domingo, 30 de octubre de 2022

LA MATRIARCA

 




-        Se está muriendo Filomena, María, quiere verte. ¿Por qué no vas?

 

Estas palabras, tan simples en apariencia, dichas por su madre hacía dos días, fueron como gotas que rebalsaran un vaso demasiado lleno. Fueron una cachetada, un nuevo juicio hacia su persona. Ella, la nieta ingrata, que no fue a ver a la abuela en su lecho de muerte.

La respuesta de María fue casi refleja: “Porque no tengo ganas”, y la mirada de su madre inequívoca: decepción. Otra vez María decepcionando a su mamá, y ya que estamos a su abuela, que la quería ver.

Pero ella no tenía ganas. Que cosa curiosa las ganas. Para su madre, sin duda eran algo caprichoso, para ella una manera sencilla de expresar el profundo dolor que le daba estar en presencia de su abuela. Abuela que todavía era el alma de la familia.

La Abuela Filomena, tan añosa, en una familia donde la historia era sobrevalorada. Filomena, tan vital, enérgica, potente. Ella era el ejemplo para seguir por todos, la aprobación buscada, el modelo, y el juicio. María no era exactamente lo que su abuela quería que fuera. Ni tan bella, ni tan culta, ni tan delgada. María al lado de su abuela se sentía gris y poca cosa. Porque ella siempre encontraba la manera de hacerle algún comentario que la hiciera sentir inferior a ella, a sus tías, a sus primas, a sus hermanas, y a las expectativas que todo el mundo se había hecho sobre ella en su infancia.

Y para la familia de María, que era más parecido a un clan,  las expectativas de Filomena tenía el peso de la ley. Y cuando digo peso, quiero decir exactamente eso. Peso. Eran pesadas, y bajo ese peso casi todos habían forjado músculos acordes. Casi todos habían obedecido esa ley y cumplido esas expectativas, sin medir los costos. 

Cuando digo casi todos en realidad me refiero a la parte más joven de la familia. Aquellas personas que por falta de tiempo no habían podido defraudar demasiado. Aunque siempre había estado aquel que siendo gay prefirió pretender ser feliz en un matrimonio, que aparentó ser perfecto para todos, y que a Filomena la había hinchado de orgullo. Un matrimonio casi de cuento, con el que la familia había logrado pertenecer a la aristocracia más cerrada de la ciudad. Filomena no disimulaba su orgullo acerca de su nieto y su flamante nieta política y jamás se preguntó acerca de la naturaleza de ese vínculo, ni de los deseos propios de cada parte.

Filomena misma había permanecido casada sin amor respondiendo a las expectativas que habían depositado en ella sus propios referentes, incluido el mismo Dios, quien había dejado el mandato de “ Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. De manera que cuando el divorcio se consumó, la desaprobación de Filomena fue total. Incomprensión. Juicio. Y ostracismo. Y cuando digo ostracismo, me refiero exactamente a eso. Ese nieto deshonroso tuvo que conseguir trabajo en el exterior para no seguir dañando a esa abuela tan exigente.

Otra nieta que quiso complacerla lo logró. Ella es espléndida, atleta y modelo. Vive contando calorías, nunca nadie espera nada de ella que no sea belleza, tanto que ella misma no cree que haya nada en ella que no sea belleza. Y filomena cada vez que la ve exclama orgullosa que “tiene la misma carita que a los 5”, o “ese cuerpo es la envidia de los Dioses”. Sin mirarla a los ojos y ver la desesperación de la carrera contra el tiempo que ya empezó a perder. Su prima ya paso por el quirófano varias veces, no tuvo familia para no perder su silueta, y tiene problemas de alimentación desde la adolescencia. Pero si para Filomena es perfecta, entonces lo es.

Y eso la tenía asqueada a María.

María era consciente de que la hija de mayor de su abuela jamás se había casado, porque ella le había dicho en reiteradas oportunidades que era conveniente que alguna de sus hijas quedara soltera. Pero también era testigo de la manera en que la abuela le decía que necesitaba una pareja, porque en el mundo que ella había vivido, una mujer sin un hombre no tendría chance de subsistencia. De ese tipo de incoherencias estaba hecha filomena, y la familia, y las expectativas. Imposibles cumplirlas a todas.

Una parte de María rechazaba a esta abuela y a todo lo que significaba. Muchas veces había sentido en carne el propia el juicio por no haber “explotado sus dones”. María era una mujer muy inteligente “desperdiciada” criando a sus hijos. Hijos que por desgracia no habían heredado sus hermosos ojos azules, sino el color café de su padre. Un detalle de la genética que no dudaba en recordar cada vez que la veía, sin importar si los niños estaban presentes ni si el comentario podría dolerles. “si es cierto” decía, y atrás de esa frase no paraba de repartir sus verdades. Verdades que no eran tales, ni requeridas, ni caritativas. Verdades que María no tenía ganas de escuchar. María había engordado, producto de los embarazos, pero también de su personalidad ansiosa y herida. Esa gordura era la forma que había tomado su cuerpo como defensa frente a dolores que había deseado esconder.

Y por muchos años María se odió, y ese odio crecía ante los ojos llenos de juicio de la abuela, quien parecía que la valoraba únicamente por sus dones heredados (de ella) y no por lo que ella había hecho con su vida.

Y un día María se había cansado de dar explicaciones sobre sus decisiones, se había cansado de escuchar comentarios hirientes sobre su cuerpo, y se había cansado de escuchar que sus hijos no pertenecían a la raza superior que portaba ella. Un día María se cansó de ver a cincuenta personas bailando malambo alrededor de una señora, cuyo mayor mérito era haber cumplido muchos años. María no quería ser parte de ese clan, con esas reglas, con esa líder.

 Y esa revelación la fracturó por dentro.

Por varios años la distancia física que interpuso entre su clan de origen y su familia nuclear había empezado a dar frutos. Ella era más independiente, autónoma, libre y feliz. Había criado a sus hijos lejos de tanto juicio, había elegido que hacer  con su vida y su tiempo sin dar tantas explicaciones, y había empezado a abandonar el deseo de cumplir con las expectativas de Filomena, que a esta altura eran las mismas que las de su madre.

En el fondo María también tenía miedo de convertirse en aquello que tanto la había herido.

Pero ahora había cambiado todo. La idea de la inminente muerte de su abuela le trajo a su memoria todo lo demás, lo que había estado negando tanto tiempo. Se acordó de su presencia en su vida, de la vez que encontraron un pajarito y lo curaron, y el cuento que escribieron sobre él. El primer cuento de su vida. Aquel primer cuento que le dijo que quería ser escritora, aquel primer cuento que le dijo que quería parecerse a ella.

Y vinieron a su memoria los paseos por Palermo, las veces en el cine, la primera vez que fue al Teatro Colón, los libros, las charlas. Filomena era para ella la mujer que más la había amado y cuidado, aparte de su mama. Cada fin de semana, todas sus vacaciones, cumpleaños, navidades. Su familia más cercana. La persona que la había visitado en cada casa, la que leía con avidez cada uno de sus textos.  Filomena le tenía tan alta estima que había esperado de ella lo mejor, y en el fondo su miedo de no fallarle tenía que ver con que finalmente Filomena se diera cuenta de que ella era una persona normal, ni tan especial ni tan maravillosa, ni tan bella como ella la había visto todos estos años.

María entendió finalmente que la mujer también había sido presa de las expectativas que habían depositado sobre ella. La pobre señora había tenido que ser bella, brillante, trabajadora, madre, esposa, cristiana, apóstol, voluntaria y profesional. Y había cumplido con cada uno de esos mandatos. Sintió pena por ella.

Habría querido seguir teniendo hijos después de haber enterrado a uno? O su religión no le permitió tomar esa decisión?

Habría querido vivir comiendo lechuga hasta el lecho de muerte? O la imagen que le devolvió el espejo nunca fue para ella satisfactoria, ni siquiera a sus 90 años?

 

Esas y otras preguntas que le fueron surgiendo dulcificaron su mirada sobre su abuela. Que era tan parecida a ella. Tan fuerte y ahora estaba frágil, tan bonita y ahora estaba viejita, tan vital, y la vida se le iba escapando.

Y esas ganas de verla , que le habían sido esquivas por varios años, se apoderaron de ella con fiereza. Tenía ganas de verla y de estar con ella. De decirle que la amaba, de abrazarla, de recordar la infancia juntas, de leerle un cuento, de hablar de política, de recordar algún viaje, de contarle sus proyectos.

María lloró con arrepentimiento, y deseó que el reloj se detuviera.  Y se dio cuenta de que mientras hubiera vida había tiempo. y allí fue. A su encuentro.

 

 

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