“Bueno ya es la hora”-
Vanina se levantó y con deliberada lentitud empezó la rutina de dejar la
casa. Apagar las luces, ponerle comida al gato, buscar las llaves, etc. La
verdad es que no tenía ganas de juntarse con las chicas. Más le apetecía
quedarse viendo una serie comiendo en gesto de autocompasión. Pero las chicas
le habían insistido, y en el fondo ella sabía que a pesar de sus pocas ganas
siempre le resultaba un poco reparador y otro poco alentador verlas. Así que
con parsimonia empezó a caminar hacia la parada de colectivo.
Cuando pasó por el kiosco de la esquina escuchó el nuevo hit
de Shakira “No fue culpa tuya, ni tampoco mía, fue culpa de la monotonía” y se
le escapó una lágrima. “Que ingenuidad la de creer que la monotonía no es culpa
de ninguno. Para el caso que le eche la culpa también a la rutina, si se anima
a tanto”. Uff, me puse filosófica”- intentó burlarse de sí misma y seguir
adelante. Pero se quedo un ratito escuchando la canción. “es un adiós
necesario, lo que un día fue increíble se volvió rutinario”. “Bueno”, dijo, “al
final le echó la culpa a la rutina” Se río sin risa. “Siempre tengo razón”.
Pero no me sirve de nada tenerla.
Siguió caminando con la canción pegadiza resonándole en la
cabeza, “Ojala ellos hubieran tenido un poco de rutina. Estaba convencida de que
lo que había destruido el amor o, mejor dicho, lo que no había dejado que ese
amor apasionado germinara fue justamente ello. Gastón trabajaba de noche, ella
de día. No había rutina. Más bien momentos. Todos momentos apasionados. Porque
así era ella, intensa. Se reía con intensidad, y lloraba con intensidad. Y por
supuesto, amaba con intensidad. Gastón era igual. Eso lo había enamorado de él.
Amaba la vida, Buscaba nuevas experiencias siempre, nunca repetía restaurante,
nunca se aburría. Su trabajo de actor era vertiginoso y muy poco estable. Y esa
falta de estabilidad le daba a el desafío y la adrenalina que necesitaba para
seguir. El amor entre ellos nunca había germinado, pero qué bueno que había
estado ese “no” amor pensaba Vanina mientras caminaba.
Gastón la había dejado hacía dos días, en respuesta a la
demanda de ella de dar el paso. Tenía 27 años, habían estado juntos cinco, ella ya había terminado la facultad y
estaba trabajando muy bien en una empresa multinacional, había surgido la
posibilidad de un trabajo en Madrid, y ella estaba muy entusiasmada con
aceptarlo. Pero Gastón no compartió su entusiasmo y no la quiso acompañar. Y al
día siguiente la dejó, y mientras lo hizo repitió las frases del himno que
había sido de ellos: “Yo no quiero cargar con tus maletas, yo no quiero que elijas mi champú”. Vanina
todavía no había contestado la propuesta, tenía el corazón roto, no estaba para
tomar esa decisión ahora, ni siquiera estaba para ver a las chicas. “Yo no
quiero, Paris con aguacero, ni Venecia sin ti” repetía su traicionera mente.
Qué ironía, a Shakira la mató la monotonía y a nosotros el terror que Gastón le
tiene.
Llegó a lo de Flavia con todas las lagrimas contenidas detrás
de la retina. Ella sabía que un mínimo comentario de cualquier índole iba a dar
vida a las Cataratas del Iguazú. Esa era una de las razones por las que no
quería ir, mucho más fácil quedarse en casa riéndose con una serie noventosa.
Pero ya estaba acá. Toco el timbre y forzó una sonrisa cuando Flavia apareció.
Luciana, la soltera del grupo, ya había llegado. Luciana era
mucho más que la soltera, era el alma del grupo. La más atenta, servicial,
compañera. La mejor amiga de muchas. Era sincera e inteligente. Si ella fuera
hombre o lesbiana no dudaría en estar con ella. Pero hacía bastante que Luciana
elegía engancharse con imposibles y definirse a sí misma como la solterona.
Luciana le tenía miedo al amor en el fondo había elegido quedarse sola y
pretender una relación transatlántica que había nacido para fracasar. Porque pese
a lo que Gastón deseaba, el amor estaba hecho de la rutina. De la convivencia. El
amor se parecía más a una caminata por el Botánico que un salto en paracaídas.
De pasos pequeños pero firmes estaba hecho. De la vida en común, de elecciones
parecidas, de compartir proyectos, de acompañarse en los sueños. El amor debía
“juntar para mañana y besar la cicatriz”. Y ese era el miedo que tenía Luciana.
Y evidentemente el miedo que tenía Gastón.
Con todo su esfuerzo contuvo las lágrimas al verla.
De haber escuchado sus pensamientos, Luciana habría llorado
con ella, pero como no lo hizo, sonrió y le dio un abrazo.
Valeria, que estaba ayudando a Flavia en la cocina, trajo unas cervezas y una picadita y les contó
que también se había separado. Que se había enamorado de un compañero de
trabajo, y con una ligereza casi obscena había cambiado de modelo. Pablo era el
hombre perfecto, buen mozo, respetoso, trabajador, deportista, sano, gracioso,
inteligente. Y encima de todo la adoraba a Valeria, la acompañaba en todo, la admiraba,
la estimulaba, y Valeria, de una manera absurda lo había dejado. Vanina se
enojó con ella, un poco en defensa de Pablo y otro poco en defensa de sí misma.
¿Acaso las personas buenas, leales, fieles merecen ser castigadas por ello? Que
buscaba Valeria? ¿Adrenalina igual que Gastón? “Tal para cual pensó con enojo”.
Valeria con mucha sencillez le explicaba que el amor había pasado, que no se
sentía igual. Y a Vanina le bullía la sangre. Y las lagrimas y el dolor que
venía reprimiendo salieron sin filtro.
Vanina la increpó a Valeria, pero en el fondo ella sabía que
su interlocutor real era Gastón. Le exigió explicaciones. le dijo que se
merecía un hombre infiel o mezquino, para darse cuenta de lo que había dejado
ir. Y Valeria, que entendía de donde venía el reclamo, pero a la vez tenía
sangre que corría por sus venas, le contestó:
-
“Yo
tuve el coraje de hacer lo que vos no. 5 años al lado de un tipo que no te
podía dar ni un buenas noches. Yo me voy del lugar que no me hace feliz, vos te
quedás. Me alegro que Gastón te haya dejado. Tenes una nueva oportunidad de
construir la vida que soñas y no tenés por qué conformarte con menos, ni yo”
-
¿Estás
segura, Vale, que la que tomó la decisión fuiste vos y no tu terror al
compromiso? ¿Estás segura de que lo dejaste porque no lo amabas y no tiene nada
que ver la historia de tus viejos?
Valeria se levantó a buscar las empanadas, como excusa para
acomodar sus ideas, y Vanina siguió diciendo:
-
Amar
a alguien no debe ser siempre divertido. Como no es divertido cambiar pañales
de un bebé o estudiar matemática si queres ser arquitecta. Lo aburrido es parte, coloca cimientos, y
también tiene su magia.
-
Que
bueno que lo tengas tan claro. La ultima vez que vi tenías un novio que no te
conoció sin maquillaje. - le espetó Valeria.
Y fue la gota que rebalso el vaso. Y Vanina explotó. Y
explotaron sus lágrimas. Y empezó a decir de manera incoherente que sus ideas
sobre el amor evidentemente eran solo ideas. Que soñaba con un amor aburrido,
lleno de pequeñas cosas cotidianas. Quería alguien con quien tomar un café
todas las mañanas, y que todas las noches le pregunte como había sido su día.
No tenía más ganas de salidas extravagantes, restaurantes de autor o fiestas
con after. Quería solamente Ir al río a tomar mate y sentarse en piso. Y reírse
de alguna pavada, y rememorar algún momento. Quería un amor expansivo y no mezquino. Un
amor que busque darse y crecer en vez de resguardarse. Quería alguien que
confiara en ella lo suficiente para mostrarle sus heridas. Y ella sí quería que
le besen las suyas. Estaba harta de ser una femme fatal siempre espléndida.
Mientras lloraba y se dejaba abrazar por sus amigas, buscó
con la mirada a Valeria y le agradeció por la sinceridad. Ella tenía razón. Algo
estaba mal en ella que deseando algo, buscaba lo contrario.
Y después de una noche intensa, de risas, llantos, abrazos,
peleas y pedidos de perdón. Donde comieron y bebieron a gusto, Vanina volvió a
su casa con la panza y el alma más llenas. Con la cabeza despejada, con
decisiones tomadas, y con la certeza de que le faltaba el amor con el que
soñaba, pero el amor que ya tenía, por ahora debía ser suficiente. Y lo era.
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