La mayoría de la gente piensa que al mundo lo han cambiado una
serie de personajes carismáticos o extravagantes. Hablamos de la Revolución y
pensamos en una guillotina. Un corte limpio realizado por un puñado de
valientes para dar nacimiento a algo nuevo. Muchos no nos damos cuenta de que el concepto
mismo de la guillotina valida la idea de un Estado Absoluto y no parece
llevarse tan bien con el famoso lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Si algo cambio en Francia no fue por los
lideres violentos sino por los muchos años de pequeños cambios. El arte, la
filosofía, incluso la propia monarquía fueron haciendo el camino con migajas
que Robespierre y Napoleón ni siquiera lograron seguir bien.
Los revolucionarios en solitario a duras penas consiguen
cambiar el maquillaje. Las formas, los vicios y los modelos profundos siguen ahí,
fuertes y vigentes, salvo que éstos estén llenos de gente como Ella.
Ella, desde muy chiquita había querido parir. No concebía
otro modo de dar a luz. Y si algo sabía desde siempre es que iba a ser mamá. Y
fue creciendo, haciendo de esta obviedad su mayor sueño y su vocación.
El primer embarazo fue mágico y planeó al detalle un parto
sin intervenciones. Porque nada era necesario para parir que no fueran ella y
su bebé, y el ambiente seguro, el amor sosteniéndole la mano y la luz tenue
acompañando el momento sagrado. Pero el
sueño se hizo pesadilla encontrándola amanecida en medio de una hemorragia
derivada en cirugía.
Ella no tenía culpas, había sido cosa del destino. Ni
resentimientos, esta cesárea le había salvado la vida a ella y a Pedro. Y la
agradecía. El médico además había sido muy profesional y eficiente, a quien
debía la vida. Pero a la vez que estaba agradecida con el médico y feliz con su
maternidad tenía un duelo para hacer. La cirugía para ella no había sido sólo
los puntos, sino el derrumbe de lo que siempre había sido obvio. Y no se sentía
comprendida por nadie de su entorno, que solamente estaba feliz por verlos bien
a los dos.
Cuando quedó embarazada por segunda vez toma la decisión de
no centrarse en el parto. Porque tanto había dolido la primera cesárea que no
quería quitarle protagonismo a su hijo, y eligió buscar un parto, pero tener al
hijo. Confiaba en que esta vez el trabajo sería hecho por su naturaleza
mamífera y la memoria ancestral de su cuerpo de mujer. Pero nunca dimensionó
que la cultura había levantado un muro de rutinas y protocolos que podrían
presentar batalla a la natura. E incluso vencerla. Tomi nació, sano, en una
cesárea cuidada y respetuosa. Pero innecesaria.
Y este nacimiento la despertó. Tomó noción de que el parto de
Tomi le fue arrebatado por algo que no fue Dios. Y esta vez se sintió culpable
por no haber sabido, por no haber esperado y por no haber estudiado. También se
enojo con el hombre bueno que entre música melódica le hizo el tajo en el útero
por segunda vez. De este enojo salió la acción. ella sabía que después de dos
cesáreas el parto en institución iba a ser imposible, salvo que ella encontrara
la manera.
Y empezó a estudiar, y cuanto más leía más entendía que los
porcentajes de cesárea eran abrumadores, que los riesgos de esperar los
nacimientos eran ínfimos, que el parto después de cesárea no aumentaba
significativamente la mortalidad. Y se metió en un grupo de mujeres activistas
en contra del sistema obstétrico.
Estas mujeres habían inventado el termino de violencia
obstétrica. Había abogadas que denunciaban a los médicos, hippies que parían en
sus casas, parteras que contaban sus experiencias. Eran mujeres muy enojadas,
mucho más enojadas que ella. Mujeres que habían tomado la lucha por el parto
como la causa de sus vidas. Algunas de ellas hablaban de amor pero sentían odio
y estaban en guerra. Algunas eran mujeres frágiles, heridas, que habían encontrado
en la herida y la lucha la fuerza para seguir. Otras sentían curiosidad por el
parto pero no tenían el fuego de los que cambian la historia. Y juntas, en una tribu
que crecía, habían empezado a hacer una base de datos, en apariencia bastante
confiable, pero sin respaldo científico.
Todo este enojo, volcado en la acción, a veces violenta,
había dado pasos importantes en beneficio de la salud de madres y bebes. Pero
nuestra heroína, por más que estaba admirada de su fuerza no compartía sus
métodos, y adentro suyo creía que el camino del cambio era otro.
Tenía como frase de cabecera “Para cambiar el mundo hay que
cambiar la forma de nacer”, y creía que nacer en un entorno en pie de guerra
era incluso peor que hacerlo antes de tiempo como resultado de protocolos
médicos.
Un tercer bebé que no llega a nacer le muestra que su cuerpo
está sano. Y que el parto es posible. Y cuando llega la cuarta gesta ya no
quedaban dudas.
Ella deseaba parir a su hijo. Necesitaba reconocer que su
cuerpo no estaba fallado. Necesitaba darle todos los beneficios que solo ella y
su canal de parto podían transmitirle. Necesitaba protegerlo de vacunas innecesarias,
deseaba que el cordón lo corten tarde, y que no lo pesen, y gritar como loba y
amamantar como mamífero. Pero también deseaba hacerlo en un contexto seguro de
la mano de un marido sin miedos, y confiando en la bondad de las personas que
la atendieran.
Tenía 9 meses para lograr unir dos puntas que parecían
irreconciliables. Pero eligió creer que podría. Debía lograr su objetivo sin traicionar
sus principios. Ella era una activista de la paz, no iba a parir con violencia.
Y transitó ese embarazo con
esperanza que no perdió aun cuando el único obstetra del país que había
aceptado acompañarla quedó de licencia. Con sonrisas y alfajores convenció a su
nuevo obstetra a acompañarla en su deseo. Porque Ellla entendía ese miedo, el
mismo que sentía toda la gente que la conocía, un miedo basado en la escasez de
experiencia y no en su propia persona. Su
fe en ella misma y su respeto hacia el lograron que fuera mirada como individuo
y no como estadística. Y este médico, también valiente, se animó a atenderla
mirando unicamente los signos reales del embarazo real y no las posibilidades
inciertas de embarazos imaginarios. Esta
concesión fue su primer victoria que fue seguida por otras.
Y así, llegó el día en que Bauti nació. Con partera en casa
esperó hasta ultimo momento para ir al hospital donde nació en un parto sin
intervenciones al ratito de llegar. Convenció con “por favores” y “sonrisas”
que algunos protocolos del nacimiento se postergaran y para sorpresa de todos,
tanto ella como Bauti salieron del Hospital dos días después sanos y felices. Esta
experiencia cambio el nacimiento de Bauti, la vida de Ella y aportó empiria a
todos los profesionales que la trataron y su caso institucionalizado cambió la
estadística sobre la que futuros médicos estudiarían.
Este nacimiento además convirtió a nuestra heroína en
partera, de manera que ahora esta búsqueda de cambiar el modo de nacer lo
realiza desde un sistema, que es sólo mejorable con gente como ella, comprometida
desde dentro.
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