lunes, 24 de octubre de 2022

La lámpara de Aladino





 Estaba apurado, como siempre, porque estar apurado era a esta altura de su vida una manera de ser. Siempre una urgencia, siempre un impostergable y siempre una razón para correr. Estaba apurado, decía, porque tenía mucho tiempo perdido para recuperar. Había deseado salir de pobre primeromejorar su estándar de vidadespués, y últimamente su afán era abandonar la posición de empleado. Se repetía a sí mismo que deseaba juntar la plata necesaria para estar tranquilo. Le decía a su familia que su deseo era estar tranquilo y que trabajaba para lograrlo, mañana, claro, porque hoy había algo más urgente.  No se percataba de que cada vez sus responsabilidades eran mayores y también lo eran los avisos que le daba el cuerpo. Las  contracturas, dolores de cabeza, insomnio y bruxismo eran parte de su rutina, así como el ibuprofeno, la placa de los dientes y el clonazepam 0,5 su maquillaje.

“Las cosas no van a quedar así, yo te brinde un servicio y vos me ofreces un plan de pago para mañana o inicio un embargo. Tengo compromisos que afrontar y se acabó mi paciencia. A  también me asfixia el gobierno, pero cumplo con mi palabra y atiendo mis responsabilidades" - Pablo había terminado de decir estas palabras cuando tuvo que aminorar el paso y sujetar con fuerza el teléfono que parecía que se iba a caer, la respuesta nunca la escuchó, se llevó la mano al pecho y se desplomó.


Despertó en un lugar desconocido. Una especie de playa mediterránea pero sin el calor del mediterráneo. A lo mejor era invierno pensó. Lógico, porque en Argentina es enero.  Estaba descalzo. No le disgustó la sensación de la arena bajo sus pies. Y no le llamó la atención. Lo dio por sentado, de igual manera que era invierno y estaba en el Mediterráneo. Mientras caminaba por la orilla vio a medio enterrar en la arena un objeto brillante. Lo reconoció de inmediato, era la lámpara de Aladino. Esa lámpara que lo había obsesionado en su juventud. El objeto de su deseo, de su ambición, de su búsqueda. ¡Finalmente había encontrado aquello por lo que había trabajado 20 años! Pablo conocía la leyenda de memoria. Incluso había encontrado documentos que desmentían la versión oficial de la historia. Algunos documentos habían sugerido que tenía el poder de volver cierto el anhelo más profundo de quien la hallara.  


Pablo empezó a caminar en su dirección, a paso ágil, pensando en el deseo que tantos años había pensado que iba a pedirle: solvencia económica. Acostumbrado a la pobreza en su infancia y a las injusticias como resultado de ella, siempre había tenido en claro que deseaba dinero. Dinero para vestir con ropas limpias y de su talle. Dinero para comer todos los días. Dinero para tener obra social que cubra tratamientos caros para enfermedades difíciles, dinero para tener agua caliente y potable. Dinero para que sus hijos accedan a la mejor educación. Dinero para poder solventar viajes y momentos de encuentro. Dinero que para el era el constructor de su felicidad y la garantía de su dignidad. Aminoró el paso cuando se acordó de que ya tenía el dinero, y con el la casa, el agua potable, la obra social y el viaje. Había construido una posición de poder, y ciertamente la dignidad no le faltaba. Sin embargo su salud no estaba tan fuerte como antes, y no recordaba la ultima vez que habían comido en familia. Se detuvo en seco. Necesitaba reformular su deseo, no podía desperdiciarlo. Podía pedir tiempo, que la vida le de muchos muchos años para poder disfrutar de sus hijos, y luego sus nietos. Para poder tomar las clases de golf y tenis. Para viajar a Vietnam y hacer un paseo en bicicleta. Bufó. Para eso necesitaba piernas fuertes. Bueno, puedo volver el tiempo atrás.  Ser joven otra vez, para poder viajar a Vietnam, andar en bicicleta, jugar al tenis y jugar con mis hijos”… Pero algo en esa idea de volver el tiempo atrás no lo convenció. Supuso que si volvía el tiempo atrás y reescribía su vida , la sucesión de hechos que lo habían llevado a hallar la lampara no podrían repetirse, además de que, si el hubiera encontrado la lampara en sus jóvenes, sanos y pobres 20´s su deseo hubiera sido sin duda tener dinero, y no estaba seguro de que a esa edad el conociera la existencia de Vietnam. Con un movimiento de cabeza descartó ese deseo también.


Tenía un problema serio para resolver. El problema del resto de su vida. Tenía 50 años. Estaba grande pero no muerto. Tenía familia a quien amaba sin demostrárselo. Y un capital suficiente para vivir un par de vidas más. Y tenía la lampara. Pero no sabía que pedirle.


Caminaba hacia la lampara, pero por alguna razón extraña nunca llegaba. Era como si a cada paso que él daba, ésta se alejaba la misma distancia. De manera que siempre estaba ahí, cerca pero inaccesible. Y Pablo tenía la fuerte sospecha de que era su indecisión quien le impedía el acceso a ella. Así que se sentó, cerro los ojos, e intentó concentrarse en su deseo.


No quería el amor de alguien porque ya lo tenía, su mujer lo había acompañado toda la vida. Lo había comprendido, lo había perdonado. La amaba. A veces suponía que ella estaba cansada de el, y de la vida solitaria que vivía al lado suyo. Pero tenía una gran vida interior, y tenía a los chicos, y tenía la certeza de su amor. Ojalá bastara eso, pensó. Pensó en pedirle eso a la lámpara, pero descarto el pensamiento de inmediato, no iba a desperdiciar su único deseo en algo que podía hacer por sí mismo. Él sabía lo que ella quería, lo que a ella le hacía feliz. Él sabía que, con una carta, un regalo, una tarde en familia la llama se mantenía encendida. Con culpa reconoció que la última vez que le había dado una tarde de completa atenciónhabía sido varios años atrás en un aniversario  y que esa, sin duda había sido la tarde mas feliz en mucho tiempo. Voy a darle a Julia lo que necesita, y en ese dar también voy a recibir lo que necesito yo. Me acuerdo que lo único que feliz de mis veintes fue la aparición de ella en mi vida. Y que gracias a ella la búsqueda de la lampara tomó un sentido nuevo


Cuando Pablo abrió los ojos vio la lampara al lado suyo, pero el hecho mágico no pareció llamarle la atención. Pablo sencillamente la tomó en sus manos y la miró. Era de oro bien pulido. La frotó. Nada pasó. La froto otra vez. Nada. Encontró la frase que tenía grabada en el asa que comprobaba su autenticidad: Quien encuentre esta lámpara poseerá el poder para cumplir su deseo más profundo.


Leyó las palabras en voz alta. Y todavía resonaban en el aire cuando Pablo lo vio. Su corazón se aceleró, porque supo que ese era el genio. Estaba ahí, se veía sobre el oro pulido de la lampara mágica. Su aspecto le era familiar, pero lo veía chiquito, lejos, y no podía identificarlo.

 

 

 

 Pablo despertó, estaba en un lugar desconocido, Julia dormía al lado teniéndole la mano. Tenía cables por todos lados. 


Quiso pararse, no pudo. Julia se despertó y empezó a llorar. Lo abrazó. Le dijo entre lágrimas y besos que había tenido un infarto, una cirugía y dos días en terapia intensiva.

Mientras asimilaba toda esa información, Pablo vio su reflejo detrás de ella, en un espejo dorado que tenía una frase grabada que Pablo pudo leer:


El poder siempre fue tuyo. 

 

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