lunes, 2 de octubre de 2023

Agua que busca el mar

 



Amor, libertad y vida. En ese orden. ¿De qué sirve estar vivo sin amor? ¿Qué clase de amor es el amor no libre? ¿Qué es la vida sin libertad?

Hija de mi circunstancia. Mujer de mi tiempo. Soy lo que otros quisieron que sea. Soy también lo que el destino hizo conmigo. Soy continuación de una estirpe de repetición de mismos dolores y similares aciertos. Tengo un acervo genético azaroso. Intereses culturales estimulados desde mi infancia. Fui amada, y ese amor me hizo resiliente.  ¿Acaso todo aquello que creo que elegí no fue producto de lo que me fue dado?

Criada en un lugar de fuerza femenina, ¿cuánta posibilidad tenía yo de n o ser fuerte? ¿Cuántos de mis méritos en realidad no son míos sino producto de mi contexto?

¿Acaso existió alguna vez en mi universo mental la posibilidad de no estudiar ni maternar?

¿Qué espacio me deja mi circunstancia de ser yo misma? ¿Quién es “yo misma”?

Soy libre en mi esencia. Soy libre caminando en un bosque de condicionamientos. Soy libre porque elijo avanzar a través de él y a veces, quizá, ser capaz de ver como mi mirada atenta los transforma. Soy libre para hacerme preguntas. Soy libre para cuestionar respuestas que hicieron otros. Soy libre para animarme a mover algún peón diferente en este juego que es la vida que ya sabemos todos cómo termina.

Se que si elijo amar es porque fui amada, si elijo perdonar es porque fui perdonada, si elijo vivir es porque puedo saber lo lindo que es estar viva. Si elijo escribir es porque se escribir, si elijo correr es porque tengo dos piernas, si elijo darme es porque me tengo. 

Y sin embargo cierro los ojos y se me sé libre.

Soy agua que busca su curso. Intenta fluir. Agua que a veces corre con mucha fuerza y es capaz de iluminar a una nación. Soy un río lleno de afluentes que quiere ir al mar, y mi libertad consiste, básicamente, en intentar quitarle los obstáculos para que pueda llegar.

 

 

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lunes, 4 de septiembre de 2023

Vida estamos en paz

 


No soy nostálgica. Por supuesto que recuerdo con cariño momentos donde fui muy feliz. Pero no siento apego a esos momentos, siento que están ahí, brindándome bocanadas de aire puro, que llegan en cualquier momento, de cualquier manera, sacándome por un instante del aquí y ahora y llevándome de prepo a un lugar inmortal. Como hoy, que sentí el aroma del algodón de azúcar, y conecté instantáneamente con alguna plaza con calesita, o todas ellas, o la Idea a lo platónico  de plaza, o la mejor plaza de todas. No importa si fui feliz, no se si me golpée , si lloré, o si me fui ofuscada porque no me compraron otra vuelta más. Mi memoria con su maravilloso selectivismo, decidió que el aroma del algodón de azúcar tiene que ver con una plaza y esa plaza constituye un  recuerdo feliz, y al recrearlo, mi alma es feliz hoy.  Pero no hay añoranza ahí, ni melancolía. No creo que todo tiempo pasado siempre fue mejor, más bien soy del team  lo mejor está por venir.

Lo mismo siento con las personas.  Las importantes están ahí, aunque se hayan ido. La muerte no puede matar ese recuerdo que me anega cuando leo un cuento de Cuca. Puedo escucharla, su voz, su risa, sus ojitos cómplices. No la extraño porque me habita. Cada vez que siento su perfume, o cuando algún recordatorio del celular me envía una foto de ella. En otro giro estupendo de mi maravillosa mente, me olvido de aquellas cosas que no descansan en ese cajón de recuerdos felices. No serán tan importantes. Quizá ese dicho de que la muerte no redime a las personas, sea solamente para las personas desconocidas. Porque a las que nos son entrañables, aquellas que nos amaron tanto, las que nos brindaron seguridad, autoestima, cuidado, sin duda alguna, sí lo hace.

Una vez tuve riesgo de muerte. Real riesgo. Y por bastante tiempo. Transité un embarazo con muchas complicaciones en mucha soledad espiritual y física. No quería morir, quería estar para mis hijos y también quería disfrutarlos. Sin embargo, a pesar del miedo que sentí, en el momento de la cirugía, mi mente me trajo la poesía de Amado Nervo, y entré al quirófano, repitiendo como un Mantra: Vida, nada me debes, Vida, estamos en paz. Y así lo sentía realmente.

Dentro de tres generaciones, con suerte, nadie va a saber que alguna vez existí. Y estoy en paz con eso. No necesito permanecer cuando no esté. No pretendo inmortalidad. Quizá mi único anhelo sea habitar el corazón de quienes me aman como habitan el mío los que amo yo. Y esa manera de vivir, habitando corazones es un modo de ser inmortal.  Yo sé que la mama que tienen mis hijos no puede morir como no puede morir la mía. Sencillamente es parte de mi.

 

 

lunes, 14 de agosto de 2023

LA MAGIA

 



Un origen

La semilla, bien cuidada, crecida, germinada. Esperada, soñada, deseada.  Unos ojos cansados, húmedos de emoción. Otros ojos perdidos. Parecen vacíos. Pero saben dónde están. Están en paz. Ya empezó a escribirse una historia. Brazos que sostienen. Calor de cuerpos. Ternura. Leche tibia que es vida, alimento y amor.

Así vino a esta tierra ella. Ese amor la definió y luego la salvó.

Porque no importa que pase, ni cómo. Cuanto hayan intentado  romperla. Cuando lograron quebrarla  y estalló en mil pedazos, cuando parecía que no había nada más, cuando nada tenía sentido, cuando se encontró  humillada, vulnerada, temerosa, desesperada. Entonces quedaba ese  único pedazo intacto.  Esa mirada, ese calor, esa certeza profunda, tan primaria como la respiración, de que su vida valía. Mucho. Su ser profundo es de luz. Y de una manera casi mágica, esa certeza empieza a unir los pedazos diseminados, despacio, con tiempo, con paciencia, hasta que se vuelve a armar. Ella, quizá transformada, herida, pero más fuerte.

 Ella, resiliente.

 

 

Otro origen

Sórdido. De abandono. De soledad. Un niño que llegó pero podría no haber llegado. Un niño que no fue amamantado, ni abrazado. Hijo del mal, de la guerra, del rencor. Hijo usado como bien de cambio, hijo traído para llenar vacío. Hijo de nadie, de los que hay demasiados en este mundo. Niño sin nombre, sin rostro, sin emoción. Hijo de la pobreza, de la marginalidad. Niño invisible. Niño sin mirada. Niño sin amor.

Niño que nace roto y crece intentando pegar los pedazos. Con cualquier cosa. Pero nada alcanza, nunca. Niño que  crece corriendo carreras que siempre pierde.  Llenando barriles sin fondo. Buscando y no encontrando.  Niño que luego es padre. Padre que rompe niños. La reproducción del horror. Vivos que parecen muertos. Solitarios.  Víctimas y victimarios.

 

La mirada

Ella se encontró con uno de estos hijos de nadie.  Estaba apurada. Pero lo vió y después de verlo lo miró. Esos ojos que habían sido invisibles empezaron a dibujarse en una cara muy borrosa. Se le mostraron inmensos. Bellos. Dolientes. Ella lo miró y se conmovió. Y el niño invisible por primera vez no sintió frío. Ella sonrió y se agachó para ponerse a su altura.  El le devolvió la sonrisa.  Ella le preguntó su nombre y le dijo el suyo. Y se fueron acercando. En un tiempo fuera del tiempo, se supieron iguales. Conectaron las almas.  Y aquello que la había reparado a ella, empezó a obrar también en él. Porque esta magia traspasa la materia. Desconoce el límite.

 Siempre repara, no importa a quien, aquella primera Mirada.

 

 

You may say i´m a dreamer, but i´m not the only one.

I hope some day you will join us.

 And the world, will be as one

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 27 de julio de 2023

CIRCULARIDAD

 






El avión se sacude. La luz de cinturón de seguridad se enciende. La azafata dice las palabras de rutina: permanecer sentados, turbulencia, etc. Un hombre en la fila de adelante se persigna con la izquierda y empieza a rezar. Mientras lo observo sonrío y recuerdo aquella máxima de “Ateos hasta que el avión empieza a caer”. Por las dudas, rezo yo también. No se si Dios querrá o no evitar el desastre, pero una oración rápida no me puede hacer ningún mal.

Un sarandeo nuevo me saca la  reflexión.  Se cae un carryon. Una mujer grita. A mí me da igual.  La tensión es la pasajera estrella de este vuelo. Trato de mirar para afuera, pero mis ojos se posan en cambio en la chica que tengo al lado.  Una mujer muy joven, casi niña. Está pálida, transpira, nudillos blancos, ojos extraviados. La veo temblar, se agarra la cabeza, empieza a llorar.  Me conmueve, la abrazo. Se aferra a mi con fuerza, no habla. Sólo se hamaca. Trato de hacer que me mire, no lo consigo. Le pregunto cómo se llama, Ji–ji-jimena, me contesta. Un apagón de las luces del tablero la estremecieron. “Todo va a estar bien” le dije. Inhaló profundamente sin dejar de temblar:  “Ojalá. Ella me necesita.”

Su angustia y ella son una. Respira de a intervalos cortos, se le caen las lagrimas. La invito a recitar algunas oraciones que recordaba de mi infancia. Para mi asombro, ella las conoce todas y empezó a decirlas de un modo frenético.

Después de un vuelo de 3 horas, con la espalda contracturada, el estómago vacío, y la garganta seca, el avión aterriza, y el desahogo de los pasajeros se hace notar con aplausos y gritos eufóricos.

 

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Jimena no gritó ni aplaudió solamente dejó de temblar. Algo de ella había calado hondo en mí. No se si un latente instinto maternal afloró en mí frente a su fragilidad o solamente la cuestión humana de empatizar con el dolor ajeno. Pero comprendí que yo necesitaba verla llegar segura a su destino de modo que le pregunte a dónde y cómo iba, y me dijo secamente que iba al hospital Garraham en taxi.

-         Estas enferma?- le pregunté

-         No, beba prematura. Le daban ingreso hoy.

-          Vino en avión sanitario. Todavía no se si sobrevivió a la tormenta.

Recibí la información como un cachetazo, algunas de las escenas previas tomaron sentido para mí. Me conecté con mi Luna. Las lágrimas que hace 18 años había llorado, inundaron mis ojos. La miré, totalmente atravesada por ella y le pedí que me dejara acompañarla.

Ya en el taxi, Jimena miraba por la ventana, con una ansiedad absoluta. Era flaquísima, nadie podría haber supuesto que acababa de parir un bebé. Le ofrecí parar a comer y me dijo que no tenía hambre.

Llegamos al hospital, y esta vez fui yo la que temblé. Los recuerdos se suscitaron en mi mente y se me confundieron los actores y las fechas, y me vi a mi misma en ese mismo hospital 18 años atrás sosteniendo a mi única hija muerta después de dos meses de internación.  Luna se llevó a la que alguna vez fui. Enterré junto a ella mis deseos de ser madre y todo amor que alguna vez sentí. Murieron mi fe en un Dios sádico que se llevó lo que más amé en el mundo, murió mi amor hacia Guillermo, y por supuesto, murió mi amor a la vida, que yo poseía asqueada, sin coraje para quitármela ni tampoco para vivirla. Luna y su muerte me volvieron oscura, solitaria y gris. No se si morí con ella y quedé zombie o si sencillamente me convertí en otra persona. Después de llorarla los primeros días, nunca más derramé una lágrima. Nunca más hable de ella. Nunca más cuide un niño. Nunca más pasé por la manzana  del Garraham.

Hasta hoy.

Esperamos en la sala de espera, cada una con nuestros fantasmas, pero tomadas de la mano, hasta que la neonatóloga se acercó para decirnos que Sol se encontraba estable. Que había llegado bien. Y que el panorama era muy alentador. Que se avecinaban meses duros pero que la beba estaba muy aferrada a la vida y respondía bien a todos los estímulos.

Por primera vez en todo el día, Jimena sonrió. La esperanza ilumino su carita y lloró, esta vez con alivio. Y una calidez que yo ya había olvidado empezó a emanar de mi interior. Los muros construidos alrededor de mi alma se fisuraron, y algo distinto empezó a brotar a través de ellos. Yo también estaba emocionada. Yo también estaba aliviada. Yo también estaba esperanzada.


jueves, 10 de noviembre de 2022

LA UNICA MANERA

 


 

Cuando Rodrigo llegó a su departamento todavía estaba muy confundido por la conversación que había tenido con Paulina. Él ya había terminado relaciones antes y reconocía el miedo cuando lo veía. Él tampoco había querido ser feliz, o mejor dicho, se había creído incapaz de serlo. En el pasado hubiera sentido alivio al escuchar a Paulina, pero hoy, en cambio,  sintió el ardor de un cachetazo.  Después de escuchar sus palabras fue capaz de ver lo que antes le había sido ocultado: la herida en carne viva, el dolor y el miedo. Vio la máscara de autosuficiencia estallar en mil pedazos. Vio necesidad. Vio esperanza.  Algo en esa mirada desesperada lo conmovió profundamente y lo hizo desear conocer más de ella. Paulina le estaba dando la espalda a la posibilidad de ser feliz. Y esa negativa fue la prueba de que ella también estaba rota. Y también necesitaba tiempo para juntar sus pedazos. Y supo, que por algo se habían encontrado, el todavía estaba juntando los suyos.  

La negativa de Paulina lo enmudeció. Asintió a su afirmación, y se fue sumido en sus pensamientos y recuerdos que durante el último tiempo habían permanecido dormidos. Su propia felicidad siempre había sido un oxímoron. y sentarse a ver su corazón estallar en mil pedazos, el final necesario de una historia que había nacido como tragedia.

Rodrigo había visto como su mamá soportaba gritos y golpes de su padre por cualquier motivo.  Su mamá, una mujer amorosa y débil no había sabido protegerse, y él había tenido mucho miedo del monstruo a quien debía llamar padre. Hasta que un día el monstruo la mató y su miedo se convirtió en una culpa voraz. La culpa por no haberla defendido. La culpa por no haber estado. La culpa incluso por haber nacido. Quince años tenía cuando la mató. Quince años recién cumplidos, corta edad para haber conocido el horror. Corta edad para volverse hombre. 15  no tan tiernos años tenía cuando decidió volver de hierro el corazón de lo mucho que dolía estar vivo. Los recuerdos de esos días no los llevaba en la memoria, sino en el alma. Se le habían hecho carne. Lo definían. Lo habían moldeado como un ser lleno de miedo, rencor y dolor.

Con retorcido placer recordaba cada noche el momento en que encontró a su mamá agonizante. sus ojos vidriosos, la sangre en el piso, y sus ultimas palabras: te amo bebe.

Y como un bebé abandonado cada noche se abrazaba a sí mismo, dejaba caer una lagrima silenciosa y se daba el gusto de extrañarla. Y cada noche, luego de secar la lágrima juraba vengar su muerte.  Y  con este ritual diario había encontrado una insana satisfacción en la que se compadecía de sí mismo a la vez que encontraba el sentido de su vida en el sufrimiento y en la venganza.

Sin embargo, para los poco despiertos ojos de los estándares sociales, Rodrigo era una joya exótica. Su belleza única heredada de su madre le otorgó siempre compañía femenina. El amor no era una exigencia en sus relaciones, y ciertamente la sociedad no le exigía que lo sintiera. Había terminado la carrera de abogacía con medalla de honor. La facultad no había preguntado la razón de su elección a ella le daba igual si tenía sed de justicia o de venganza. El estudió con esmero cada ley para asegurarse de que su padre quedara preso para siempre. y tras su graduación accedió a un lugar en un prestigioso estudio de abogados.  De manera que al hombre bello y estudiante capaz se le sumó el profesional exitoso, y aquel niño roto era ignorado por todos.

Cuando  finalmente consiguió la cadena perpetua para su padre, quince años después del asesinato, Rodrigo, en vez de festejar se deprimió. El motivo de su vida entera había terminado. Y los recuerdos que lo atosigaban hacía años empezaban a espaciarse. Sin embargo, esos espacios que debían ser oxigenantes los vivía con culpa, sentía que traicionaba la memoria de su mamá.

Se sentía deprimido por el vacío de sentido y para nada dispuesto a llenar ese espacio con algo nuevo. Pero muy a pesar suyo, algo dentro empezaba a ceder. Ya no acudían persistentemente  los recuerdos de su madre agonizante, sino otros más felices, de su infancia, donde el era el protagonista. Recuerdos de juegos, sabores y canciones se hacían cada vez mas frecuentes.  El amor de sus abuelos, los juegos con sus primos. Las cosquillas que le hacía el pasto cuando se acostaba en soledad a ver el cielo y encontrarles forma a las nubes. y la sonrisa de su mamá siempre acompañada con palabras de amor. Rodrigo había intentado resistirse, pero finalmente el hielo empezaba a derretirse, y no tuvo más opción que reconocer que había mucho mas en él que muerte. Y empezaba a desear conocer qué.

Un día entre la correspondencia típica de cuentas y facturas a pagar, llegó una invitación del municipio para adherirse a un programa de padrinazgo que consistía fundamentalmente en donar dinero para solventar los gastos de educación y ropa de algún niño al azar del hogar municipal, con la posibilidad de conocerlo y llevarlo a pasear o a hacer alguna actividad. Leía la propuesta sin demasiado interés hasta que sus ojos se posaron en la foto de la niña que ilustraba el folleto, en la foto la niña no sonreía. Miraba a la cámara con desgano, y esos ojos sin brillo lo sacudieron. La misma mirada que el mismo había dejado de ver en el espejo hacía poco tiempo. Rodrigo sintió como el hierro que quedaba en el corazón se fundió,  y supo que ese folleto y esa niña lo estaban llamando a él. Y tuvo la lucidez de responder. Y ese acto irracional pero brillante fue la curva de 180 grados que redireccionó su existencia toda.

Cuando Rodrigo llegó al hogar vio a dos personas. Javier y Paulina.  Paulina, la médica pediatra del lugar estaba haciendo reír a Javier y rodrigo vio como esa risa transformaba enteramente el rostro del niño. La sombra de su mirada aparecía cada vez que se iba la risa. Y Rodrigo interrumpió la escena para participar de ese momento mágico en el que la risa borraba el horror.

Y con muchísima alegría recibió luego la noticia de que Javier era el niño que le habían asignado para apadrinar.

Y se dejó conmover. Y dejó a Javier entrar en su vida. Y fue dándose cuenta de que cuanto más el intentaba ayudar a Javier más juntos estaban los pedazos de su alma. Empezó a sentir que su corazón ya no temblaba con la autocompasión, sino que buscaba maneras de mejorar la vida de Javier. Y con el paso de los meses también se enamoró de esa medica altruista y entregada con el poder de sanar con sus manos y con su ternura. Porque el la había visto en acción. Y, testigo del poder de su  amor en otros empezó a desearlo para sí mismo. Y con un poco de paciencia y bastante miedo consiguió que Paulina accediera a salir con él.

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Y ahora todo había acabado.

Pum.

La burbuja mágica había explotado.

Rodrigo sintió la tentación de volver a aquel lugar cómodo y calentito que lo había acompañado tantos años. Casi  da inicio a aquel ritual doliente en el que se autoconvencía de que no había nacido para el amor. Pero mientras hacía el esfuerzo para sufrir por Paulina, lo que acudía a su mente era la ilusionada carita de Javier.

La cara tímida y apática de Javier cuando lo conoció, a los 9 años, triste, huraño, solo. Lleno de miedo. Casi no hablaba. Y la necesidad inmediata que sintió Rodrigo de protegerlo. Ese niño de expresión atormentada que le hizo olvidar su propio tormento. Y luego, como en una secuencia fotográfica, encontró sus ojos negros, brillantes, llenos de alegría, cuando le creyeron a Rodrigo  que  había llegado para quedarse. El rostro de Javier cambio para siempre cuando el recelo dio paso a la confianza, y Rodrigo se prometió ser digno de ella.

Ese día Rodrigo eligió a Javier sobre su dolor. El futuro sobre sobre su pasado. El amor sobre el dolor. El perdón sobre el rencor. La resiliencia sobre la autocompasión.

Ese día empezó a elegir a Javier como su familia.

Había iniciado los papeles de adopción de Javier y le iba a decir a Paulina que le iba a dar el tiempo que necesitara,  pero que el tiempo sólo no cierra las heridas.

Solo el amor lo haría. Y que contaba con el suyo.

PARÍS CON AGUACERO

 


“Bueno ya es la hora”-  Vanina se levantó y con deliberada lentitud empezó la rutina de dejar la casa. Apagar las luces, ponerle comida al gato, buscar las llaves, etc. La verdad es que no tenía ganas de juntarse con las chicas. Más le apetecía quedarse viendo una serie comiendo en gesto de autocompasión. Pero las chicas le habían insistido, y en el fondo ella sabía que a pesar de sus pocas ganas siempre le resultaba un poco reparador y otro poco alentador verlas. Así que con parsimonia empezó a caminar hacia la parada de colectivo.

Cuando pasó por el kiosco de la esquina escuchó el nuevo hit de Shakira “No fue culpa tuya, ni tampoco mía, fue culpa de la monotonía” y se le escapó una lágrima. “Que ingenuidad la de creer que la monotonía no es culpa de ninguno. Para el caso que le eche la culpa también a la rutina, si se anima a tanto”. Uff, me puse filosófica”- intentó burlarse de sí misma y seguir adelante. Pero se quedo un ratito escuchando la canción. “es un adiós necesario, lo que un día fue increíble se volvió rutinario”. “Bueno”, dijo, “al final le echó la culpa a la rutina” Se río sin risa. “Siempre tengo razón”. Pero no me sirve de nada tenerla.

Siguió caminando con la canción pegadiza resonándole en la cabeza, “Ojala ellos hubieran tenido un poco de rutina. Estaba convencida de que lo que había destruido el amor o, mejor dicho, lo que no había dejado que ese amor apasionado germinara fue justamente ello. Gastón trabajaba de noche, ella de día. No había rutina. Más bien momentos. Todos momentos apasionados. Porque así era ella, intensa. Se reía con intensidad, y lloraba con intensidad. Y por supuesto, amaba con intensidad. Gastón era igual. Eso lo había enamorado de él. Amaba la vida, Buscaba nuevas experiencias siempre, nunca repetía restaurante, nunca se aburría. Su trabajo de actor era vertiginoso y muy poco estable. Y esa falta de estabilidad le daba a el desafío y la adrenalina que necesitaba para seguir. El amor entre ellos nunca había germinado, pero qué bueno que había estado ese “no” amor pensaba Vanina mientras caminaba.

Gastón la había dejado hacía dos días, en respuesta a la demanda de ella de dar el paso. Tenía 27 años, habían estado juntos  cinco, ella ya había terminado la facultad y estaba trabajando muy bien en una empresa multinacional, había surgido la posibilidad de un trabajo en Madrid, y ella estaba muy entusiasmada con aceptarlo. Pero Gastón no compartió su entusiasmo y no la quiso acompañar. Y al día siguiente la dejó, y mientras lo hizo repitió las frases del himno que había sido de ellos: “Yo no quiero cargar con tus maletas,  yo no quiero que elijas mi champú”. Vanina todavía no había contestado la propuesta, tenía el corazón roto, no estaba para tomar esa decisión ahora, ni siquiera estaba para ver a las chicas. “Yo no quiero, Paris con aguacero, ni Venecia sin ti” repetía su traicionera mente. Qué ironía, a Shakira la mató la monotonía y a nosotros el terror que Gastón le tiene.

Llegó a lo de Flavia con todas las lagrimas contenidas detrás de la retina. Ella sabía que un mínimo comentario de cualquier índole iba a dar vida a las Cataratas del Iguazú. Esa era una de las razones por las que no quería ir, mucho más fácil quedarse en casa riéndose con una serie noventosa. Pero ya estaba acá. Toco el timbre y forzó una sonrisa cuando Flavia apareció.

Luciana, la soltera del grupo, ya había llegado. Luciana era mucho más que la soltera, era el alma del grupo. La más atenta, servicial, compañera. La mejor amiga de muchas. Era sincera e inteligente. Si ella fuera hombre o lesbiana no dudaría en estar con ella. Pero hacía bastante que Luciana elegía engancharse con imposibles y definirse a sí misma como la solterona. Luciana le tenía miedo al amor en el fondo había elegido quedarse sola y pretender una relación transatlántica que había nacido para fracasar. Porque pese a lo que Gastón deseaba, el amor estaba hecho de la rutina. De la convivencia. El amor se parecía más a una caminata por el Botánico que un salto en paracaídas. De pasos pequeños pero firmes estaba hecho. De la vida en común, de elecciones parecidas, de compartir proyectos, de acompañarse en los sueños. El amor debía “juntar para mañana y besar la cicatriz”. Y ese era el miedo que tenía Luciana. Y evidentemente el miedo que tenía Gastón.  Con todo su esfuerzo contuvo las lágrimas al verla.

De haber escuchado sus pensamientos, Luciana habría llorado con ella, pero como no lo hizo, sonrió y le dio un abrazo.

Valeria, que estaba ayudando a Flavia en la cocina,  trajo unas cervezas y una picadita y les contó que también se había separado. Que se había enamorado de un compañero de trabajo, y con una ligereza casi obscena había cambiado de modelo. Pablo era el hombre perfecto, buen mozo, respetoso, trabajador, deportista, sano, gracioso, inteligente. Y encima de todo la adoraba a Valeria, la acompañaba en todo, la admiraba, la estimulaba, y Valeria, de una manera absurda lo había dejado. Vanina se enojó con ella, un poco en defensa de Pablo y otro poco en defensa de sí misma. ¿Acaso las personas buenas, leales, fieles merecen ser castigadas por ello? Que buscaba Valeria? ¿Adrenalina igual que Gastón? “Tal para cual pensó con enojo”. Valeria con mucha sencillez le explicaba que el amor había pasado, que no se sentía igual. Y a Vanina le bullía la sangre. Y las lagrimas y el dolor que venía reprimiendo salieron sin filtro.

Vanina la increpó a Valeria, pero en el fondo ella sabía que su interlocutor real era Gastón. Le exigió explicaciones. le dijo que se merecía un hombre infiel o mezquino, para darse cuenta de lo que había dejado ir. Y Valeria, que entendía de donde venía el reclamo, pero a la vez tenía sangre que corría por sus venas, le contestó:

-        “Yo tuve el coraje de hacer lo que vos no. 5 años al lado de un tipo que no te podía dar ni un buenas noches. Yo me voy del lugar que no me hace feliz, vos te quedás. Me alegro que Gastón te haya dejado. Tenes una nueva oportunidad de construir la vida que soñas y no tenés por qué conformarte con menos, ni yo”

 

-        ¿Estás segura, Vale, que la que tomó la decisión fuiste vos y no tu terror al compromiso? ¿Estás segura de que lo dejaste porque no lo amabas y no tiene nada que ver la historia de tus viejos?

 

Valeria se levantó a buscar las empanadas, como excusa para acomodar sus ideas, y Vanina siguió diciendo:

-        Amar a alguien no debe ser siempre divertido. Como no es divertido cambiar pañales de un bebé o estudiar matemática si queres ser arquitecta.  Lo aburrido es parte, coloca cimientos, y también tiene su magia. 

-        Que bueno que lo tengas tan claro. La ultima vez que vi tenías un novio que no te conoció sin maquillaje. - le espetó Valeria.

 

Y fue la gota que rebalso el vaso. Y Vanina explotó. Y explotaron sus lágrimas. Y empezó a decir de manera incoherente que sus ideas sobre el amor evidentemente eran solo ideas. Que soñaba con un amor aburrido, lleno de pequeñas cosas cotidianas. Quería alguien con quien tomar un café todas las mañanas, y que todas las noches le pregunte como había sido su día. No tenía más ganas de salidas extravagantes, restaurantes de autor o fiestas con after. Quería solamente Ir al río a tomar mate y sentarse en piso. Y reírse de alguna pavada, y rememorar algún momento.  Quería un amor expansivo y no mezquino. Un amor que busque darse y crecer en vez de resguardarse. Quería alguien que confiara en ella lo suficiente para mostrarle sus heridas. Y ella sí quería que le besen las suyas. Estaba harta de ser una femme fatal siempre espléndida.

Mientras lloraba y se dejaba abrazar por sus amigas, buscó con la mirada a Valeria y le agradeció por la sinceridad. Ella tenía razón. Algo estaba mal en ella que deseando algo, buscaba lo contrario.

Y después de una noche intensa, de risas, llantos, abrazos, peleas y pedidos de perdón. Donde comieron y bebieron a gusto, Vanina volvió a su casa con la panza y el alma más llenas. Con la cabeza despejada, con decisiones tomadas, y con la certeza de que le faltaba el amor con el que soñaba, pero el amor que ya tenía, por ahora debía ser suficiente. Y lo era.

 

miércoles, 9 de noviembre de 2022

LA FISURA






La muerte

Estaba suspendida, petrificada, dura, pasiva, helada. Respiraba, pero no vivía. Era testigo silencioso de lo que Martín hacía. Su quietud era su ruina. Victima. Sabía que él podía matarla, sabía que lo haría. Sabía que ya lo había hecho. No una, sino cien veces.

Hacía años que había cedido al miedo.  Le había ido cediendo terreno, al principio despacito, sintiéndose halagada por las muestras de posesividad que había camuflado en cariño.  Necesitó inventarse ese afecto después de haber sido invisible toda su vida. Sentía orgullo de sí misma y satisfacción plena cada vez que la celaba. Había contribuido gustosa a construir el cerco, que devino en muro, que los separaba a ella y él del resto del mundo.

Poco a poco los reclamos que habían parecido amorosos y ardientes fueron mutando a violentos y pasionales, y ni siquiera con las escenas de fingido remordimiento que los sucedían  podían ser considerados actos de amor. Sin embargo, ella, necesitada y sola siguió adelante, justificándolo y justificándose.  Lo llamaba  amor enfermo, y soñaba con curarlo. Se convirtió en una maquilladora experta. Maquillaba moretones y  dolores. Perdió a los golpes un embarazo, luego dos.  Ni siquiera los lloró.

 Cada golpe en su cuerpo mutilaba  su alma. Cada noche violada la despersonalizaba un poco más. Paola no tenía salida. Ya ni siquiera tenía miedo. Rogaba a algún Dios que quisiera escucharla, que se la llevara pronto.

Y así pasaron los días, meses, años.

 

La mirada

Tercer embarazo. Ella había sospechado de su condición, pero había callado. Secretamente anhelaba ese niño. Era lo único que tenía. Lo único de ella. Su intuición le decía que su vida dependía de él. Y si hubiera salvación para ella, también.

Cuando Martín se enteró la llevó a abortar. Paola iba al lado de él, invisible como siempre. Caminaba al hospital como la misma mujer despersonalizada, callada y dócil, que siempre le obedecía y siempre lo perdonaba.

 Pero ese día, alguien sí la vio, pero sobre todo la miró. Vio su andar lento y temeroso, su cara impávida en la cual destacaban dos ojos anhelantes. Y observo sus manos, las dos, envolviendo su vientre, en una posición que significaba posesión y protección.  Todo en ella la conmovió, también vio un moretón en el brazo, y el andar decidido del hombre. Tembló. Entendió todo. Se comprometió  en silencio. Y actuó.  

 El amor

Josefina amaba su trabajo, amaba acompañar a las mujeres en el proceso de gestación, repetía a todas sus pacientes que para cambiar el mundo había que cambiar el modo de nacer. Había sido enfermera, maestra y madre. Había militado en contra de la ley de aborto legal, pero a la vez había elegido acompañar a mujeres que habían decidido abortar. Porque su posición personal jamás había interferido en el respeto que le tenía al otro, a sus miedos y a sus decisiones.

Josefina apuró el paso, llegó al hospital y hablo con la mujer de recepción, de manera que cuando el hombre llegó y quiso imponer sus modos, nadie se lo permitió. Josefina recibió a Paola en soledad. Y le dio el tiempo de acomodar sus pensamientos. Paola expresó como pudo su sentir de que su vida y la de ese hijo se dependían mutuamente. Lloró por fin, le dijo que no quería perderlo y no quería morir. Le dijo que le tenía miedo al monstruo. Le hablo de sus dos embarazos perdidos. Josefina le hizo una ecografía y gestionó una internación. Le dijo a Martín que quedaría en observación, y que las visitas estarían restringidas, y el hombre finalmente tuvo que entender que su víctima había pasado a través de una fisura en su cárcel.

Y sentir miedo al fin le tocó a él.

 El coraje

Al terminar su internación, le escribió a Martín un mensaje diciéndole que estaba determinada a continuar con el embarazo y a terminar la relación con él. Sin escuchar la respuesta, y luchando con sus miedos, se dejó orientar por la trabajadora social del hospital, quien le consiguió vivienda para mujeres embarazadas, la puso en contacto con la psicóloga del hospital, la acompaño a hacer una denuncia policial y testificó sobre las lesiones que había encontrado en su cuerpo.

Los primeros meses en la casita municipal fueron como un paraíso para ella,  donde además de oxígeno, encontró  a algunas mujeres que estaban en situación parecida.  Y su realidad de invisibilidad y soledad que la habían definido toda su vida, rápidamente empezó a cambiar. Saber que no era sola le daba una fuerza hasta ese día desconocida. Paola estaba sorprendida de lo rápido que la desolación daba paso a la alegría. Alegría compuesta un poco por el olvido del monstruo y otro poco por esperanza de la vida en su vientre. Un segundo de escucha había bastado para comprender, y una incipiente red había bastado para darle fuerza. Se sabía frágil, pero ya no se sentía tan sola. A medida que crecía su embarazo crecían también sus ambiciones y sueños, de manera que a la inscripción de un curso de pastelería en la municipalidad, le siguió la organización de una rifa para comprar los insumos que necesitaba. Y poco a poco, con bastante ayuda, empezó a creer que iba a poder.

Antes del parto decidió enfrentarse a él. Necesitaba dar nacimiento a una mujer nueva que pudiera cuidar de sí  misma para cuidar de otro. Sabía  el riesgo que corría, y busco ayuda en su nuevas amistades para  que la contengan antes y después del encuentro. Habló también con un efectivo de la policía para que se quede a una prudente distancia, y fue a verlo.

A medida que se acercaba a su antigua morada su determinación menguaba. Su imaginación le iba  dibujado a un hombre fuerte, decidido, viril. Su mente, traicionera, le trajo a la memoria los mejores recuerdos. Su memoria le reprodujo con exactitud palabras de amor y pedidos de perdón. Recordó el día que se conocieron y aquellos primeros celos. Cuando lo vio sonreírle, se derritió. Y estuvo tentada a volver con él, oyendo embelesada sus promesas de amor, y palabras condescendientes de comprensión.

Pero cuando estuvo a punto de rendirse, sintió la patada de su bebe, y con esa patada la fuerza de la verdad. Martín no iba a ser nunca lo que ella quería que fuera. Lo miró, y esta vez detectó la manipulación, el tono de voz sedoso, la condescendencia violenta y la mirada intimidante. Se acordó de cuando le hizo perder sus embarazos anteriores, y  lo imagino pegándole a su hijo. Y el fuego por fin salió. Paola venció a su mente y esa fue la victoria que torció historia. Y con la barbilla levantada, mirándolo fijo, abrazando a su panza y recibiendo la fuerza de su hijo, le dijo: “Si te volvés a acercar a mí o a mi hijo, te juro que te mato”.

 Y Martín le creyó.

 

La vida

En la semana 42 de un embarazo sano dio a luz por parto natural a una niña de 4 kilos a quien llamó Vida. Y sí, se aferró a ella.

 

 

Epilogo

En la vida real estas historias no suelen tener este final. La muerte prevalece con muchísima frecuencia. El bien no siempre vence, al menos en el corto plazo, las Paolas siguen muriendo, las obstétricas no se involucran, los abortos están a la orden del día, y los martines son gobernantes.

Pero Paola también existe, y Josefina, y la resiliencia, y el amor.

Y la muerte que ya no es definitiva muchas veces es vencida.

Y el bien a veces prevalece.

Y el amanecer a veces da vida a un nuevo día.

Todo depende de encontrar esa pequeña fisura en el muro.