Eligió la autocompasión, y la falsa humildad, de quien en el
fondo no reconoce el error, pero pretende que el resto lo adule diciendo que
son errores cosas que no cree que así sean. “no tiene pasta de campeón”. “Claro
que no la tengo!” gritó. Y sin más abrió una cerveza, luego, dos, tres, todo el
pack. Mientras bebía lloraba y coqueteaba
con dejar el deporte. “Ya fue, si no voy a ser campeón de qué vale seguir. Ni siquiera elegí todo esto. La vida me trajo,
el deporte lo eligió el viejo, los dones fueron regalados, la casualidad de que
me viera aquel primer cazatalentos, la oportunidad, el momento el lugar, la suerte,
fueron las cosas que me trajeron hasta acá. A ser la mejor promesa y sólo promesa de la
historia del tenis. No quiero ser promesa. Prefiero ser, no se, abogado” los
pensamientos se sucedían en su mente sin coherencia, mezclados con los
recuerdos, las alegrías, los entrenamientos, y también las soledades. Que fueron
muchas.
Miguel había empezado
su era profesional a los 18 años y rápidamente había escalado posiciones hasta quedar
clavado en el número 16. Hace más de cuatro años estaba en esa posición. Y
según parece nada ni nadie lo iban a hacer subir. De los 15 que estaban
adelante que él solo 2 eran, según su criterio, mejores. Al resto les había
ganado con los ojos cerrados. En dos sets corridos. En media hora. Miguel los
felicitaba por Instagram, pero en realidad no creía que merecieran esos lugares
top. Y no entendía por qué no los ocupaba él.
Miguel no sabía si quería seguir jugando al tenis. Pero sí quería
descifrar el misterio de la pasta de campeón. El devolvía todas las pelotas,
todas. Sus piernas, veloces, lo colocaban siempre donde tenía que estar. Era
como una máquina de devolver pelotas. Pero de repente la maquina empezaba a
fallar siempre en la misma instancia. Siempre en cuartos. Arrancaban los
errores no forzados y los saques errados. Derrotas que nunca eran por mérito
del rival. Derrotas que respondían a un mandato poderosísimo que le impartía su
mente en cada cuartos de final. De aquí no pasarás le decía su mente. Y el acataba
cual súbdito obediente. Aquel periodista entonces decía: ya lo vamos a ver al
Gran Miguel sobreponerse. Y esas palabras representaban la esperanza y la
confianza de todos en el. Y la suya propia. Hasta que ese día, después de cinco
años dijo sin evasivas: nunca va a ser campeón. Y esas palabras no lo
rompieron, porque ya estaba un poco roto.
Y entre esos pensamientos, abría una cerveza atrás de otra,
mientras fantaseaba con dejar el deporte que no sabía siquiera si amaba. El
deporte que le había quitado tanto. Sobre todo la autoestima. La autoestima nunca había existido en él,
solamente había sido una respuesta natural a la enorme estima que el mundo le
tenía. Era bueno porque lo habían visto bueno. Y el se creía bueno, siempre y
cuando lo creyeran bueno. Y tenía esa necesidad poco sana de que lo creyeran
bueno todo el tiempo de manera que el pudiera seguir en pie, como si su
existencia toda dependiera de la mirada de los otros.
Con el correr de las cervezas
y el diálogo consigo mismo, el enojo y la sensación de injusticia fue dando
paso a una sincera autocrítica. Miguel sabía que él era distinto a otros. Pero también
sabía, siempre había sabido, que con eso no alcanzaba. Debía estar atento,
concentrado, olvidarse de la tribuna, no engancharse con sus pensamientos que
le provocaban ansiedad, sobreponerse a un error, a dos, y a cien de ser
necesario. Y esa era su debilidad. No tenía esa fortaleza, no sabía cómo
conseguirla, y esa era su traba principal. ¿Sería que en el fondo no deseaba
ser campeón?, ¿Sería que las alturas le daban miedo, y volar tan alto podría
ser causa de una caída mortal? Nah, desechó el pensamiento con la mano, como
quien se quita una mosca que vuela cerca. Él quería ser campeón, lo que pasaba
era que no lo deseaba con la misma fuerza que otras cosas como acabar
con la agonía de esos partidos humillantes.
Como el infiel que
inconscientemente deja huellas para que lo descubran, porque no tiene el valor de sincerarse con su pareja
pero desea terminar esa relación o aquel que llega sistemáticamente tarde al
trabajo para que lo echen, Miguel deseaba terminar la agonía de no poder
cumplir las expectativas ajenas que habían derivado en propias. Expectativas,
por supuesto, que habían nacido para ser solamente eso, porque eso son las
expectativas: nada. Y jamás serán cumplidas. Construidas de aire y fantasía.
Expectativa no es un proyecto. No es una meta. No es ni siquiera un deseo. Es una imposición de quien piensa que algo debiera ser de una manera específica, sin mayor fundamento que sus ideas subjetivas y caprichosas de las cosas. - “¡Otra mierda las
expectativas!” gritó Miguel borracho- “A la Mierda con ellas”
Miguel se trazó un nuevo objetivo, ya no quería ser número 1,
ni siquiera campeón de Gran Slam. Sólo quería reducir los errores no forzados
en el siguiente partido de cuartos. Este nuevo plan dejaba implícito que él no
tenía la pasta de campeón. Pero Miguel tenía la certeza de que, si iba a ser
algo más que una promesa, debía empezar por gobernar su cabeza.
Y así Miguel dio un giro a su carrera. No sabemos si llegará
a ser número 1 del mundo, pero sí sabemos que nunca más regaló un partido en
cuartos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario