La muerte
Estaba
suspendida, petrificada, dura, pasiva, helada. Respiraba, pero no vivía. Era
testigo silencioso de lo que Martín hacía. Su quietud era su ruina. Victima. Sabía
que él podía matarla, sabía que lo haría. Sabía que ya lo había hecho. No una,
sino cien veces.
Hacía
años que había cedido al miedo. Le había
ido cediendo terreno, al principio despacito, sintiéndose halagada por las
muestras de posesividad que había camuflado en cariño. Necesitó inventarse ese afecto después de
haber sido invisible toda su vida. Sentía orgullo de sí misma y satisfacción
plena cada vez que la celaba. Había contribuido gustosa a construir el cerco,
que devino en muro, que los separaba a ella y él del resto del mundo.
Poco
a poco los reclamos que habían parecido amorosos y ardientes fueron mutando a
violentos y pasionales, y ni siquiera con las escenas de fingido remordimiento
que los sucedían podían ser considerados
actos de amor. Sin embargo, ella, necesitada y sola siguió adelante,
justificándolo y justificándose. Lo
llamaba amor enfermo, y soñaba con
curarlo. Se convirtió en una maquilladora experta. Maquillaba moretones y dolores. Perdió a los golpes un embarazo,
luego dos. Ni siquiera los lloró.
Cada golpe en su cuerpo mutilaba su alma. Cada noche violada la
despersonalizaba un poco más. Paola no tenía salida. Ya ni siquiera tenía
miedo. Rogaba a algún Dios que quisiera escucharla, que se la llevara pronto.
Y
así pasaron los días, meses, años.
La mirada
Tercer
embarazo. Ella había sospechado de su condición, pero había callado.
Secretamente anhelaba ese niño. Era lo único que tenía. Lo único de ella. Su
intuición le decía que su vida dependía de él. Y si hubiera salvación para
ella, también.
Cuando
Martín se enteró la llevó a abortar. Paola iba al lado de él, invisible como
siempre. Caminaba al hospital como la misma mujer despersonalizada, callada y dócil,
que siempre le obedecía y siempre lo perdonaba.
Pero ese día, alguien sí la vio, pero sobre
todo la miró. Vio su andar lento y temeroso, su cara impávida en la cual
destacaban dos ojos anhelantes. Y observo sus manos, las dos, envolviendo su
vientre, en una posición que significaba posesión y protección. Todo en ella la conmovió, también vio un
moretón en el brazo, y el andar decidido del hombre. Tembló. Entendió todo. Se
comprometió en silencio. Y actuó.
El
amor
Josefina
amaba su trabajo, amaba acompañar a las mujeres en el proceso de gestación,
repetía a todas sus pacientes que para cambiar el mundo había que cambiar el
modo de nacer. Había sido enfermera, maestra y madre. Había militado
en contra de la ley de aborto legal, pero a la vez había elegido acompañar a
mujeres que habían decidido abortar. Porque su posición personal jamás había
interferido en el respeto que le tenía al otro, a sus miedos y a sus
decisiones.
Josefina
apuró el paso, llegó al hospital y hablo con la mujer de recepción, de manera
que cuando el hombre llegó y quiso imponer sus modos, nadie se lo permitió.
Josefina recibió a Paola en soledad. Y le dio el tiempo de acomodar sus pensamientos.
Paola expresó como pudo su sentir de que su vida y la de ese hijo se dependían
mutuamente. Lloró por fin, le dijo que no quería perderlo y no quería morir. Le
dijo que le tenía miedo al monstruo. Le hablo de sus dos embarazos perdidos. Josefina
le hizo una ecografía y gestionó una internación. Le dijo a Martín que quedaría
en observación, y que las visitas estarían restringidas, y el hombre finalmente
tuvo que entender que su víctima había pasado a través de una fisura en su
cárcel.
Y
sentir miedo al fin le tocó a él.
El
coraje
Al
terminar su internación, le escribió a Martín un mensaje diciéndole que estaba determinada
a continuar con el embarazo y a terminar la relación con él. Sin escuchar la
respuesta, y luchando con sus miedos, se dejó orientar por la trabajadora
social del hospital, quien le consiguió vivienda para mujeres embarazadas, la
puso en contacto con la psicóloga del hospital, la acompaño a hacer una
denuncia policial y testificó sobre las lesiones que había encontrado en su
cuerpo.
Los
primeros meses en la casita municipal fueron como un paraíso para ella, donde además de oxígeno, encontró a algunas mujeres que estaban en situación
parecida. Y su realidad de invisibilidad
y soledad que la habían definido toda su vida, rápidamente empezó a cambiar. Saber
que no era sola le daba una fuerza hasta ese día desconocida. Paola estaba
sorprendida de lo rápido que la desolación daba paso a la alegría. Alegría
compuesta un poco por el olvido del monstruo y otro poco por esperanza de la vida
en su vientre. Un segundo de escucha había bastado para comprender, y una
incipiente red había bastado para darle fuerza. Se sabía frágil, pero ya no se
sentía tan sola. A medida que crecía su embarazo crecían también sus ambiciones
y sueños, de manera que a la inscripción de un curso de pastelería en la
municipalidad, le siguió la organización de una rifa para comprar los insumos
que necesitaba. Y poco a poco, con bastante ayuda, empezó a creer que iba a
poder.
Antes
del parto decidió enfrentarse a él. Necesitaba dar nacimiento a una mujer nueva
que pudiera cuidar de sí misma para
cuidar de otro. Sabía el riesgo que
corría, y busco ayuda en su nuevas amistades para que la contengan antes y después del
encuentro. Habló también con un efectivo de la policía para que se quede a una
prudente distancia, y fue a verlo.
A
medida que se acercaba a su antigua morada su determinación menguaba. Su
imaginación le iba dibujado a un hombre
fuerte, decidido, viril. Su mente, traicionera, le trajo a la memoria los
mejores recuerdos. Su memoria le reprodujo con exactitud palabras de amor y
pedidos de perdón. Recordó el día que se conocieron y aquellos primeros celos.
Cuando lo vio sonreírle, se derritió. Y estuvo tentada a volver con él, oyendo
embelesada sus promesas de amor, y palabras condescendientes de comprensión.
Pero
cuando estuvo a punto de rendirse, sintió la patada de su bebe, y con esa
patada la fuerza de la verdad. Martín no iba a ser nunca lo que ella quería que
fuera. Lo miró, y esta vez detectó la manipulación, el tono de voz sedoso, la condescendencia violenta y la mirada intimidante. Se acordó de cuando le hizo
perder sus embarazos anteriores, y lo
imagino pegándole a su hijo. Y el fuego por fin salió. Paola venció a su mente
y esa fue la victoria que torció historia. Y con la barbilla levantada, mirándolo
fijo, abrazando a su panza y recibiendo la fuerza de su hijo, le dijo: “Si te
volvés a acercar a mí o a mi hijo, te juro que te mato”.
Y Martín le creyó.
La
vida
En
la semana 42 de un embarazo sano dio a luz por parto natural a una niña de 4
kilos a quien llamó Vida. Y sí, se aferró a ella.
Epilogo
En
la vida real estas historias no suelen tener este final. La muerte prevalece
con muchísima frecuencia. El bien no siempre vence, al menos en el corto plazo,
las Paolas siguen muriendo, las obstétricas no se involucran, los abortos están
a la orden del día, y los martines son gobernantes.
Pero
Paola también existe, y Josefina, y la resiliencia, y el amor.
Y
la muerte que ya no es definitiva muchas veces es vencida.
Y
el bien a veces prevalece.
Y
el amanecer a veces da vida a un nuevo día.
Todo depende de encontrar esa pequeña fisura en el muro.