miércoles, 24 de agosto de 2022

Higos y verdades

 


Nos subimos a la camioneta de Marcos con destino a Villa la Angostura un Jueves Santo. A la altura de Senillosa empezaron  a aparecer los tradicionales puestos de fruta a la vera del camino, distribuidos cada 100 mts, que venden todos los mismos productos al mismo precio entre los que esta vez había higos.

Y me abalancé sobre ellos.

No logro entender por qué representan mi infancia.   No se si Cuca hacía mermelada de higos, o si teníamos higuera en la quinta. No recuerdo particularmente que hubiera siempre en casa. Ni tampoco algún momento específico marcado por su presencia, como en cambio sí recuerdo los choclos en el campo de Mariano, o los kinotos y castañas que juntábamos en San Miguel.

Sin embargo ni los choclos, ni los kinotos, ni las castañas,  tuvieron  nunca en mi mente la misma potencia.

Mis ojos leyeron “Higos” y una voz muy determinada e infantil dijo dentro de mi cabeza: “quiero”.

Marcos y los chicos nunca habían comido, de manera que la emoción por el hallazgo solo la pude compartir con la niña que fui, quien por suerte, todavía habita en mí.

Y después de mas de 25 años, comí higos.

Y la magia no sucedió.

 Y estaban ricos, pero no deliciosos.

Y su sabor no me otorgó las respuestas a las preguntas que me había estado haciendo todo  el día.

Y, la verdad, su textura no me parecía ya tan seductora.

Y Marcos comió uno y no le gustó.

Y los chicos ni siquiera quisieron probarlos.

Y ahora descansan en un plato sobre la mesada.

Y ni yo, ni mi niña interior mueren por ellos.

Y casi que prefiero no haberlos comido.

 

Existe la posibilidad de que la higuera de mi recuerdo diera frutos más dulces, pero mucho más probable es que su dulzor sea creación propia y su anclaje en mi memoria producto de alguna emoción que reforzara las bondades del fruto, por ejemplo las acrobacias que requería tener acceso a él.

Y de repente, al comprender que mi recuerdo es diseño de mi imaginación, soy capaz de reconocer que mi verdad es caprichosa, cambiante y no necesariamente cierta. Ni siquiera para mí.  

Nadie sabe lo que viví, eso lo supe siempre, lo que hoy terminé de entender es que ni yo misma lo se.

La verdad, aquella zanahoria que busca mi inteligencia se muestra cada vez más esquiva. Y empiezo a soltar la pretensión de hallarla. Porque tampoco importa, en definitiva, si son ricos o feos los higos.

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