdo que me anega cuando leo un cuento de Cuca. Puedo escucharla, su voz, su risa, sus ojitos cómplices. No la extraño porque me habita. Cada vez que siento su perfume, o cuando algún recordatorio del celular me envía una foto de ella. En otro giro estupendo de mi maravillosa mente, me olvido de aquellas cosas que no descansan en ese cajón de recuerdos felices. No serán tan importantes. Quizá ese dicho de que la muerte no redime a las personas, sea solamente para las personas desconocidas. Porque a las que nos son entrañables, aquellas que nos amaron tanto, las que nos brindaron seguridad, autoestima, cuidado, sin duda alguna, sí lo hace.

Una vez tuve riesgo de muerte. Real riesgo. Y por bastante tiempo. Transité un embarazo con muchas complicaciones en mucha soledad espiritual y física. No quería morir, quería estar para mis hijos y también quería disfrutarlos. Sin embargo, a pesar del miedo que sentí, en el momento de la cirugía, mi mente me trajo la poesía de Amado Nervo, y entré al quirófano, repitiendo como un Mantra: Vida, nada me debes, Vida, estamos en paz. Y así lo sentía realmente.

Dentro de tres generaciones, con suerte, nadie va a saber que alguna vez existí. Y estoy en paz con eso. No necesito permanecer cuando no esté. No pretendo inmortalidad. Quizá mi único anhelo sea habitar el corazón de quienes me aman como habitan el mío los que amo yo. Y esa manera de vivir, habitando corazones es un modo de ser inmortal.  Yo sé que la mama que tienen mis hijos no puede morir como no puede morir la mía. Sencillamente es parte de mi.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario