Cuando oyó al comandante anunciar el aterrizaje, Félix cerró los ojos, inhaló profundamente y sonrió. Había logrado dejar atrás al país que no tenía nada para ofrecerle. Había dejado atrás el modo de ser argentino, tan estridente, binario y pasional. Siempre había sido testigo y nunca partícipe de esas demostraciones exageradas de cualquier emoción. Claro que él sentía las mismas emociones, pero con la mitad de intensidad. Toda su vida se había sentido sapo de otro pozo.
Finalmente, llegado su cuarto de siglo, había logrado desembarcar en la capital financiera del mundo de ayer y de hoy. De mañana seguramente no, pero no importaba, a Félix nunca le había interesado demasiado el futuro. Profesaba un carpediemismo extremo. Su mantra era “vive hoy” y repitiéndolo cual canción pegadiza, había abandonado todo aquello con lo que no había estado a gusto. Su Dios era la libertad y el desapego su primer mandamiento.
Le había dicho a todo el mundo que la empresa en la que trabajaba cerraba la sucursal de Buenos Aires y le habían propuesto mantener su trabajo en Londres. En realidad, su empresa había cerrado las oficinas en Buenos Aires y le había dado una indemnización más que satisfactoria, y para no tener que dar explicaciones tediosas, simplificó su decisión con esa mentira.
Consiguió un studio moderno en South Kengsinton y lo decoró con muebles de diseño y de buen precio. Descartaba también la idea de que los muebles debían ser para toda la vida. Ahora lindos, ahora funcionales, ahora necesarios. El mañana se proveerá a sí mismo, decía.
La llegada al viejo continente lo tuvo muy ocupado consiguiendo un trabajo nuevo primero y adaptándose a él luego. También aprovechando cada minuto que tenía para conocer la ciudad. La encontraba fascinante, tan elegante, tan libre de todo sudamericanismo. Disfrutaba especialmente caminar por el puente de Waterloo. Ver de un lado la City financiera, moderna, capitalista y del otro la Londres monárquica antigua, histórica, pero a la vez vigente. Cada día se maravillaba por la aparente contradicción entre la locura del progreso de un lado del Támesis y la serena identidad de la Nación del otro. Las dos partes eran complementarias, pensaba, Juntas la convierten en lo que es. Londres sin la City podría ser cualquier pueblo europeo. Y la City sin Buckinham, La Torre y sus coloridos cambios de guardia en la plaza de armas, podría ser la misma Buenos Aires o cualquier ciudad pujante.
Como suele suceder, el verano dio paso al otoño y el otoño, con sus lluvias limitó sus caminatas diarias. Los días se habían vuelto grises y por algún designio misterioso, su alma se mimetizó con ellos. La rutina de subte, oficina y monoambiente ya no era tan maravillosa. Y la elegante cortesía de los locales lo mantenía siempre en su lugar de extranjero ya no tan abrazado.
Una tarde se encontró buscando en internet recetas para hacer empanadas. Las mismas que nunca le habían parecido de otro mundo. Sencillas, baratas, sin glamour. Empanadas que, además, dejaban olor a fritanga en toda la casa, cosa que siempre le había molestado. Sin embargo, con la perspectiva de la distancia y con algún componente nostálgico que no le era para nada propio, ese desagradable olor tomó la forma del hogar. Félix renegaba de los sentimentalismos, pero esta vez se lo permitió, estaba sólo, del otro lado del océano, y pasó la tarde completa amasando empanadas y rememorando tiempos que en ese momento se le antojaron más felices.
El otoño fue atravesado con bastante melancolía y mientras el trataba de recrear las recetas de su infancia descubrió que se hallaba a gusto cocinando. Cocinar lo mantenía atento a la actividad y totalmente conectado con el presente. Sin embargo los resultados podrían traer evocaciones al pasado e incluso convertir en memorables los momentos. Podía jugar con recetas viejas y agregar ingredientes de moda. Y también podía intentar recrear con exactitud los platos que había disfrutado tanto en casa. Hizo su versión del pastel de papas, la tarta con hongos, y hasta un lemon pie con leche condensada. Ya estaba harto de los guisos y sopas ingleses, y la cerveza tibia de los bares la verdad que no le hacía mucha gracia. Empezaba a extrañar ese lugar tan poco glamoroso que había dejado con desdén. Extrañaba a su familia, a sus amigos. Y estaba de un profundo mal humor por no poder disfrutar enteramente de la vida que había elegido.
A medida que el frío se hacía más punzante el sentimiento de soledad crecía. Félix sentía que siempre había estado solo, que en Buenos Aires él no era sino un producto de la imaginación del resto. Era lo que sus hermanos, primos, compañeros de rugby, compañeros del colegio, una madre y un padre pensaban de él. Todos ellos llenos de prejuicios jamás le habían preguntado por qué pensaba lo que pensaba. El amor que le tenían era enorme, y él siempre vivió con esa certeza primera. Un amor irreflexivo e incondicional, basado en la sangre y no en el vínculo. Un amor gratuito. Y él debía recibirlo y punto. Porque ese amor no exigía reciprocidad. Estaba ahí. Y siempre había estado. Pero ser amado no era lo mismo que ser comprendido, respetado y acompañado. Y Félix siempre había sabido que en su centro no había entrado nunca nadie.
Con sorpresa, admitió que ese centro tampoco había sido habitado por él mismo. Y cuando el invierno llegó, Félix se dio cuenta de que la causa profunda de su exilio había sido esa. Limpiase del ruido y los prejuicios y así adentrarse en ese núcleo misterioso.
Despacio, con plena conciencia de estar entrando en un terreno sagrado y protegido por la certeza de saberse tan amado, fue quitando los velos de esa intimidad desconocida. Y empezaron a aflorar los recuerdos desordenados de su infancia, clases, asados, colegio, los seven en Miramar, el torneo en el que salieron campeones, los mimos de mama, el Superman que le había regalado Tata, la ilusión de la llegada de Papa Noel, año nuevo en el campo del Tío José. Y a José. Y su cara lasciva se dibujó en su memoria. Y un hilo frío le recorrió la espalda. Y tomó conciencia de que había sido un monstruo. Y lloró. Y entendió. Y se abrazó. Y así estuvo en esa doliente y sanante soledad todo el invierno.
En ese invierno revelador, Félix cayó en la cuenta de que él mismo era Londres, que no hay historia sin guerras, ni guerras sin heridos. Que el Río divide la maravillosa urbe, y el puente la integra. El nombre de su puente favorito evocaba tanto a una batalla como a una victoria: Waterloo. Y vio la fuerza de La city construida sobre las callecitas medievales, y vio también la fuerza que emana del amor que le profesan a su Reina y a sus tradiciones. Cada inglés sabe que es lo que es por sí mismo, pero también por su historia. Que todo lo que existe tiene un ayer.
Y entonces supo también que parte de haber dejado su adolescente país natal tenía que ver con esa carencia de su patria. Que rechaza su historia y prefiere esconderla, y se desconoce, y se miente, y no crece. Una nación joven que niega todo lo que no le gusta. Que sólo vive el hoy y no piensa en el mañana.
Una nación que necesita pasar por el invierno crudo para verse luego florecida en primavera.