Nos subimos a la camioneta de
Marcos con destino a Villa la Angostura un Jueves Santo. A la altura de
Senillosa empezaron a aparecer los
tradicionales puestos de fruta a la vera del camino, distribuidos cada 100 mts,
que venden todos los mismos productos al mismo precio entre los que esta
vez había higos.
Y me abalancé sobre ellos.
No logro entender por qué
representan mi infancia. No se si Cuca
hacía mermelada de higos, o si teníamos higuera en la quinta. No recuerdo
particularmente que hubiera siempre en casa. Ni tampoco algún momento
específico marcado por su presencia, como en cambio sí recuerdo los choclos en
el campo de Mariano, o los kinotos y castañas que juntábamos en San Miguel.
Sin embargo ni los choclos, ni los
kinotos, ni las castañas, tuvieron nunca en mi mente la misma potencia.
Mis ojos leyeron “Higos” y una voz
muy determinada e infantil dijo dentro de mi cabeza: “quiero”.
Marcos y los chicos nunca habían
comido, de manera que la emoción por el hallazgo solo la pude compartir con la
niña que fui, quien por suerte, todavía habita en mí.
Y después de
mas de 25 años, comí higos.
Y la magia no
sucedió.
Y estaban ricos, pero no deliciosos.
Y su sabor no
me otorgó las respuestas a las preguntas que me había estado haciendo todo el
día.
Y, la verdad,
su textura no me parecía ya tan seductora.
Y Marcos comió
uno y no le gustó.
Y los chicos ni
siquiera quisieron probarlos.
Y ahora
descansan en un plato sobre la mesada.
Y ni yo, ni mi
niña interior mueren por ellos.
Y casi que
prefiero no haberlos comido.
Existe la
posibilidad de que la higuera de mi recuerdo diera frutos más dulces, pero
mucho más probable es que su dulzor sea creación propia y su anclaje en mi
memoria producto de alguna emoción que reforzara las bondades del fruto, por
ejemplo las acrobacias que requería tener acceso a él.
Y de repente,
al comprender que mi recuerdo es diseño de mi imaginación, soy capaz de reconocer
que mi verdad es caprichosa, cambiante y no necesariamente cierta. Ni siquiera
para mí.
Nadie sabe lo
que viví, eso lo supe siempre, lo que hoy terminé de entender es que ni yo
misma lo se.
La verdad,
aquella zanahoria que busca mi inteligencia se muestra cada vez más esquiva. Y
empiezo a soltar la pretensión de hallarla. Porque tampoco importa, en
definitiva, si son ricos o feos los higos.
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