lunes, 24 de octubre de 2022

Pasta de campeón

 



 Él no tiene pasta de campeón, es técnicamente perfecto, habilidoso, creativo, inteligente en su visión de juego y superior al resto en materia física. Pero nunca va a ser campeón. No tiene la cabeza de los campeones”

 Miguel estaba entrenando cuando escuchó esas palabras en la tele. Dichas por el periodista más sabio y justo en sus apreciaciones. Siempre había estado de acuerdo con sus juicios. “¿Que mierda será la cabeza de campeón?” se preguntó. Y sintió como la frustración y el enojo se apoderaron de él. Una vez más.  Dejó las pesas sin suavidad y se secó el sudor que le nublaba la vista.  Mandó un mensaje a su preparador físico y le informó que no iba a entrenar más por el resto de la semana. Llamó a su coach y le dio el mismo mensaje para luego cortar y poner en “modo avión” su celular. “Lo bueno de ser el jefe-pensó- es que toda esta gente debe obedecerme sin chistar”. Cabeza de campeón no tendría, pero sí era rico, jefe y exitoso. Al carajo con el periodista.

Eligió la autocompasión, y la falsa humildad, de quien en el fondo no reconoce el error, pero pretende que el resto lo adule diciendo que son errores cosas que no cree que así sean. “no tiene pasta de campeón”. “Claro que no la tengo!” gritó. Y sin más abrió una cerveza, luego, dos, tres, todo el pack.  Mientras bebía lloraba y coqueteaba con dejar el deporte. “Ya fue, si no voy a ser campeón de qué vale seguir.  Ni siquiera elegí todo esto. La vida me trajo, el deporte lo eligió el viejo, los dones fueron regalados, la casualidad de que me viera aquel primer cazatalentos, la oportunidad, el momento el lugar, la suerte, fueron las cosas que me trajeron hasta acá.  A ser la mejor promesa y sólo promesa de la historia del tenis. No quiero ser promesa. Prefiero ser, no se, abogado” los pensamientos se sucedían en su mente sin coherencia, mezclados con los recuerdos, las alegrías, los entrenamientos, y también las soledades. Que fueron muchas.

Miguel había empezado su era profesional a los 18 años y rápidamente había escalado posiciones hasta quedar clavado en el número 16. Hace más de cuatro años estaba en esa posición. Y según parece nada ni nadie lo iban a hacer subir. De los 15 que estaban adelante que él solo 2 eran, según su criterio, mejores. Al resto les había ganado con los ojos cerrados. En dos sets corridos. En media hora. Miguel los felicitaba por Instagram, pero en realidad no creía que merecieran esos lugares top. Y no entendía por qué no los ocupaba él. 

Miguel no sabía si quería seguir jugando al tenis. Pero sí quería descifrar el misterio de la pasta de campeón. El devolvía todas las pelotas, todas. Sus piernas, veloces, lo colocaban siempre donde tenía que estar. Era como una máquina de devolver pelotas. Pero de repente la maquina empezaba a fallar siempre en la misma instancia. Siempre en cuartos. Arrancaban los errores no forzados y los saques errados. Derrotas que nunca eran por mérito del rival. Derrotas que respondían a un mandato poderosísimo que le impartía su mente en cada cuartos de final. De aquí no pasarás le decía su mente. Y el acataba cual súbdito obediente. Aquel periodista entonces decía: ya lo vamos a ver al Gran Miguel sobreponerse. Y esas palabras representaban la esperanza y la confianza de todos en el. Y la suya propia. Hasta que ese día, después de cinco años dijo sin evasivas: nunca va a ser campeón. Y esas palabras no lo rompieron, porque ya estaba un poco roto.

Y entre esos pensamientos, abría una cerveza atrás de otra, mientras fantaseaba con dejar el deporte que no sabía siquiera si amaba. El deporte que le había quitado tanto. Sobre todo la autoestima.  La autoestima nunca había existido en él, solamente había sido una respuesta natural a la enorme estima que el mundo le tenía. Era bueno porque lo habían visto bueno. Y el se creía bueno, siempre y cuando lo creyeran bueno. Y tenía esa necesidad poco sana de que lo creyeran bueno todo el tiempo de manera que el pudiera seguir en pie, como si su existencia toda dependiera de la mirada de los otros.

 Con el correr de las cervezas y el diálogo consigo mismo, el enojo y la sensación de injusticia fue dando paso a una sincera autocrítica. Miguel sabía que él era distinto a otros. Pero también sabía, siempre había sabido, que con eso no alcanzaba. Debía estar atento, concentrado, olvidarse de la tribuna, no engancharse con sus pensamientos que le provocaban ansiedad, sobreponerse a un error, a dos, y a cien de ser necesario. Y esa era su debilidad. No tenía esa fortaleza, no sabía cómo conseguirla, y esa era su traba principal. ¿Sería que en el fondo no deseaba ser campeón?, ¿Sería que las alturas le daban miedo, y volar tan alto podría ser causa de una caída mortal? Nah, desechó el pensamiento con la mano, como quien se quita una mosca que vuela cerca. Él quería ser campeón, lo que pasaba era que no lo deseaba con la misma fuerza que otras cosas como acabar con la agonía de esos partidos humillantes.

 Como el infiel que inconscientemente deja huellas para que lo descubran, porque no tiene el valor de sincerarse con su pareja pero desea terminar esa relación o aquel que llega sistemáticamente tarde al trabajo para que lo echen, Miguel deseaba terminar la agonía de no poder cumplir las expectativas ajenas que habían derivado en propias. Expectativas, por supuesto, que habían nacido para ser solamente eso, porque eso son las expectativas: nada. Y jamás serán cumplidas. Construidas de aire y fantasía. Expectativa no es un proyecto. No es una meta. No es ni siquiera un deseo. Es una imposición de quien piensa que algo debiera ser de una manera específica, sin mayor fundamento que sus ideas subjetivas y caprichosas de las cosas. - “¡Otra mierda las expectativas!” gritó Miguel borracho- “A la Mierda con ellas”

 Miguel necesitaba entender todo este tema de la pasta de campeón. Porque a sus 23 años no quería pasar a la historia como aquel que pudo haber sido, pero nunca fue. Y en esa única noche de sincero diálogo descubrió también que nunca se había dejado ayudar. Nunca completaba las rutinas exactas que le armaban, nunca aplicaba las correcciones que le decían. Nunca confiaba enteramente en la táctica que planteaba su entrenador. Y comprendió que su soberbia había sido parte de su fracaso. “Bueno, decretó, esto es lo primero que va a cambiar, lo segundo en realidad, lo primero será olvidarme de las expectativas ajenas y propias”

Miguel se trazó un nuevo objetivo, ya no quería ser número 1, ni siquiera campeón de Gran Slam. Sólo quería reducir los errores no forzados en el siguiente partido de cuartos. Este nuevo plan dejaba implícito que él no tenía la pasta de campeón. Pero Miguel tenía la certeza de que, si iba a ser algo más que una promesa, debía empezar por gobernar su cabeza.

Y así Miguel dio un giro a su carrera. No sabemos si llegará a ser número 1 del mundo, pero sí sabemos que nunca más regaló un partido en cuartos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario