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Se está muriendo Filomena, María, quiere verte.
¿Por qué no vas?
Estas palabras, tan simples en
apariencia, dichas por su madre hacía dos días, fueron como gotas que rebalsaran
un vaso demasiado lleno. Fueron una cachetada, un nuevo juicio hacia su
persona. Ella, la nieta ingrata, que no fue a ver a la abuela en su lecho de
muerte.
La respuesta de María fue casi
refleja: “Porque no tengo ganas”, y la mirada de su madre inequívoca: decepción.
Otra vez María decepcionando a su mamá, y ya que estamos a su abuela, que la
quería ver.
Pero ella no tenía ganas. Que cosa
curiosa las ganas. Para su madre, sin duda eran algo caprichoso, para ella una
manera sencilla de expresar el profundo dolor que le daba estar en presencia de
su abuela. Abuela que todavía era el alma de la familia.
La Abuela Filomena, tan añosa, en
una familia donde la historia era sobrevalorada. Filomena, tan vital, enérgica,
potente. Ella era el ejemplo para seguir por todos, la aprobación buscada, el
modelo, y el juicio. María no era exactamente lo que su abuela quería que
fuera. Ni tan bella, ni tan culta, ni tan delgada. María al lado de su abuela se
sentía gris y poca cosa. Porque ella siempre encontraba la manera de hacerle algún
comentario que la hiciera sentir inferior a ella, a sus tías, a sus primas, a
sus hermanas, y a las expectativas que todo el mundo se había hecho sobre ella
en su infancia.
Y para la familia de María, que
era más parecido a un clan, las
expectativas de Filomena tenía el peso de la ley. Y cuando digo peso, quiero
decir exactamente eso. Peso. Eran pesadas, y bajo ese peso casi todos habían
forjado músculos acordes. Casi todos habían obedecido esa ley y cumplido esas
expectativas, sin medir los costos.
Cuando digo casi todos en
realidad me refiero a la parte más joven de la familia. Aquellas personas que
por falta de tiempo no habían podido defraudar demasiado. Aunque siempre había
estado aquel que siendo gay prefirió pretender ser feliz en un matrimonio, que
aparentó ser perfecto para todos, y que a Filomena la había hinchado de orgullo.
Un matrimonio casi de cuento, con el que la familia había logrado pertenecer a
la aristocracia más cerrada de la ciudad. Filomena no disimulaba su orgullo
acerca de su nieto y su flamante nieta política y jamás se preguntó acerca de
la naturaleza de ese vínculo, ni de los deseos propios de cada parte.
Filomena misma había permanecido
casada sin amor respondiendo a las expectativas que habían depositado en ella
sus propios referentes, incluido el mismo Dios, quien había dejado el mandato
de “ Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. De manera que cuando el
divorcio se consumó, la desaprobación de Filomena fue total. Incomprensión. Juicio.
Y ostracismo. Y cuando digo ostracismo, me refiero exactamente a eso. Ese nieto
deshonroso tuvo que conseguir trabajo en el exterior para no seguir dañando a
esa abuela tan exigente.
Otra nieta que quiso complacerla
lo logró. Ella es espléndida, atleta y modelo. Vive contando calorías, nunca
nadie espera nada de ella que no sea belleza, tanto que ella misma no cree que
haya nada en ella que no sea belleza. Y filomena cada vez que la ve exclama
orgullosa que “tiene la misma carita que a los 5”, o “ese cuerpo es la envidia
de los Dioses”. Sin mirarla a los ojos y ver la desesperación de la carrera contra
el tiempo que ya empezó a perder. Su prima ya paso por el quirófano varias
veces, no tuvo familia para no perder su silueta, y tiene problemas de alimentación
desde la adolescencia. Pero si para Filomena es perfecta, entonces lo es.
Y eso la tenía asqueada a María.
María era consciente de que la
hija de mayor de su abuela jamás se había casado, porque ella le había dicho en
reiteradas oportunidades que era conveniente que alguna de sus hijas quedara
soltera. Pero también era testigo de la manera en que la abuela le decía que
necesitaba una pareja, porque en el mundo que ella había vivido, una mujer sin
un hombre no tendría chance de subsistencia. De ese tipo de incoherencias estaba
hecha filomena, y la familia, y las expectativas. Imposibles cumplirlas a
todas.
Una parte de María rechazaba a
esta abuela y a todo lo que significaba. Muchas veces había sentido en carne el
propia el juicio por no haber “explotado sus dones”. María era una mujer muy
inteligente “desperdiciada” criando a sus hijos. Hijos que por desgracia no
habían heredado sus hermosos ojos azules, sino el color café de su padre. Un detalle
de la genética que no dudaba en recordar cada vez que la veía, sin importar si
los niños estaban presentes ni si el comentario podría dolerles. “si es cierto”
decía, y atrás de esa frase no paraba de repartir sus verdades. Verdades que no
eran tales, ni requeridas, ni caritativas. Verdades que María no tenía ganas de
escuchar. María había engordado, producto de los embarazos, pero también de su
personalidad ansiosa y herida. Esa gordura era la forma que había tomado su
cuerpo como defensa frente a dolores que había deseado esconder.
Y por muchos años María se odió, y
ese odio crecía ante los ojos llenos de juicio de la abuela, quien parecía que
la valoraba únicamente por sus dones heredados (de ella) y no por lo que ella
había hecho con su vida.
Y un día María se había cansado
de dar explicaciones sobre sus decisiones, se había cansado de escuchar
comentarios hirientes sobre su cuerpo, y se había cansado de escuchar que sus
hijos no pertenecían a la raza superior que portaba ella. Un día María se cansó
de ver a cincuenta personas bailando malambo alrededor de una señora, cuyo
mayor mérito era haber cumplido muchos años. María no quería ser parte de ese clan, con esas
reglas, con esa líder.
Y esa revelación la fracturó por dentro.
Por varios años la distancia
física que interpuso entre su clan de origen y su familia nuclear había
empezado a dar frutos. Ella era más independiente, autónoma, libre y feliz. Había criado a sus hijos lejos de tanto juicio, había elegido que hacer con su vida y su tiempo sin dar tantas
explicaciones, y había empezado a abandonar el deseo de cumplir con las
expectativas de Filomena, que a esta altura eran las mismas que las de su
madre.
En el fondo María también tenía
miedo de convertirse en aquello que tanto la había herido.
Pero ahora había cambiado todo. La
idea de la inminente muerte de su abuela le trajo a su memoria todo lo demás,
lo que había estado negando tanto tiempo. Se acordó de su presencia en su vida,
de la vez que encontraron un pajarito y lo curaron, y el cuento que escribieron
sobre él. El primer cuento de su vida. Aquel primer cuento que le dijo que
quería ser escritora, aquel primer cuento que le dijo que quería parecerse a
ella.
Y vinieron a su memoria los paseos
por Palermo, las veces en el cine, la primera vez que fue al Teatro Colón, los
libros, las charlas. Filomena era para ella la mujer que más la había amado y
cuidado, aparte de su mama. Cada fin de semana, todas sus vacaciones, cumpleaños,
navidades. Su familia más cercana. La persona que la había visitado en cada casa,
la que leía con avidez cada uno de sus textos. Filomena le tenía tan alta estima que había
esperado de ella lo mejor, y en el fondo su miedo de no fallarle tenía que ver
con que finalmente Filomena se diera cuenta de que ella era una persona normal,
ni tan especial ni tan maravillosa, ni tan bella como ella la había visto todos
estos años.
María entendió finalmente que la mujer también había sido presa de las expectativas que habían depositado
sobre ella. La pobre señora había tenido que ser bella, brillante, trabajadora,
madre, esposa, cristiana, apóstol, voluntaria y profesional. Y había cumplido
con cada uno de esos mandatos. Sintió pena por ella.
Habría querido seguir teniendo hijos
después de haber enterrado a uno? O su religión no le permitió tomar esa decisión?
Habría querido vivir comiendo
lechuga hasta el lecho de muerte? O la imagen que le devolvió el espejo nunca
fue para ella satisfactoria, ni siquiera a sus 90 años?
Esas y otras preguntas que le
fueron surgiendo dulcificaron su mirada sobre su abuela. Que era tan parecida a
ella. Tan fuerte y ahora estaba frágil, tan bonita y ahora estaba viejita, tan
vital, y la vida se le iba escapando.
Y esas ganas de verla , que le
habían sido esquivas por varios años, se apoderaron de ella con fiereza. Tenía ganas
de verla y de estar con ella. De decirle que la amaba, de abrazarla, de
recordar la infancia juntas, de leerle un cuento, de hablar de política, de
recordar algún viaje, de contarle sus proyectos.
María lloró con arrepentimiento, y
deseó que el reloj se detuviera. Y se dio cuenta
de que mientras hubiera vida había tiempo. y allí fue. A su encuentro.
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