domingo, 30 de octubre de 2022

LA MATRIARCA

 




-        Se está muriendo Filomena, María, quiere verte. ¿Por qué no vas?

 

Estas palabras, tan simples en apariencia, dichas por su madre hacía dos días, fueron como gotas que rebalsaran un vaso demasiado lleno. Fueron una cachetada, un nuevo juicio hacia su persona. Ella, la nieta ingrata, que no fue a ver a la abuela en su lecho de muerte.

La respuesta de María fue casi refleja: “Porque no tengo ganas”, y la mirada de su madre inequívoca: decepción. Otra vez María decepcionando a su mamá, y ya que estamos a su abuela, que la quería ver.

Pero ella no tenía ganas. Que cosa curiosa las ganas. Para su madre, sin duda eran algo caprichoso, para ella una manera sencilla de expresar el profundo dolor que le daba estar en presencia de su abuela. Abuela que todavía era el alma de la familia.

La Abuela Filomena, tan añosa, en una familia donde la historia era sobrevalorada. Filomena, tan vital, enérgica, potente. Ella era el ejemplo para seguir por todos, la aprobación buscada, el modelo, y el juicio. María no era exactamente lo que su abuela quería que fuera. Ni tan bella, ni tan culta, ni tan delgada. María al lado de su abuela se sentía gris y poca cosa. Porque ella siempre encontraba la manera de hacerle algún comentario que la hiciera sentir inferior a ella, a sus tías, a sus primas, a sus hermanas, y a las expectativas que todo el mundo se había hecho sobre ella en su infancia.

Y para la familia de María, que era más parecido a un clan,  las expectativas de Filomena tenía el peso de la ley. Y cuando digo peso, quiero decir exactamente eso. Peso. Eran pesadas, y bajo ese peso casi todos habían forjado músculos acordes. Casi todos habían obedecido esa ley y cumplido esas expectativas, sin medir los costos. 

Cuando digo casi todos en realidad me refiero a la parte más joven de la familia. Aquellas personas que por falta de tiempo no habían podido defraudar demasiado. Aunque siempre había estado aquel que siendo gay prefirió pretender ser feliz en un matrimonio, que aparentó ser perfecto para todos, y que a Filomena la había hinchado de orgullo. Un matrimonio casi de cuento, con el que la familia había logrado pertenecer a la aristocracia más cerrada de la ciudad. Filomena no disimulaba su orgullo acerca de su nieto y su flamante nieta política y jamás se preguntó acerca de la naturaleza de ese vínculo, ni de los deseos propios de cada parte.

Filomena misma había permanecido casada sin amor respondiendo a las expectativas que habían depositado en ella sus propios referentes, incluido el mismo Dios, quien había dejado el mandato de “ Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. De manera que cuando el divorcio se consumó, la desaprobación de Filomena fue total. Incomprensión. Juicio. Y ostracismo. Y cuando digo ostracismo, me refiero exactamente a eso. Ese nieto deshonroso tuvo que conseguir trabajo en el exterior para no seguir dañando a esa abuela tan exigente.

Otra nieta que quiso complacerla lo logró. Ella es espléndida, atleta y modelo. Vive contando calorías, nunca nadie espera nada de ella que no sea belleza, tanto que ella misma no cree que haya nada en ella que no sea belleza. Y filomena cada vez que la ve exclama orgullosa que “tiene la misma carita que a los 5”, o “ese cuerpo es la envidia de los Dioses”. Sin mirarla a los ojos y ver la desesperación de la carrera contra el tiempo que ya empezó a perder. Su prima ya paso por el quirófano varias veces, no tuvo familia para no perder su silueta, y tiene problemas de alimentación desde la adolescencia. Pero si para Filomena es perfecta, entonces lo es.

Y eso la tenía asqueada a María.

María era consciente de que la hija de mayor de su abuela jamás se había casado, porque ella le había dicho en reiteradas oportunidades que era conveniente que alguna de sus hijas quedara soltera. Pero también era testigo de la manera en que la abuela le decía que necesitaba una pareja, porque en el mundo que ella había vivido, una mujer sin un hombre no tendría chance de subsistencia. De ese tipo de incoherencias estaba hecha filomena, y la familia, y las expectativas. Imposibles cumplirlas a todas.

Una parte de María rechazaba a esta abuela y a todo lo que significaba. Muchas veces había sentido en carne el propia el juicio por no haber “explotado sus dones”. María era una mujer muy inteligente “desperdiciada” criando a sus hijos. Hijos que por desgracia no habían heredado sus hermosos ojos azules, sino el color café de su padre. Un detalle de la genética que no dudaba en recordar cada vez que la veía, sin importar si los niños estaban presentes ni si el comentario podría dolerles. “si es cierto” decía, y atrás de esa frase no paraba de repartir sus verdades. Verdades que no eran tales, ni requeridas, ni caritativas. Verdades que María no tenía ganas de escuchar. María había engordado, producto de los embarazos, pero también de su personalidad ansiosa y herida. Esa gordura era la forma que había tomado su cuerpo como defensa frente a dolores que había deseado esconder.

Y por muchos años María se odió, y ese odio crecía ante los ojos llenos de juicio de la abuela, quien parecía que la valoraba únicamente por sus dones heredados (de ella) y no por lo que ella había hecho con su vida.

Y un día María se había cansado de dar explicaciones sobre sus decisiones, se había cansado de escuchar comentarios hirientes sobre su cuerpo, y se había cansado de escuchar que sus hijos no pertenecían a la raza superior que portaba ella. Un día María se cansó de ver a cincuenta personas bailando malambo alrededor de una señora, cuyo mayor mérito era haber cumplido muchos años. María no quería ser parte de ese clan, con esas reglas, con esa líder.

 Y esa revelación la fracturó por dentro.

Por varios años la distancia física que interpuso entre su clan de origen y su familia nuclear había empezado a dar frutos. Ella era más independiente, autónoma, libre y feliz. Había criado a sus hijos lejos de tanto juicio, había elegido que hacer  con su vida y su tiempo sin dar tantas explicaciones, y había empezado a abandonar el deseo de cumplir con las expectativas de Filomena, que a esta altura eran las mismas que las de su madre.

En el fondo María también tenía miedo de convertirse en aquello que tanto la había herido.

Pero ahora había cambiado todo. La idea de la inminente muerte de su abuela le trajo a su memoria todo lo demás, lo que había estado negando tanto tiempo. Se acordó de su presencia en su vida, de la vez que encontraron un pajarito y lo curaron, y el cuento que escribieron sobre él. El primer cuento de su vida. Aquel primer cuento que le dijo que quería ser escritora, aquel primer cuento que le dijo que quería parecerse a ella.

Y vinieron a su memoria los paseos por Palermo, las veces en el cine, la primera vez que fue al Teatro Colón, los libros, las charlas. Filomena era para ella la mujer que más la había amado y cuidado, aparte de su mama. Cada fin de semana, todas sus vacaciones, cumpleaños, navidades. Su familia más cercana. La persona que la había visitado en cada casa, la que leía con avidez cada uno de sus textos.  Filomena le tenía tan alta estima que había esperado de ella lo mejor, y en el fondo su miedo de no fallarle tenía que ver con que finalmente Filomena se diera cuenta de que ella era una persona normal, ni tan especial ni tan maravillosa, ni tan bella como ella la había visto todos estos años.

María entendió finalmente que la mujer también había sido presa de las expectativas que habían depositado sobre ella. La pobre señora había tenido que ser bella, brillante, trabajadora, madre, esposa, cristiana, apóstol, voluntaria y profesional. Y había cumplido con cada uno de esos mandatos. Sintió pena por ella.

Habría querido seguir teniendo hijos después de haber enterrado a uno? O su religión no le permitió tomar esa decisión?

Habría querido vivir comiendo lechuga hasta el lecho de muerte? O la imagen que le devolvió el espejo nunca fue para ella satisfactoria, ni siquiera a sus 90 años?

 

Esas y otras preguntas que le fueron surgiendo dulcificaron su mirada sobre su abuela. Que era tan parecida a ella. Tan fuerte y ahora estaba frágil, tan bonita y ahora estaba viejita, tan vital, y la vida se le iba escapando.

Y esas ganas de verla , que le habían sido esquivas por varios años, se apoderaron de ella con fiereza. Tenía ganas de verla y de estar con ella. De decirle que la amaba, de abrazarla, de recordar la infancia juntas, de leerle un cuento, de hablar de política, de recordar algún viaje, de contarle sus proyectos.

María lloró con arrepentimiento, y deseó que el reloj se detuviera.  Y se dio cuenta de que mientras hubiera vida había tiempo. y allí fue. A su encuentro.

 

 

EL NIÑO

 

 

EL LLAMADO

Ese día Lucila entró. Hacía días, cada vez que pasaba por la puerta del ese negocio de antigüedades, el19 corazón empezaba a latir a un ritmo acelerado. Todas las veces lo ignoraba y seguía de largo. Pero esta vez, nuestra lógica Lucila dejó de lado a su racionalidad y se sumergió en el poco serio terreno de la corazonada y la intuición. Al hacerlo supo que había cruzado la línea que siempre había fijado su conducta. Cruzando esa puerta, abandonó su mundo seguro dándole entidad a aquel llamado específico que había intentado silenciar su vida entera.

 El local era pequeño y desorganizado. Muchos objetos superpuestos sin orden y sin aparente valor. Ropa raída, muebles sin lustre y objetos de uso cotidiano como vajilla, utensilios, cristalería. Lucila no sabía que estaba buscando, por eso caminaba despacio entre los objetos esperando que las señales que se habían presentado hasta ahora siguieran dirigiendo su atención. Y entonces lo vio. Un baúl viejo, conocido por ella, que se había aparecido en el sueño. Se acercó a el con mucha lentitud, aterrorizada y fascinada. Cuando llegó a él leyó grabado en la madera: OVIDIO IKENE.

Lucila se abalanzó sobre el baúl como un tesoro y  al conversar con el dueño del local descubrió que fue comprado en un remate de la Compañía Transatlántica Española tras el cierre de las oficinas en Buenos Aires.

LAS PREGUNTAS

Lucila nunca había preguntado mucho por su pasado.  Sabía que su bisabuela, Felisa casada con el General Ikene había ingresado a Buenos Aires con Ovidio, recién nacido, huyendo de una guerra civil. Ovidio había muerto hacía 15 años y nunca más se había hablado de él.

Cuando llegó a su casa, revisó el baúl con detenimiento, y su cerebro de arquitecta no tardó en encontrar un discreto doble fondo que logró abrir en cinco minutos. Frente a ella tenía la partida de nacimiento de Ovidio Ikene fechada en 1916, un pasaje para el 15 de octubre de 1923 para el Barco Infanta Isabel de Borbón, una cruz de oro y una foto muy poco nítida de un Militar. 

Su abuelo, Ovidio, había llegado con 4 días de nacido a Buenos Aires, y era de nacionalidad argentina. Bien lo sabía ella que había intentado sacar la ciudadanía española y le había sido negada por esa causa.  ¿Quién era Ovidio Ikene además de su abuelo? Si se hubiera llamado Juan Pablo García, y si el hallazgo del baúl hubiera sido un poco más fortuito, Lucila hubiera creído que se trataba de un homónimo, una casualidad. Pero la circunstancia de este hallazgo era de carácter excepcional, y ella había empezado a necesitar llegar al fondo de la cuestión.

Ese fin de semana Lucila fue a ver a su padre, quien le reveló que Felisa, su abuela, había sido una mujer atormentada y fuerte. Que había muerto con Alzheimer cuando el era un niño. que nunca la había visto reír ni sonreír. Que hablaba poco, y trabajaba mucho. Que parecía dura como el hierro. Mujer viuda, madre sola en un país extranjero. Mujer curtida. Distante. Cerrada. Mujer misteriosa.

 

LA VISITA

Lucila dejó la casa de su padre conmovida, confundida y profundamente intrigada. Hacía varios años había estado soñando con un niño, de tez clara y ojos almendrados, exactamente iguales a los de ella. Él le decía: no me olvides, y ella se despertaba. Noche tras noche. Lucila era sensata y no se enroscaba con ese sueño. Pero no dejaba de tenerlo. No creía en fantasmas ni dejaba de creer en ellos. Pensaba que de existir deberían tener cosas más interesantes para hacer con su inmortalidad que pasearse molestando humanos rechinando cadenas. Lucila no les tenía miedo, pero tampoco tenía paz.

Sentía en sus entrañas, aunque no estaba dispuesta a reconocerlo en voz alta, que las visitas nocturnas de sus sueños nada tenían que ver con las ficciones que consumía, sentía que ese niño tenía algo para decirle a ella, y que algo grande dependía de que ella pudiera escucharlo.

Lucila era lógica, cautelosa y prudente. Su vida entera había  sido esconderse de la tragedia. Que acechaba a toda hora, que estaba ahí, a la vuelta de cada esquina, en cada buena noticia que no se animaba a gozar, en cada avión que aterrizaba, en cada momento de su vida. Tragedia. Madre muerta en tercer parto. Hermano mayor muerto por infección viral mal tratada. Abuela paterna con Alzheimer. Aborto espontáneo. Donde Lucila miraba la encontraba, entonces cerraba los ojos para no ver. Y así habían transcurrido los últimos 30 años de su vida.

Pero esa noche sintió que tenía que enfrentar al niño. y siguiendo el sendero que había empezado a trazar entrando al local de antigüedades, abrió el baúl y deposito con cuidado los objetos personales sobre la mesa. Pendió una vela y le preguntó.

¿Esto es tuyo? ¿Sos familia? ¿Me necesitás?

Luego tomó un calmante para dormir y se acostó. Esa noche entre sueños, el mismo niño apareció con un gesto menos atribulado y le dijo; “A todo que sí. No me olvides”.

Pero esta vez no se despertó, siguió soñando con Carolina, con terapias, con traumas transgeneracionales, con barcos y con baúles.

 

LA VERDAD

 

Veía con nitidez el transatlántico que los trajo. El mismo que ya había visto en sueños. Muy parecido al Titanic, con esas enormes chimeneas de hierro y una presuntuosa majestuosidad de quien se atreve a enfrentar a la Naturaleza y sus designios. La veía a ella, a la Felisa embarazada con gesto adusto. Y lo veía también a Ovidio, pálido, de ojos almendrados muy parecidos a los de ella.  La imagen cambió súbitamente y apareció ella, con luto en la mirada y el niño inerte en el camarote. Luego vió como tiraban un cuerpito al mar y decían una oración y luego, en el mismo camarote el nacimiento de un niño. Sucedieron escenas inconexas pero que ella entendió perfectamente, Felisa y un recién nacido  llamado Ovidio llegaron al Puerto de Buenos Aires un 12 de noviembre de 1923.

-Bueno Lucila, por hoy vamos a dejar acá- le dijo la terapeuta. Y Lucila sintió un sacudón. Se sentía muy cerca de encontrar algo. Deseaba seguir buceando en esas aguas misteriosas que le prometían respuestas y consuelo. A regañadientes recogió sus cosas y se fue.

Los días que siguieron a la sesión hipnótica donde Lucila comprendió lo que había pasado, fue a la casa donde había vivido Felisa que ahora le pertenecía a su padre. Y encontró dibujos de ese niño de sus sueños, Ovidio. Y fue dándose cuenta de que ella era nieta de la muerte y el secreto. Y mientras veía esos dibujos empezó a sentir un dolor que le era ajeno. Sintió ganas de llorar a su hijo muerto y odio cada vez que debía llamar al neonato por un nombre que no le pertenecía. Sintió culpa por haber cambiado la identidad. Y miedo por lo antinatural de hacerlo. Remordimiento por no haberle dado digna sepultura a su hijo mayor y vergüenza por su decisión. Sentía ira por la injusticia de perder un marido y ver morir a un hijo y un temor de Dios que le auguraba el infierno. El dolor que sintió era punzante, agudo, envolvente. Y después del pico máximo de dolor fue consciente de una coraza que le endureció el corazón hasta no sentir más nada. Pensó que estaba muerta, pero no. Se dio cuenta de que estaba enferma de la enfermedad de la evasión. Bendito Alzheimer que la ayudaba a irse de este mundo. A vivir un poco en el recuerdo de su hijo, o a morir en él. le daba igual. Ella estaba bien así.

El trance pasó. Y Lucila volvió en sí.

LA LIBERTAD

Y decidió enmendar lo que debería haberse hecho casi cien años atrás.  Ofreció sepultura a Ovidio primero, redactó un obituario y epitafio, rebautizó a su abuelo Ovidio como Osvaldo. Le contó la verdad a su padre. Y ofreció una misa cristiana para Osvaldo, Ovidio y Felisa.

Nunca más soñó con el niño. Ya descansaba en paz.

 


 


 

lunes, 24 de octubre de 2022

La lámpara de Aladino





 Estaba apurado, como siempre, porque estar apurado era a esta altura de su vida una manera de ser. Siempre una urgencia, siempre un impostergable y siempre una razón para correr. Estaba apurado, decía, porque tenía mucho tiempo perdido para recuperar. Había deseado salir de pobre primeromejorar su estándar de vidadespués, y últimamente su afán era abandonar la posición de empleado. Se repetía a sí mismo que deseaba juntar la plata necesaria para estar tranquilo. Le decía a su familia que su deseo era estar tranquilo y que trabajaba para lograrlo, mañana, claro, porque hoy había algo más urgente.  No se percataba de que cada vez sus responsabilidades eran mayores y también lo eran los avisos que le daba el cuerpo. Las  contracturas, dolores de cabeza, insomnio y bruxismo eran parte de su rutina, así como el ibuprofeno, la placa de los dientes y el clonazepam 0,5 su maquillaje.

“Las cosas no van a quedar así, yo te brinde un servicio y vos me ofreces un plan de pago para mañana o inicio un embargo. Tengo compromisos que afrontar y se acabó mi paciencia. A  también me asfixia el gobierno, pero cumplo con mi palabra y atiendo mis responsabilidades" - Pablo había terminado de decir estas palabras cuando tuvo que aminorar el paso y sujetar con fuerza el teléfono que parecía que se iba a caer, la respuesta nunca la escuchó, se llevó la mano al pecho y se desplomó.


Despertó en un lugar desconocido. Una especie de playa mediterránea pero sin el calor del mediterráneo. A lo mejor era invierno pensó. Lógico, porque en Argentina es enero.  Estaba descalzo. No le disgustó la sensación de la arena bajo sus pies. Y no le llamó la atención. Lo dio por sentado, de igual manera que era invierno y estaba en el Mediterráneo. Mientras caminaba por la orilla vio a medio enterrar en la arena un objeto brillante. Lo reconoció de inmediato, era la lámpara de Aladino. Esa lámpara que lo había obsesionado en su juventud. El objeto de su deseo, de su ambición, de su búsqueda. ¡Finalmente había encontrado aquello por lo que había trabajado 20 años! Pablo conocía la leyenda de memoria. Incluso había encontrado documentos que desmentían la versión oficial de la historia. Algunos documentos habían sugerido que tenía el poder de volver cierto el anhelo más profundo de quien la hallara.  


Pablo empezó a caminar en su dirección, a paso ágil, pensando en el deseo que tantos años había pensado que iba a pedirle: solvencia económica. Acostumbrado a la pobreza en su infancia y a las injusticias como resultado de ella, siempre había tenido en claro que deseaba dinero. Dinero para vestir con ropas limpias y de su talle. Dinero para comer todos los días. Dinero para tener obra social que cubra tratamientos caros para enfermedades difíciles, dinero para tener agua caliente y potable. Dinero para que sus hijos accedan a la mejor educación. Dinero para poder solventar viajes y momentos de encuentro. Dinero que para el era el constructor de su felicidad y la garantía de su dignidad. Aminoró el paso cuando se acordó de que ya tenía el dinero, y con el la casa, el agua potable, la obra social y el viaje. Había construido una posición de poder, y ciertamente la dignidad no le faltaba. Sin embargo su salud no estaba tan fuerte como antes, y no recordaba la ultima vez que habían comido en familia. Se detuvo en seco. Necesitaba reformular su deseo, no podía desperdiciarlo. Podía pedir tiempo, que la vida le de muchos muchos años para poder disfrutar de sus hijos, y luego sus nietos. Para poder tomar las clases de golf y tenis. Para viajar a Vietnam y hacer un paseo en bicicleta. Bufó. Para eso necesitaba piernas fuertes. Bueno, puedo volver el tiempo atrás.  Ser joven otra vez, para poder viajar a Vietnam, andar en bicicleta, jugar al tenis y jugar con mis hijos”… Pero algo en esa idea de volver el tiempo atrás no lo convenció. Supuso que si volvía el tiempo atrás y reescribía su vida , la sucesión de hechos que lo habían llevado a hallar la lampara no podrían repetirse, además de que, si el hubiera encontrado la lampara en sus jóvenes, sanos y pobres 20´s su deseo hubiera sido sin duda tener dinero, y no estaba seguro de que a esa edad el conociera la existencia de Vietnam. Con un movimiento de cabeza descartó ese deseo también.


Tenía un problema serio para resolver. El problema del resto de su vida. Tenía 50 años. Estaba grande pero no muerto. Tenía familia a quien amaba sin demostrárselo. Y un capital suficiente para vivir un par de vidas más. Y tenía la lampara. Pero no sabía que pedirle.


Caminaba hacia la lampara, pero por alguna razón extraña nunca llegaba. Era como si a cada paso que él daba, ésta se alejaba la misma distancia. De manera que siempre estaba ahí, cerca pero inaccesible. Y Pablo tenía la fuerte sospecha de que era su indecisión quien le impedía el acceso a ella. Así que se sentó, cerro los ojos, e intentó concentrarse en su deseo.


No quería el amor de alguien porque ya lo tenía, su mujer lo había acompañado toda la vida. Lo había comprendido, lo había perdonado. La amaba. A veces suponía que ella estaba cansada de el, y de la vida solitaria que vivía al lado suyo. Pero tenía una gran vida interior, y tenía a los chicos, y tenía la certeza de su amor. Ojalá bastara eso, pensó. Pensó en pedirle eso a la lámpara, pero descarto el pensamiento de inmediato, no iba a desperdiciar su único deseo en algo que podía hacer por sí mismo. Él sabía lo que ella quería, lo que a ella le hacía feliz. Él sabía que, con una carta, un regalo, una tarde en familia la llama se mantenía encendida. Con culpa reconoció que la última vez que le había dado una tarde de completa atenciónhabía sido varios años atrás en un aniversario  y que esa, sin duda había sido la tarde mas feliz en mucho tiempo. Voy a darle a Julia lo que necesita, y en ese dar también voy a recibir lo que necesito yo. Me acuerdo que lo único que feliz de mis veintes fue la aparición de ella en mi vida. Y que gracias a ella la búsqueda de la lampara tomó un sentido nuevo


Cuando Pablo abrió los ojos vio la lampara al lado suyo, pero el hecho mágico no pareció llamarle la atención. Pablo sencillamente la tomó en sus manos y la miró. Era de oro bien pulido. La frotó. Nada pasó. La froto otra vez. Nada. Encontró la frase que tenía grabada en el asa que comprobaba su autenticidad: Quien encuentre esta lámpara poseerá el poder para cumplir su deseo más profundo.


Leyó las palabras en voz alta. Y todavía resonaban en el aire cuando Pablo lo vio. Su corazón se aceleró, porque supo que ese era el genio. Estaba ahí, se veía sobre el oro pulido de la lampara mágica. Su aspecto le era familiar, pero lo veía chiquito, lejos, y no podía identificarlo.

 

 

 

 Pablo despertó, estaba en un lugar desconocido, Julia dormía al lado teniéndole la mano. Tenía cables por todos lados. 


Quiso pararse, no pudo. Julia se despertó y empezó a llorar. Lo abrazó. Le dijo entre lágrimas y besos que había tenido un infarto, una cirugía y dos días en terapia intensiva.

Mientras asimilaba toda esa información, Pablo vio su reflejo detrás de ella, en un espejo dorado que tenía una frase grabada que Pablo pudo leer:


El poder siempre fue tuyo. 

 

Pasta de campeón

 



 Él no tiene pasta de campeón, es técnicamente perfecto, habilidoso, creativo, inteligente en su visión de juego y superior al resto en materia física. Pero nunca va a ser campeón. No tiene la cabeza de los campeones”

 Miguel estaba entrenando cuando escuchó esas palabras en la tele. Dichas por el periodista más sabio y justo en sus apreciaciones. Siempre había estado de acuerdo con sus juicios. “¿Que mierda será la cabeza de campeón?” se preguntó. Y sintió como la frustración y el enojo se apoderaron de él. Una vez más.  Dejó las pesas sin suavidad y se secó el sudor que le nublaba la vista.  Mandó un mensaje a su preparador físico y le informó que no iba a entrenar más por el resto de la semana. Llamó a su coach y le dio el mismo mensaje para luego cortar y poner en “modo avión” su celular. “Lo bueno de ser el jefe-pensó- es que toda esta gente debe obedecerme sin chistar”. Cabeza de campeón no tendría, pero sí era rico, jefe y exitoso. Al carajo con el periodista.

Eligió la autocompasión, y la falsa humildad, de quien en el fondo no reconoce el error, pero pretende que el resto lo adule diciendo que son errores cosas que no cree que así sean. “no tiene pasta de campeón”. “Claro que no la tengo!” gritó. Y sin más abrió una cerveza, luego, dos, tres, todo el pack.  Mientras bebía lloraba y coqueteaba con dejar el deporte. “Ya fue, si no voy a ser campeón de qué vale seguir.  Ni siquiera elegí todo esto. La vida me trajo, el deporte lo eligió el viejo, los dones fueron regalados, la casualidad de que me viera aquel primer cazatalentos, la oportunidad, el momento el lugar, la suerte, fueron las cosas que me trajeron hasta acá.  A ser la mejor promesa y sólo promesa de la historia del tenis. No quiero ser promesa. Prefiero ser, no se, abogado” los pensamientos se sucedían en su mente sin coherencia, mezclados con los recuerdos, las alegrías, los entrenamientos, y también las soledades. Que fueron muchas.

Miguel había empezado su era profesional a los 18 años y rápidamente había escalado posiciones hasta quedar clavado en el número 16. Hace más de cuatro años estaba en esa posición. Y según parece nada ni nadie lo iban a hacer subir. De los 15 que estaban adelante que él solo 2 eran, según su criterio, mejores. Al resto les había ganado con los ojos cerrados. En dos sets corridos. En media hora. Miguel los felicitaba por Instagram, pero en realidad no creía que merecieran esos lugares top. Y no entendía por qué no los ocupaba él. 

Miguel no sabía si quería seguir jugando al tenis. Pero sí quería descifrar el misterio de la pasta de campeón. El devolvía todas las pelotas, todas. Sus piernas, veloces, lo colocaban siempre donde tenía que estar. Era como una máquina de devolver pelotas. Pero de repente la maquina empezaba a fallar siempre en la misma instancia. Siempre en cuartos. Arrancaban los errores no forzados y los saques errados. Derrotas que nunca eran por mérito del rival. Derrotas que respondían a un mandato poderosísimo que le impartía su mente en cada cuartos de final. De aquí no pasarás le decía su mente. Y el acataba cual súbdito obediente. Aquel periodista entonces decía: ya lo vamos a ver al Gran Miguel sobreponerse. Y esas palabras representaban la esperanza y la confianza de todos en el. Y la suya propia. Hasta que ese día, después de cinco años dijo sin evasivas: nunca va a ser campeón. Y esas palabras no lo rompieron, porque ya estaba un poco roto.

Y entre esos pensamientos, abría una cerveza atrás de otra, mientras fantaseaba con dejar el deporte que no sabía siquiera si amaba. El deporte que le había quitado tanto. Sobre todo la autoestima.  La autoestima nunca había existido en él, solamente había sido una respuesta natural a la enorme estima que el mundo le tenía. Era bueno porque lo habían visto bueno. Y el se creía bueno, siempre y cuando lo creyeran bueno. Y tenía esa necesidad poco sana de que lo creyeran bueno todo el tiempo de manera que el pudiera seguir en pie, como si su existencia toda dependiera de la mirada de los otros.

 Con el correr de las cervezas y el diálogo consigo mismo, el enojo y la sensación de injusticia fue dando paso a una sincera autocrítica. Miguel sabía que él era distinto a otros. Pero también sabía, siempre había sabido, que con eso no alcanzaba. Debía estar atento, concentrado, olvidarse de la tribuna, no engancharse con sus pensamientos que le provocaban ansiedad, sobreponerse a un error, a dos, y a cien de ser necesario. Y esa era su debilidad. No tenía esa fortaleza, no sabía cómo conseguirla, y esa era su traba principal. ¿Sería que en el fondo no deseaba ser campeón?, ¿Sería que las alturas le daban miedo, y volar tan alto podría ser causa de una caída mortal? Nah, desechó el pensamiento con la mano, como quien se quita una mosca que vuela cerca. Él quería ser campeón, lo que pasaba era que no lo deseaba con la misma fuerza que otras cosas como acabar con la agonía de esos partidos humillantes.

 Como el infiel que inconscientemente deja huellas para que lo descubran, porque no tiene el valor de sincerarse con su pareja pero desea terminar esa relación o aquel que llega sistemáticamente tarde al trabajo para que lo echen, Miguel deseaba terminar la agonía de no poder cumplir las expectativas ajenas que habían derivado en propias. Expectativas, por supuesto, que habían nacido para ser solamente eso, porque eso son las expectativas: nada. Y jamás serán cumplidas. Construidas de aire y fantasía. Expectativa no es un proyecto. No es una meta. No es ni siquiera un deseo. Es una imposición de quien piensa que algo debiera ser de una manera específica, sin mayor fundamento que sus ideas subjetivas y caprichosas de las cosas. - “¡Otra mierda las expectativas!” gritó Miguel borracho- “A la Mierda con ellas”

 Miguel necesitaba entender todo este tema de la pasta de campeón. Porque a sus 23 años no quería pasar a la historia como aquel que pudo haber sido, pero nunca fue. Y en esa única noche de sincero diálogo descubrió también que nunca se había dejado ayudar. Nunca completaba las rutinas exactas que le armaban, nunca aplicaba las correcciones que le decían. Nunca confiaba enteramente en la táctica que planteaba su entrenador. Y comprendió que su soberbia había sido parte de su fracaso. “Bueno, decretó, esto es lo primero que va a cambiar, lo segundo en realidad, lo primero será olvidarme de las expectativas ajenas y propias”

Miguel se trazó un nuevo objetivo, ya no quería ser número 1, ni siquiera campeón de Gran Slam. Sólo quería reducir los errores no forzados en el siguiente partido de cuartos. Este nuevo plan dejaba implícito que él no tenía la pasta de campeón. Pero Miguel tenía la certeza de que, si iba a ser algo más que una promesa, debía empezar por gobernar su cabeza.

Y así Miguel dio un giro a su carrera. No sabemos si llegará a ser número 1 del mundo, pero sí sabemos que nunca más regaló un partido en cuartos.