domingo, 30 de octubre de 2022

EL NIÑO

 

 

EL LLAMADO

Ese día Lucila entró. Hacía días, cada vez que pasaba por la puerta del ese negocio de antigüedades, el19 corazón empezaba a latir a un ritmo acelerado. Todas las veces lo ignoraba y seguía de largo. Pero esta vez, nuestra lógica Lucila dejó de lado a su racionalidad y se sumergió en el poco serio terreno de la corazonada y la intuición. Al hacerlo supo que había cruzado la línea que siempre había fijado su conducta. Cruzando esa puerta, abandonó su mundo seguro dándole entidad a aquel llamado específico que había intentado silenciar su vida entera.

 El local era pequeño y desorganizado. Muchos objetos superpuestos sin orden y sin aparente valor. Ropa raída, muebles sin lustre y objetos de uso cotidiano como vajilla, utensilios, cristalería. Lucila no sabía que estaba buscando, por eso caminaba despacio entre los objetos esperando que las señales que se habían presentado hasta ahora siguieran dirigiendo su atención. Y entonces lo vio. Un baúl viejo, conocido por ella, que se había aparecido en el sueño. Se acercó a el con mucha lentitud, aterrorizada y fascinada. Cuando llegó a él leyó grabado en la madera: OVIDIO IKENE.

Lucila se abalanzó sobre el baúl como un tesoro y  al conversar con el dueño del local descubrió que fue comprado en un remate de la Compañía Transatlántica Española tras el cierre de las oficinas en Buenos Aires.

LAS PREGUNTAS

Lucila nunca había preguntado mucho por su pasado.  Sabía que su bisabuela, Felisa casada con el General Ikene había ingresado a Buenos Aires con Ovidio, recién nacido, huyendo de una guerra civil. Ovidio había muerto hacía 15 años y nunca más se había hablado de él.

Cuando llegó a su casa, revisó el baúl con detenimiento, y su cerebro de arquitecta no tardó en encontrar un discreto doble fondo que logró abrir en cinco minutos. Frente a ella tenía la partida de nacimiento de Ovidio Ikene fechada en 1916, un pasaje para el 15 de octubre de 1923 para el Barco Infanta Isabel de Borbón, una cruz de oro y una foto muy poco nítida de un Militar. 

Su abuelo, Ovidio, había llegado con 4 días de nacido a Buenos Aires, y era de nacionalidad argentina. Bien lo sabía ella que había intentado sacar la ciudadanía española y le había sido negada por esa causa.  ¿Quién era Ovidio Ikene además de su abuelo? Si se hubiera llamado Juan Pablo García, y si el hallazgo del baúl hubiera sido un poco más fortuito, Lucila hubiera creído que se trataba de un homónimo, una casualidad. Pero la circunstancia de este hallazgo era de carácter excepcional, y ella había empezado a necesitar llegar al fondo de la cuestión.

Ese fin de semana Lucila fue a ver a su padre, quien le reveló que Felisa, su abuela, había sido una mujer atormentada y fuerte. Que había muerto con Alzheimer cuando el era un niño. que nunca la había visto reír ni sonreír. Que hablaba poco, y trabajaba mucho. Que parecía dura como el hierro. Mujer viuda, madre sola en un país extranjero. Mujer curtida. Distante. Cerrada. Mujer misteriosa.

 

LA VISITA

Lucila dejó la casa de su padre conmovida, confundida y profundamente intrigada. Hacía varios años había estado soñando con un niño, de tez clara y ojos almendrados, exactamente iguales a los de ella. Él le decía: no me olvides, y ella se despertaba. Noche tras noche. Lucila era sensata y no se enroscaba con ese sueño. Pero no dejaba de tenerlo. No creía en fantasmas ni dejaba de creer en ellos. Pensaba que de existir deberían tener cosas más interesantes para hacer con su inmortalidad que pasearse molestando humanos rechinando cadenas. Lucila no les tenía miedo, pero tampoco tenía paz.

Sentía en sus entrañas, aunque no estaba dispuesta a reconocerlo en voz alta, que las visitas nocturnas de sus sueños nada tenían que ver con las ficciones que consumía, sentía que ese niño tenía algo para decirle a ella, y que algo grande dependía de que ella pudiera escucharlo.

Lucila era lógica, cautelosa y prudente. Su vida entera había  sido esconderse de la tragedia. Que acechaba a toda hora, que estaba ahí, a la vuelta de cada esquina, en cada buena noticia que no se animaba a gozar, en cada avión que aterrizaba, en cada momento de su vida. Tragedia. Madre muerta en tercer parto. Hermano mayor muerto por infección viral mal tratada. Abuela paterna con Alzheimer. Aborto espontáneo. Donde Lucila miraba la encontraba, entonces cerraba los ojos para no ver. Y así habían transcurrido los últimos 30 años de su vida.

Pero esa noche sintió que tenía que enfrentar al niño. y siguiendo el sendero que había empezado a trazar entrando al local de antigüedades, abrió el baúl y deposito con cuidado los objetos personales sobre la mesa. Pendió una vela y le preguntó.

¿Esto es tuyo? ¿Sos familia? ¿Me necesitás?

Luego tomó un calmante para dormir y se acostó. Esa noche entre sueños, el mismo niño apareció con un gesto menos atribulado y le dijo; “A todo que sí. No me olvides”.

Pero esta vez no se despertó, siguió soñando con Carolina, con terapias, con traumas transgeneracionales, con barcos y con baúles.

 

LA VERDAD

 

Veía con nitidez el transatlántico que los trajo. El mismo que ya había visto en sueños. Muy parecido al Titanic, con esas enormes chimeneas de hierro y una presuntuosa majestuosidad de quien se atreve a enfrentar a la Naturaleza y sus designios. La veía a ella, a la Felisa embarazada con gesto adusto. Y lo veía también a Ovidio, pálido, de ojos almendrados muy parecidos a los de ella.  La imagen cambió súbitamente y apareció ella, con luto en la mirada y el niño inerte en el camarote. Luego vió como tiraban un cuerpito al mar y decían una oración y luego, en el mismo camarote el nacimiento de un niño. Sucedieron escenas inconexas pero que ella entendió perfectamente, Felisa y un recién nacido  llamado Ovidio llegaron al Puerto de Buenos Aires un 12 de noviembre de 1923.

-Bueno Lucila, por hoy vamos a dejar acá- le dijo la terapeuta. Y Lucila sintió un sacudón. Se sentía muy cerca de encontrar algo. Deseaba seguir buceando en esas aguas misteriosas que le prometían respuestas y consuelo. A regañadientes recogió sus cosas y se fue.

Los días que siguieron a la sesión hipnótica donde Lucila comprendió lo que había pasado, fue a la casa donde había vivido Felisa que ahora le pertenecía a su padre. Y encontró dibujos de ese niño de sus sueños, Ovidio. Y fue dándose cuenta de que ella era nieta de la muerte y el secreto. Y mientras veía esos dibujos empezó a sentir un dolor que le era ajeno. Sintió ganas de llorar a su hijo muerto y odio cada vez que debía llamar al neonato por un nombre que no le pertenecía. Sintió culpa por haber cambiado la identidad. Y miedo por lo antinatural de hacerlo. Remordimiento por no haberle dado digna sepultura a su hijo mayor y vergüenza por su decisión. Sentía ira por la injusticia de perder un marido y ver morir a un hijo y un temor de Dios que le auguraba el infierno. El dolor que sintió era punzante, agudo, envolvente. Y después del pico máximo de dolor fue consciente de una coraza que le endureció el corazón hasta no sentir más nada. Pensó que estaba muerta, pero no. Se dio cuenta de que estaba enferma de la enfermedad de la evasión. Bendito Alzheimer que la ayudaba a irse de este mundo. A vivir un poco en el recuerdo de su hijo, o a morir en él. le daba igual. Ella estaba bien así.

El trance pasó. Y Lucila volvió en sí.

LA LIBERTAD

Y decidió enmendar lo que debería haberse hecho casi cien años atrás.  Ofreció sepultura a Ovidio primero, redactó un obituario y epitafio, rebautizó a su abuelo Ovidio como Osvaldo. Le contó la verdad a su padre. Y ofreció una misa cristiana para Osvaldo, Ovidio y Felisa.

Nunca más soñó con el niño. Ya descansaba en paz.

 


 


 

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