lunes, 29 de agosto de 2022

El Edén de Mephistopheles

 


Soy etéreo, inmaterial y poderoso. Encantador. Sereno.  Me han dado muchos nombres a lo largo de la historia, algunos me han llamado Lucifer, Diablo, Satanás, Leviatán, Mefistófeles. Yo no respondo a ninguno. Me representaron de muchas maneras, con alas y sin ellas, con cuernos, con fuego, con colmillos, con tridente, como humano, como serpiente, como toro, como monstruo. La imaginación de los hombres es fascinante.

Me hicieron responsable del mal en el mundo. El dueño del dolor. El inmoral, sádico y mentiroso que engatuza a su presa para poder apropiarse de ella.  Ríos de tinta han corrido con mis historias. Todas fantasiosas. Nunca fue mi pretensión reclutar humanos, y ciertamente no me interesa la guerra con Dios. Yo vivo para mí mismo. En absoluta libertad y total anomia. Dios me creó, pero no le doy la potestad de decidir por mí ni de decirme lo que está bien y lo que está mal. Mi libertad es lo que me  dio tanta mala fe. Fui el único valiente que la usó. Pero luego muchos me siguieron. Tracé un camino, recorrido luego por otros que libremente lo escogen, pero cobardemente me culpan por hacerlo.

Aquella vez, en el Edén, Yo solo hablé con Eva, y le dije la verdad: que Dios la hizo con un hambre de conocimiento que no le permitía saciar. Y fue Eva sola, quien, con su inteligencia, discernimiento y libertad, eligió desobedecer a Dios. Y producto de esa desobediencia parece que Dios creó el dolor, la enfermedad y la muerte y la expulsó. Quisiera saber que juez me habría declarado culpable  a mi del curso que tomaron los acontecimientos. Pero así sucedió. El culpable yo, el dueño del mal, el creador del dolor, el mentiroso, el monstruo. Y la verdad que a mi me importa muy poco lo que piensen de mí.

Me da algo de gracia la rusticidad con la que intentan controlar los pensamientos de los niños.  Han tenido la osadía incluso de graficarme como un simpático muñequito que susurra travesuras al oído de los protagonistas heroicos de las historias. Soy la tentación. La tentación de hacer lo que el sujeto realmente quiere y el ángel es la conciencia, que en realidad es la represión. ¡Que risa que me dan! Después me nombran a mi, Rey de la mentira, cuando ni siquiera son capaces estos humanos de decirse la verdad a sí mismos.

Que fácil es para los hombres echarme la culpa a mí de sus decisiones. De la misma manera que Eva me señaló entonces. Que infantiles y mediocres cuando no se hacen cargo de sus propios pensamientos y deseos. Los he visto incluso hacerlo decir a Dios cosas que el no dijo. Hablar en nombre de el, matar en nombre de el y luego, como quien no quiere la cosa decir: “El diablo mete la cola”. ¡Gente! ¡No tengo cola!

También los escuché decir que mi mayor triunfo es hacerles creer que no existo. O que el infierno no existe.  Y la verdad, no se que contestar a eso. Ciertamente existo, acá estoy escribiendo, pero mi casa, el Infierno no es  un lugar. No tiene fuego, ni círculos, ni carcelero. No se entra en bote, no se sale con perlas, y os aseguro que nadie entra en contra de su voluntad. Donde yo vivo es un lugar donde cada uno hace lo que quiere. No hay un código moral, del bien y del mal. No hay mentira. No anda la gente reprimiendo sus deseos, instintos y pensamientos.

Mi casa es el Edén, el Paraíso. Donde el cielo va cambiando de color, a veces es rosa pálido, otros días celeste límpido y otras veces de un naranja brillante. No hace ni frío ni calor. Hay  flores de todo tipo, que crecen libres por doquier. No hay reglas sobre como tienen que ser o donde tienen que crecer. Hay cerros de picos nevados y lagos turquesas. Hay cabras, zorros y  liebres que se acercan a su orilla sin miedo a morir. Mi casa no arde pero ofrece confort y calor, y mis huéspedes no rechinan cadenas, las portan como joyas, los que quieren. Viven sin prisa, sin tiempo, sin carencias de ningún tipo. Digamos que mi casa representa toda paz posible. Mi casa es serena, tranquila… quien hace silencio puede escuchar como el viento compone melodías al pasar entre las hojas de los álamos y arrayanes que  visten mi jardín. Pobres aquellos intentos de quitarle encanto intentando convertirla en un horno de herrero. Sin éxito le hicieron mala prensa. Cada vez recibo más visitantes.

Donde yo vivo es todo presente, pero un presente verdadero, estático, real. El presente como todo lo que hay. En casa no hay otra cosa. No hay nostalgia, no hay pasado, y de ninguna manera hay futuro. De manera que no hay miedo. Pero tampoco hay esperanza.

 La gente que elige vivir en casa sabe que el amor esta sobrevalorado. Y en  consecuencia no ama. El amor exige algún tipo de resignación o renuncia. La publicidad del amor te dice que en realidad la propia felicidad, que acá le decimos satisfacción, es el producto de ser capaz de dar y de recibirlo. Pero acá somos militantes de la libertad. La libertad lo es todo. Quien quiera amar, dar, sufrir por la perdida, encontrar algo que valga más que la propia vida, resignarse a sí mismo y hacerse vulnerable, tiene a donde ir. El amor trae dolor, casi siempre,  y miedo siempre. el amor ata. El amor exige fidelidad. El amor exige responsabilidad. El amor a veces es abnegado. Todas cosas que en casa no tienen lugar. Si su vida la quieren dar, no es mi asunto. Nada vale más que la mía como para desperdiciarla en otro ser.

Yo no soy General de ningún ejército y de ninguna manera pretendo que me sigan. No me interesa nadie mas que yo mismo. No le hago frente a Dios, no pretendo ocupar su lugar. Soy culpable de asumir que lo que él me ofrece no me satisface. Yo no quiero el bien. Ni siquiera se que es. Yo busco mi bien. Y lo que es bueno para mi hoy no tiene por que serlo mañana. En mi Reino la lealtad es un defecto, limita. Y en casa no hay límites.  Tampoco hay amistad, claro. No necesitamos amigos. Tenemos socios. Compañeros. Aliados. Personas que ocupan roles en nuestras vidas. Nadie es indispensable.

En casa no hay verdad ni mentira. Digamos que cada quien porta su verdad y la va cambiando acorde a preferencia. No nos importa realmente ninguna de las dos cosas. no vivimos en comunidad, porque no nos interesa. Cada uno busca su propio bien sin importar nada más. Le hacemos culto a la soledad. Pero a la soledad verdadera. Esa soledad abismal donde aparte de mí no hay nadie más.  Nadie que pueda aportar a mi vida, nadie a quien amar, nadie a quien dar, nadie para escuchar, nadie para aprender, nadie para extrañar. En nuestra soledad disfrutamos la paz, el silencio, la omnipotencia de bastarnos a nosotros mismos. Es un camino de ida.

 

Mi casa está abierta para todo aquel que desee. Puede entrar y salir a piacere. Pero les advierto, los que entran, no desean partir. Seamos sinceros, por algo quisieron venir.

 

 

 

 


 

 

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